30 nov. 2008

Entrevista al Reverendo José Antonio FORTEA


Nos entrevistamos en la casa del reverendo José Antonio Fortea. El entorno de este coloquio es su salón, que es un salón a medio camino entre lo medieval y lo renacentista. Está en el centro de Alcalá de Henares (Madrid) y, no obstante, a pesar de estar situado en medio de un piso de viviendas, parece un pedazo de monasterio. Su gusto por el arte es evidente, los libros parecen llenarlo todo, relojes de arena, su atril... Me dispongo a comenzar las preguntas. Nos sentamos en los cómodos sillones granate de su salón de estar.
Tengo delante a una persona vestida de sotana que es sacerdote, párroco, arcipreste, teólogo, licenciado en Historia de la Iglesia, demonólogo, latinista y escritor de varios libros.
-Lo primero de todo quiero preguntarle, ¿por qué se hizo sacerdote?
-Pues mire le voy a ser franco, no me hacía ninguna gracia el sacerdocio. O mejor dicho, el ser sacerdote. Si otros querían serlo, allá ellos. Pero yo me quería casar, tener hijos, disfrutar de la vida, vivir bien y ganar todo el dinero posible.
-No veo que tuviera un sentimento muy solidario de la vida.
-Para nada, efectivamente, era un epicureo. Mi padre, que en paz descanse, era empresario y yo quería continuar la tradición de la familia. Como abogado.
-¿Qué sucedió, pues?
-Entonces vino Dios y me puso en la mente la idea de que quizá me estaba llamando El para el sacerdocio. La idea no me hizo ninguna gracia, pero al final tampoco era cuestión de decir que no a Dios. Después de darle bastantes vueltas pensé que si era mucho a lo que renunciaba, mucho más sería lo que Dios me daría.
-¿Y el amor al prójimo?
-Ya le he dicho, en esos momentos era yo un adolescente muy egoista. Después en el seminario todo cambió, o mejor dicho: cambié yo. Descubrí el amor a Dios, el amor al prójimo. El seminario fue para mí una escuela espiritual.
-¿Dónde estudió Teología?
-En la Universidad de Navarra.
-¿Pertenece al Opus Dei?
-No, nunca lo he sido. Simplemente fuí a Pamplona porque me caía cerca. Yo soy de Barbastro.
-¿Del mismo lugar donde nació el fundador del Opus Dei?
-Del mismo lugar. Un lugar lleno de nieblas, junto al rio Vero y con una catedral gótica.
-¿Usted es hijo único y por tanto heredero de la empresa de su padre?
-Sí.
-¿Se lo tomó bien su madre?
-Le afectó muchísimo.
-¿Pero siguió adelante?
-Si cada vez que algo afecta a alguien tuviera que parar, no podría hacer nada; ni un sermón,
-¿Trata de afectar a muchos con sus sermones?
-Mire, los sermones no son para agradar. Si son contundentes, yo creo que son mejores. Y eso que yo soy un doctor melifluus. Pero a veces los mejores sermones son los que afectan a más gente. Cuando uno ha de dar un sermón hay que olvidarse de los feligreses, se dice lo que hay que decir, caiga quien caiga, guste o no guste
-¿Se confiesa usted?
-Cada semana. También los sacerdotes nos confesamos. Hasta el Papa se confiesa.
-¿El, el Papa, se confesará con un obispo?
-No, con cualquier sacerdote.
-¿Cómo se imagina a Dios?
-En mi oración personal me gusta imaginarmelo como Rey. Como en los tímpanos de los pórticos de las catedrales medievales: lleno de majestad, como Señor, terrible y omnipotente.
-¿Y el amor?
-Cuando uno piensa que ese Dios Infinito se ha hecho hombre y nos ha amado como un hermano, entonces se valora más ese amor. Se valora más el amor de Dios si uno no olvida que Dios es Dios.

-Después de Pamplona, estudió en Comillas, Historia...
-En realidad estudié la licenciatura de Teología en la especialidad de Historia de la Iglesia.
-¿En qué se diferencia de la carrera de Historia?
-Un estudiante de Historia estudia toda la Historia. En mi caso sólo me dediqué a estudiar la Historia de la Iglesia.
-Si tuviera que sintetizar en una frase la conclusión de esos años de estudio de la Historia de la Iglesia ¿cuál sería?
-Pues... que la Iglesia ha sido lo que ha sido, no lo que la gente cree que ha sido.
-¿No cree que especialmente en el caso de la Iglesia su historia es muy opinable?
-Los hechos no son opinables. La Historia es una ciencia, no un grupo de contertulios que se sientan a charlar un rato. El que no sabe puede afirmar lo que quiera. Pero hoy día sabemos el queso y el vino que producía una abadía francesa en el siglo XII. Sabemos lo que comía un padre de familia sueco en el XIV. Cómo eran las relaciones comerciales entre los puertos de la Liga Hanseática, cómo se construían los barcos, cuáles eran las leyes. El que no sabe nada hace fabulaciones. El historiador científico sabe que trabajando durante años sólo podrá especializarse en un pequeño campo de la Historia.
-Ya veo que usted no es de los que piensan que la Historia es del color con que se mira.
-Los juicios posteriores son los de cada uno, pero los hechos son objetivos. Primero hay que conocer los hechos, después se pueden realizar valoraciones. La Historia es una ciencia, las valoraciones de cada uno son subjetivas.
-¿Le parece que la Historia de la Iglesia es edificante?
-Dígame, qué cree que sucedería si Dios un buen día entrega un mensaje a la humanidad, para toda la Historia, y lo deja en manos de hombres. De unos hombres que son débiles, que caen en la ambición, en la soberbia, en el pecado. La Historia de la Iglesia no es más que la mera constatación de un mensaje sublime dejado en manos de humanos.
-¿Cómo ve la Iglesia en España actualmente?
-Es un hecho palpable que la Iglesia en España, como en toda Europa Occidental, retrocede. Europa se paganiza cada vez más. Lo que está pasando la Iglesia en este país no es un bache, se trata de una tendencia continuada que lleva ya muchos años y que se acelera cada vez más.
-¿O sea, que no es optimista?
-Ser optimista en esta situación sería como ser optimista cuando el la popa del Titanic comenzó a levantarse fuera del agua. De seguir esto así los cristianos en España seremos una minoría en dos generaciones. Pero bueno, si alguien quiere ser optimista que lo sea.
-¿No le acusarán de desmoralizar al personal?
-Yo hablo de números, las estadísticas no engañan. Los jóvenes de ahora serán la población del futuro. Cada nueva generación de jóvenes en esta país desde los años 60, se aleja más y más de la fe en Dios, en Cristo y por supuesto, de la fe en la Iglesia.
-Insisto, ¿no le acusarán de desmoralizar?
-Hay que ir con la verdad por delante.
-¿Y lucha por la Iglesia a pesar de pensar así?
-El triunfo de la Iglesia no es de este mundo. Luchamos por una victoria que está más allá de los tiempos. Nuestro Redentor nos ofreció cruces, no la victoria en el mundo, sino en la eternidad.
-¿Y cree que esto es irreversible?
-Bueno, quiero insistir en que yo hablo de España y Europa Occidental. La situación en Estados Unidos, por ejemplo, es muy distinta. Pero aquí lo que se ve es una tendencia muy acentuada. Por supuesto los hombres son libres y pueden cambiar de rumbo.
-¿Qué opina de los obispos?
-Los obispos españoles son buenos teólogos, verdaderos creyentes, íntegros y hombres carentes de ambición.
-Algún defecto tendrán, ¿no?
-Si tuvieran alguno, desde luego, no se lo diría a usted. Para mí son Padres. Padres, pastores, que gobiernan la Iglesia.
-¿Cuál es su música favorita?
-Me gusta mucho la música sinfónica contemporánea así como la música barroca. Berstein, Prokofiev, Gershwing están entre mis predilectos. Morricone, Adiemus, Danny Elfman también.
-¿Pero su favorito entre los favoritos?
-Sin duda Juan Sebastián Bach. Para mí la cumbre está en la Tocata y Fuga en re menor, después quizá colocaría los conciertos de Brandenburgo.
-¿Le gusta el cine?
-Soy un cinéfilo empedernido.
-¿Y de dónde saca tiempo?
-¿Acaso cree que estoy todo el día rezando el breviario? Soy un cura del siglo XXI. Cada día mientras ceno veo durante tres cuartos de hora una película. Sólo clásicos. Una película de esas emitidas a las tantas de la madrugada. Siempre estoy a la busca de los clásicos.
-¿Cuáles son sus películas favoritas?
-Blade Runner, Amadeus, Metrópolis, Ciudadano Kane, Becket, Un hombre para la eternidad, La Misión, El milagro de P. Tinto, Mars Attacks, 2001 La Odisea del Espacio, La Huella, El Octavo Día.
-¿Ve algún otro programa de televisión además de las películas?
-Cada día veo las noticias en la BBC. Pero fuera de eso sólo veo reportajes y Los Simpson.
-¡¿Le gustan Los Simpson?!
-Sí, sobre todo cuando el señor Burns dice: Excelente...
-¿Los recomienda?
-No, si tuviera hijos no les dejaría verlos. Siempre que sale la religión es para ridiculizarnos.
-¿Cuáles son sus novelas favoritas?
-Memorias de Adriano, El nombre de la Rosa. Italo Calvino con su maravillosa Si una noche de invierno un viajero... La Biblioteca de Babel y El Laberinto, ah, el siempre sublime Borges. Flaubert.
-Madame Bovary me imagino...
-Sí, me gustó mucho. Pero creo que de él es muy superior Las tentaciones de San Antonio. Un escrito de setenta páginas del que siempre dijo que era lo mejor que había escrito.
-¿Alguno español?
-El autor de La Regenta. Mejor que Flaubert incluso. Si hubiera sido frances o alemán, ahora sería conocido en todo el mundo. A veces no valoramos el producto patrio.
Ah, se me olvidaba, me gusta mucho Terenci Moix. Es un gran pecador, pero escribía divinamente. También me gusta Umbral, si no fuera por ese carácter endiablado. Me dedicó una columna, sabe. Cela fue supremo en tres o cuatro novelas, después no hizo más que repetirse. La última, Madera de Boj, no la pudimos acabar ni sus más fieles seguidores. Dígase lo mismo de Terenci Moix, si escribió la última de sus novelas, desde luego lo hizo con alguien cogiéndole la mano y guiándole mientras trazaba las letras.
Casi se me olvida, ¡Manuel de Prada! Soy uno de sus más fervientes adeptos. Y además éste, es una excelente persona, cosa rara entre los escritores. Pero a éste le veo poco futuro, siempre dice lo que piensa. No como los otros que siempre dicen lo que la gente quiere oir.
-¿Y el teatro?
-No me gusta nada, salvo que Holliwood decida hacer una película de la obra. Aunque me encontré hace unos días en la calle Serrano, aquí en Madrid, con Albert Boadella y su mujer. Estuvimos hablando en la acera casi un cuarto de hora. Esos días estaba leyendo por segunda vez sus Memorias de un bufón. Debió hacerle gracia a él, que no es muy clerical, tener un admirador entre el clero. Pero nosotros, el clero, valoramos las obras de los demás por lo que valen, no como nuestros adversarios.
-¿Tienen adversarios?
-Tendría, usted, que ir vestido de cura por la calle. La de cosas que nos dicen. Tengo una libretita donde apunto los insultos. A veces saco la pluma y digo: mira, este es nuevo.
-¿Cómo ve la situación política?
-Como buen cura no pienso decir ni una palabra sobre el tema.
-Pero tendrá su opinión.
-Sí, y me la guardo para mí.
-¿Cuáles son sus preferencias culinarias? ¿Le gustará un buen vino?
-Desafortunadamente yo ya soy de la generación de la Coca-cola. Cambio un vino de cien años por una coca-cola.
-Preferirá una hamburguesa entonces.
-Pues mire, prefiero el salmón ahumado. Ojalá me gustarán más las acelgas y las patatas.
-¿Cuáles son sus aficiones?
-Me encantan los pergaminos medievales. Y los hago. Es para mí un placer pasar horas ornamentando una letra inicial en lo alto de una columna. Trazar una figura gótica que se asoma a través de una letra capitular, entrelazar unas hojas de estilo céltico entre unas líneas de estilo carolingio... se trata de un deleite sublime. Y sobre ese estilo casi románico en el que el concepto se sobrepone a la plasmación realista. El arte románico hoy por hoy sigue siendo el culmen del arte abstracto.
-¿Practica algún deporte?
-Me temo que soy la personificación del antideporte. Eso sí, me gusta mucho andar. Con una buena conversación no me importa caminar durante horas, por el campo o por la ciudad. Cada día, después de comer, me doy un paseo de una hora.
-¿Y después de cenar qué hace?
-Juego una partida de ajedrez. Me conecto a la Red y juego, unas veces el contrincante es de Michigan, otro día es alemán. Tres veces me he encontrado incluso con algún iraní.
-¿Y juega bien?
-Eso deberían decirlo mis contrincantes.
-¿Y qué dicen sus contrincantes?
-En ajedrez, nunca he conocido a un adversario que tenga buen perder.
-Me imagino que sus pintores favoritos son Goya, Velazquez.
-Pues no, ninguno de ellos. Mis favoritos son Vermeer y Norman Rockwell.
-Tengo entendido que le gustan los graffitis.
-Pues sí. Para mí son una de las obras de arte contemporáneo más auténticas que existen. Una obra espontánea, por mero amor al arte. Muchas veces son obras conceptuales, rezuman un optimismo, una vitalidad que de ningún modo puede compararse a las obras infatuadas de los actuales artistas abstractos de museo. El arte más abstracto, más moderno, más innovador, no está en los museos sino bajo un puente o en la pared desconchada de un suburbio. Yo tengo una buena colección de fotografías de los mejores graffitis a la que tengo gran estima. Cada vez que voy a una ciudad del extranjero a dar una conferencia me gusta mucho pasear, y me fijo continuamente en los graffitis.
-Pero vamos, ¿no me va a decir que una mala firma en una pared es una obra de arte?
-Hay graffitis y graffitis. Hay firmas que son ensayos de un principiante, y murales que son verdaderas Sixtinas del siglo XXI. Los hay de un evidente mal gusto y que no valen nada. Pero a veces uno se encuentra la perla, el tesoro, sobre una pared. Y uno se para, sonríe y reconoce que allí ha pasado un artista.
-Pero afean muchos edificios.
-Bueno, son como el musgo. Crecen. Los graffitis crecen por todas partes, se expanden como la vida. ¿Afean las obras arquitectónicas? Pues no se. Digamos que los arquitectos del siglo XXI deben tener en cuenta los graffitis, como se tiene en cuenta la hiedra que crece en un castillo escocés.
-¿Le gusta el futbol?
-Nunca he visto un partido de futbol.
-Entonces no le pregunto a qué equipo pertenece.
-Suelo contestar que al Rayo Vaticano.
-¿Pero en serio que nunca ha visto ni un sólo partido de futbol por la televisión?
-Nunca. Entre ver una pelota rodar por un campo de cesped y ver Salvar al soldado Ryan, prefiero a Spielberg. El único partido que vería sería un partido en el que los integrantes de un equipo fueran cardenales y en el otro lado arzobispos de la Iglesia Anglicana.
-Tengo entendido que le gustan mucho las galletas.
-Si, pero no cualquier galleta. Sólo las de una clase. Unas muy grandes que tienen pepitas de chocolate y trocitos de avellana.
-No veo que sea usted un gran asceta. Más bien, vive como un príncipe del Renacimiento. Así le llamó otro periodista.
-Reconozco que no somos todo lo buenos que deberíamos.
-¿Y le gusta o preferiría ser de otra manera?
-Vivo como la misma joi de vivre que uno de aquellos hombres renacentistas. Pero dentro de mí hay un San Francisco que pugna por hacerse con el control.
-¿Querría decir algo para acabar?
-No sé, me temo que ya está todo dicho en el Evangelio. Quizá... que vayan a misa los domingos.