1 dic. 2008

Los Arquetipos

Por RAMON MARQUES

Corresponde al Cap. X de “La inteligencia intuitiva”, publicado a través de Internet, en la librería virtual de: www.psicostasia.com

Me complace recordar la advertencia de Hamlet a su amigo Horacio, cuando le decía que en el cielo y en la tierra hay muchas más cosas de las que él hubiera podido imaginar. Es que creo que viene al caso recordarlo al hablar de los arquetipos, estos contenidos del inconsciente. Un inconsciente que entiendo de una amplitud que rebasa cuanto hayamos podido vislumbrar. Me referiré al concepto de los arquetipos según Jung, recordaré a Platón como el sabio en esta temática cuya concepción es muy difícil superar, expondré lo que nos permite entrever la Nueva Física, expondré la visión sorprendente y hasta revolucionaria que implica el estudio de los estados no ordinarios de la conciencia, también me detendré en determinados patrones de conducta , y finalmente explicaré mi concepción y mis observaciones sobre este tema tan apasionante como inmenso y tan actual como de futuro.


LOS ARQUETIPOS, SEGÚN JUNG

Lo que marcó la diferencia entre Freud y Jung fue su distinta concepción respecto al inconsciente. Freud entendía que existe un inconsciente personal, al que denomina subconsciente, y al que si bien le concede ser el motor principal de la psique, no pasa de un trasfondo de sentimientos acumulados a través de la biografía de cada persona. Jung no podía aceptar tal concepción que reducía de sobremanera la dimensión humana. Jung entendía un inconsciente que iba mucho más allá de lo biográfico o personal. Entendía un inconsciente universal y “suprapersonal” al que denominó inconsciente colectivo.

Yo diría que Jung entiende muy bien la importancia del inconsciente y hace girar toda su psicología alrededor del mismo. Entiende el papel principal que el inconsciente desempeña en el centro de la psique, en un equilibrio dinámico consciente - inconsciente, y se da cuenta perfectamente de que el pensamiento es intuición además de raciocinio y de sentimiento. Nos da una imagen de hasta el punto que comprende el valor de la intuición su acertada observación de que “no existe una sola idea o concepción esencial que no posea antecedentes históricos”. Y los arquetipos, alrededor de los cuales gira la concepción psicológica de Jung, son los contenidos o estructuras de este inconsciente colectivo.

Hay una palabra que Jung utiliza muchas veces para expresar una cualidad esencial de los arquetipos, la numinosidad. Una y otra vez habla de la fuerza numinosa de los arquetipos. Y cuando entendemos bien lo que significa esta palabra, el carácter sagrado o de deidad del numen, entendemos también el alcance que Jung concede a los arquetipos y al inconsciente. Reconoce, en efecto, en ellos una entidad real, que si bien deja para los físicos, se trasluce continuamente en sus escritos, en los que siempre planea lo que podríamos denominar una realidad metafísica de fondo. Reconoce al inconsciente, aparte de la fuerza numinosa de los arquetipos, la capacidad de intuir y hasta la posibilidad de prever el futuro y, si esto pareciera poco, incluso le reconoce la posibilidad de hacerse con todo el control de la psique y “poseer” al individuo, como explicación a los conocidos fenómenos de posesión espírita.

Jung busca e investiga a los arquetipos en las doctrinas de las tribus primitivas, en las doctrinas secretas esotéricas, en las religiones, en los mitos y leyendas, en los símbolos del Tarot, en las imágenes de la Alquimia ... y muy especialmente en los sueños, en los que se apoya para la psicoterapia. Encuentra el ánima en el centro de la psique masculina y el ánimus en la psique femenina, siendo sus aportaciones al respecto -ánima-ánimus- ya como un clásico dentro de la Psicología. Encuentra el arquetipo de la madre, los arquetipos de la transformación, y muchos más. Y reconoce que su número es ilimitado.

Compara la fuerza de los arquetipos con la de los instintos animales. Así en “El hombre y sus símbolos” dice: “Son una tendencia tan marcada como el impulso de las aves a construir nidos, o el de las hormigas a formar colonias organizadas”. Aunque no lo he encontrado claramente expuesto, entiendo que Jung ya ve un continuum instintos - arquetipos, uno en el terreno de las necesidades fisiológicas y básicas, y otro en un orden superior propiamente psicológico.


DE PLATÓN A NUESTROS DÍAS

El gran precursor de los arquetipos fue el filósofo griego Platón, que vivió entre 427 y 347 a. d. J. Es evidente que, en general, los conocimientos humanos siguen una evolución positiva con el tiempo. Podemos comprobar repasando la Historia como el hombre va progresando paso a paso a través de un lento camino de descubrimientos. Pero ¿siempre sigue una evolución positiva?. A mi entender, la revisión de la concepción filosófica de Platón es un ejemplo de que no siempre se sigue en todo un progreso lineal ascendente. Su concepción ética y metafísica creo que es injustamente olvidada o infravalorada o pretendidamente superada por la intelectualidad de nuestro tiempo. Y pienso que no hay motivo. Yo acabo de leer “Fedón”, que forma parte de sus “Diálogos”, y me doy cuenta de que la sabiduría de este gran filósofo, discípulo y seguidor de Sócrates, dista mucho de estar superada en lo concerniente a Ética y Metafísica. Y, en lo que se refiere a otras cuestiones en las que hoy vamos muy por delante, hasta intuye que la tierra es redonda y flota en el cielo, e incluso explica que “Se dice que, si se mira la Tierra desde un punto elevado, se parece a uno de esos balones de cuero”. No me explico como lo sabían, pero de cualquier forma indica que Platón también en esto tuvo buen tino en elegir las informaciones. Pero veamos su concepción respecto a los arquetipos.

Platón no veo que utilice la palabra arquetipo. Si bien arquetipo es una palabra griega, que si miro al diccionario griego encuentro que quiere decir “original”, de lo que habla Platón es de las “ideas”. Todas las cosas materiales comprendía que tienen su modelo y su esencia en otra dimensión, el reino de las ideas. Los cosas materiales y también las abstractas, como la igualdad, lo bueno, lo bello, lo justo, el amor, la santidad, lo grande, lo pequeño e innumerables cosas más, tienen su esencia en unas ideas que habitan en el cielo empíreo. Y es nuestra alma la que puede recurrir a estas ideas a través del pensamiento porque posee su misma esencia. Platón no concibe el pensamiento sin el apoyo de las ideas que asientan en otra dimensión.

En los “Diálogos” de Platón, concretamente en “El banquete, o del amor”, podemos encontrar en boca de Fedro que: “El Amor es un dios muy grande... no hay dios tan antiguo como él... Según Hesiodo, al principio existió el Caos, después la Tierra de amplio seno, base eterna e inquebrantable de todas las cosas, y el Amor. Hesiodo, por consecuencia, hace que la Tierra y el Amor sucedan al Caos.” En estas palabras podemos encontrar un ejemplo paradigmático de la fuerza y el realismo, o mejor la numinosidad, que Platón confiere a las ideas, en este caso al amor. Y aquí me parece adecuado hacer unas reflexiones. En la Grecia Antigua florecieron las artes, las letras y las ciencias, y allí tuvo lugar el nacimiento de la genuina Filosofía. Aquel brote pujante y creativo de filósofos no deja de sorprendernos y nos hace preguntar por qué allí y entonces. A mi se me ocurren algunos factores. La primacía militar, sin duda, fue un factor que lo hizo posible. También la democracia entiendo que fue un factor primordial, por el hecho de reconocer en cada ciudadano el derecho a votar y ¡a pensar¡, nada de lo cual se reconoce en las dictaduras. Pero lo que quiero especialmente señalar, como factor positivo, son sus creencias religiosas. Aquellos filósofos sabían muy bien que las historias y andanzas que se explicaban sobre los dioses del Olimpo eran meras fabulaciones, pero entendían una realidad subyacente. Entendían la existencia de otra dimensión bajo cuya influencia vivían. De alguna forma la vivenciaban. Lo cual les alejaba del reduccionismo materialista y me parece un inestimable reconocimiento a las posibilidades del hombre y una base y un acicate para ejercer la más noble de las artes, el arte de pensar.

Más todo esto sucedió hace casi dos milenios y medio, situémonos ahora en nuestro tiempo. Veamos primero que nos dice la Nueva Física. Actualmente sabemos muchas cosas sobre Física, el progreso en este campo ha sido espectacular. Sabemos de la naturaleza del calor, de la luz y de la electricidad. Conocemos su naturaleza vibratoria. Maxwell, ya a mediados del siglo XIX, describió matemáticamente el espectro de las ondas electromagnéticas. Para algunos observadores este fue el mayor descubrimiento de la historia de la Ciencia. Yo diría, a todo caso, que el mayor descubrimiento ha sido el campo vibratorio, a cuyo logro contribuyeron Maxwell y muchos otros investigadores. Y viene al caso que hable del campo vibratorio porque él nos sitúa en lo que yo hasta me atrevo a llamar una nueva dimensión de la realidad. En efecto, ya no existe sólo la materia que se toca y percibe con nuestros sentidos. Ya no bastan tres dimensiones para tasar toda la realidad, hace falta considerar el estado energético vibratorio, y aquí veo yo una nueva dimensión de la materia. Una nueva dimensión de la realidad, este campo energético vibratorio, que nos acerca a hacer posible aquel cielo empíreo de las ideas. Así lo vislumbran muchos científicos, no todos ni quizá la mayoría que se ha quedado anclada en lo tridimensional, pero es evidente que se ha abierto claramente una ventana desde el punto de vista de la Ciencia. Dos científicos que han visto claramente este resplandor han sido David Bohm y Rupert Sheldrake.

David Bohm, que falleció hace pocos años, fue un físico eminente, conocido en el mundo científico por sus trabajos sobre Física Cuántica. Colaboró con Einstein, trabajó con Oppenheimer. Bohm fue una de estas personas que entendía bien que para que la materia se manifieste tal como la vemos necesita de un orden subyacente. Yo creo que podríamos dividir a las personas en: las que les llama la atención la necesidad de un orden detrás de lo que ven y las que prescinden de este aspecto. En suma, asombrarse o no ante el orden de la Naturaleza. Los científicos, por ejemplo, son propensos a centrarse en lo que ven y miden y a prescindir de semejantes consideraciones. Pues bien, en este aspecto, David Bohm no era un científico típico, porque a él sí que le llamaba la atención el orden, hasta tal punto que fue un destacado investigador del mismo, y muchos de nosotros le conocemos especialmente por esto. Bohm llegó a la conclusión de que el mundo material que nosotros vemos, tocamos y medimos es el orden explícito (también llamado: explicado o desenvuelto). Y llegó a la conclusión de que detrás existe el orden que no se ve, el orden implícito, el cual a su vez procede de un orden superimplícito o supercampo, al que denomina holomovimiento, por su dinámica holográfica en la que el todo está en cada una de sus partes. Verdad, amigo lector, que el cielo empíreo de Platón así ya parece una teoría muy actual.

Y el que acaba de actualizar la concepción platónica es Rupert Sheldrake. Este bioquímico inglés está propugnando que detrás de la materia y de todo lo que se nos hace aparente, incluso tan sutil como los pensamientos y las ideas, existen unos campos morfogenéticos, es decir unos campos que engendran la forma de esta materia o de estos pensamientos e ideas. De tales campos morfogenéticos habían hablado ya anteriormente otros autores, pero Sheldrake le da al tema una especial vitalidad. Lo aplica a las moléculas, a los átomos. a la morfogénesis biológica, a la evolución, a los instintos, a la conducta y al pensamiento. El proceso formativo que tendría lugar a través de un fenómeno de resonancia, la resonancia mórfica, está detrás de cuanto a nosotros se nos hace aparente, y sería necesario para dar explicación a la vida, a la evolución, a la conducta animal y a muchos enigmas que un reduccionimo materialista obstinado no puede responder. Rupert Sheldrake es un personaje muy conocido en el mundo por la defensa de esta causación formativa y ha escrito varios libros al respecto. Se trata, en suma, de propugnar, dentro de los términos que permite la Nueva Física, una nueva dimensionalidad que yo entiendo que es imprescindible para completar el gran rompecabezas de la Naturaleza. En la línea que Platón señaló claramente, y en la línea a la que David Bohm dedicó los máximos esfuerzos.


LOS ESTADOS MODIFICADOS O NO ORDINARIOS DE LA CONSCIENCIA

Aparte de la vigilia y el sueño, el ser humano puede experimentar diversos estados de la consciencia que podemos llamar modificados o no ordinarios. Así por ejemplo tenemos: los estados de consciencia patológicos que son característicos de las psicosis, los estados hipnóticos o modificados por la hipnosis, y los estados de consciencia modificados por las drogas alucinógenas. También las fases culminantes del yoga así como el éxtasis místico llevan a estados característicos no ordinarios de la consciencia. En lo que nos vamos a centrar especialmente es en los estados de consciencia que se consiguen a través de la técnica establecida por Stanislav Grof y que llama terapia holotrópica.

Stanislav Grof es uno de los fundadores de la Psicología Transpersonal y tiene una amplísima experiencia en los estados de consciencia modificados por el LSD, de cuando este tipo de experimentación no le resultaba ilegal. Y ahora, desde hace ya muchos años, trabaja con la terapia holotrópica que también lleva a unos estados modificados de consciencia, a través de una técnica de respiración acelerada y profunda con la consiguiente producción de hipocapnia (descenso del anhídrido carbónico). Siempre con la intención de abrir nuevas posibilidades a la mente, de abrir a nuevos parámetros y a una nueva sabiduría.

Con estas vivencias alucinatorias, Stanislav Grof observa con frecuencia un salto cualitativo de las experiencias individuales a las experiencias de amplitud cósmica. Observa la sensación de que la consciencia del individuo se ha expandido, y también casos de regresiones e identificaciones a recuerdos embriónicos o a nivel celular, y a animales o plantas, y también recuerdos de antepasados y vivencias de episodios de vidas anteriores. Podríamos decir, en suma, que estas vivencias alucinatorias nos introducen a un reino transpersonal - más allá de lo personal - de posibilidades ilimitadas.

Dice Grof: “Si queremos comprender el reino de lo transpersonal debemos concebir la consciencia de una manera completamente nueva. Sólo entonces podremos atisbar más allá de la creencia de que la consciencia es un producto del cerebro humano, que se halla confinada en el interior de la estructura ósea de nuestro cráneo... Contrariamente a lo que parece mostrarnos la experiencia cotidiana, la consciencia es independiente de nuestros sentidos físicos, aunque se halle, no obstante, mediatizada por ellos en nuestra percepción cotidiana de la vida.”

Dice también Grof: “Nuestra investigación sobre los estados no ordinarios de consciencia avala la concepción de C.G. Jung, quien sugería que, en nuestros sueños y visiones, podemos experimentar mitos ajenos a nuestra cultura a los que no hemos podido tener acceso mediante lecturas, imágenes o conversaciones. Se trata, en definitiva, del inconsciente colectivo, un océano infinito de conocimiento en el que todos podemos beber.”


UNOS PATRONES DE CONDUCTA

Dentro del polifacetismo que es lógico encontrar en las manifestaciones del inconsciente, una de estas facetas son los patrones de conducta. Una realidad que, muy justamente, llama la atención dentro del ámbito de la Psicología. Yo pretendo, a continuación, exponer algunos ejemplos representativos de patrones de conducta, según la visión de sus autores y que son una incursión, forzosamente limitada, dentro de esta temática de las pautas y proyectos de vida. Y excuso decirle, amigo lector, que cuando hablamos de patrones de conducta hablamos de arquetipos. Siendo como son universales, si no ¿de dónde provendrían?.

Un autor que se ha ocupado de los patrones de conducta es Allan B. Chinen, que es psiquiatra y profesor de la Universidad de California en San Francisco. Ha escrito “Más allá de héroe”, sobre cuyo libro me voy a referir. Su fuente de estudio han sido las historias y cuentos populares recopiladas no importa de qué parte del mundo, y también ha indagado en las normas de las sociedades secretas y en las costumbres, el folklore y el arte de las sociedades primitivas. Se ha centrado en los relatos de hombres, en historias sobre varones maduros. Es una búsqueda de la virilidad madura más allá del héroe guerrero y patriarca. Más allá de este héroe típico, guerrero y dominador, personificado en la figura del rey - guerrero, con lo que significa de agresividad, desprecio a los demás seres humanos y desprecio a lo femenino. Chinen busca, en las historias de hombres que han alcanzado la mitad de su vida, unos valores que provengan de una masculinidad profunda. Y encuentra al “cazador, chamán y tramposo”, que según sus cálculos e investigaciones es más antiguo que el rey - guerrero. Encuentra un patrón de conducta que significa “una fuerza masculina que evita la guerra, honra lo femenino y reconoce el equilibrio de la naturaleza”.

El patrón de conducta de esta virilidad que va más allá del héroe sabe valorar el lado femenino, “la sensibilidad, la vulnerabilidad y la intuición” inherentes a lo femenino. Y las historias de lo que Chinen llama el “hermano tramposo” aportan unos valores que implican ser “más tolerantes con las diferencias de opinión, las ideas nuevas de las generaciones más jóvenes y la propia complejidad interna”.

En los relatos estudiados por Chinen encuentra también una vocación a “ir no se sabe dónde y a traer no se sabe qué”. Y puntualiza que “para llevar a cabo esta llamada, los hombres necesitan toda la disciplina, perseverancia y valor que aprendieron en sus luchas heroicas de juventud, y toda la astucia y cálculo que el Tramposo pueda enseñarles. Pero el objetivo de las estratagemas no es la recompensa personal ni la autosatisfacción privada, sino más bien la generosidad, la creatividad, el bien común y, en última instancia, el enriquecimiento de la humanidad.” Y, un poco después vuelve a insistir Chinen, “el rey - guerrero tiene un papel que desempeñar en la vida de los hombres. Del héroe - patriarca los hombres aprenden disciplina, perseverancia y valor. En el período heroico de la vida los hombres desarrollan un fuerte ego, un sólido sentido de identidad y una consciencia liberada de los instintos ... Los relatos de hombres son claros en este punto: sólo los individuos que ya han dominado la vía del héroe y del patriarca se embarcan en la búsqueda de algo que les trascienda.”

La mujer tiene sus características propias que determinan la sintonía con unos arquetipos también diferenciados, siendo precisamente éste un campo - el campo de los arquetipos femeninos - donde, a mi entender, puede y debe progresar el feminismo en su lucha por los valores auténticos. Muchas autoras lo ha entendido así, y una de ellas es Maureen Murdock. Esta psicoterapeuta y profesora de la Universidad de Los Angeles ha escrito “El viaje heroico de la mujer”, en el que se describe la trayectoria de una serie de patrones arquetípicos que se suceden en la vida de la mujer. También la mujer empieza por el arquetipo del héroe. “La heroína empieza a desarrollar habilidades masculinas”, intenta abrirse camino en el competitivo mundo de la productividad y de la búsqueda del éxito. “Se va enfrentando a las Pruebas de Camino en la medida que va teniendo que aceptar el desafío de superar los mitos de la inferioridad, la dependencia y amor romántico de la mujer”. Y “una vez que encuentra ese Tesoro del Éxito dentro de un mundo de varones, o tras haber empleado hasta la propia sangre en el intento, la heroína experimenta un profundo sentimiento de Aridez Espiritual.” Y aquí, en lo que se corresponde con una cierta madurez propia ya de la mediana edad, y con total similitud a lo que sucede en el varón, empieza lo que podemos llamar el viaje post-heroico, el que vimos que nos llevaba más allá del héroe. Sigamos, pues, a Maureen Murdock.

La heroína intenta entonces recuperar los valores propios y más genuinos de la mujer. Busca a la Diosa, a la feminidad perdida. “Un período aparentemente de vagar sin rumbo, de dolor y de rabia, que no parece tener final”. “La heroína anhela volver a reunirse con su naturaleza femenina y a curar la Ruptura Madre/Hija, la herida que resultó del rechazo inicial de lo femenino.” Posteriormente, en este viaje evolutivo, intenta la “sanación de lo masculino herido”, intenta recuperar la naturaleza masculina, y hasta es posible ver que “la heroína se convierte en una guerrera espiritual”. Y el final de este viaje, tal como lo señala Maureen Murdock, es conseguir integrar sin reservas la parte masculina y la femenina, lo que significa la culminación de las energías y el no renunciar a nada de lo aprendido. La heroína “puede navegar por las aguas de la vida cotidiana y escuchar las enseñanzas de lo profundo.”

Ann G. Thomas es escritora y ejerce de psicoterapeuta en California, y en la misma línea de los dos autores comentados, ha escrito “Esa mujer en que nos convertimos”. A través de su experiencia y apoyándose en cuentos, mitos y leyendas, observa las fases y patrones que se suceden a partir de la mediana edad, cuando podríamos decir que comienza el camino hacia la vejez. Una primera tarea es descubrir el “oscuro femenino”. Es importante hacerlo porque esto les convierte en “mujeres sabias”, en contraste con lo contrario, no encontrar esta sabiduría, que lleva al “tono incisivo e iracundo de la bruja y de la hechicera malévola”. De igual modo la mujer tiene que saber encontrar el arquetipo de la “buena madre”, con todo el caudal de energía benéfica que ello significa para ella misma y para los demás. Una etapa culminante la ve también Ann Thomas en la integración del ánimus, un complemento de madurez necesario que aleja a la mujer de la agresividad, de la amargura o de la dependencia. Y, aún más al final, señala al sentido personal que es indispensable dar a la vida: “encontrar la historia de la propia vida, y desde ahí, extraer sentido y sabiduría.”

También investigando las distintas pautas de conducta, la analista junguiana y psiquiatra Jean Shinoda Bolen ha escrito “Las diosas de cada mujer”. Entiende, al igual que los autores antes referidos, el transcurso de la vida de la mujer como el viaje de la heroína a través de responsabilidades, obstáculos y peligros, y en pos de unos logros y un sentido. Pero lo que fundamentalmente llama la atención a Jean Shinoda es la diversidad de tipos psicológicos de mujer, la forma distinta como cada mujer afronta sus problemas y enfoca su vida, o sea los diferentes patrones de comportamiento que, como buena seguidora de Jung, interpreta como arquetipos. Y teniendo bien clara esta diversidad, ha sabido encontrar una analogía entre estos patrones de comportamiento y los de las diosas del Olimpo. Una idea interesante y lúcida porque estas diosas míticas en realidad son la expresión de unos arquetipos universales. Muchas mujeres, dice, cuando se les explica la historia de alguna de estas diosas, asienten con un “¡ajá¡” al sentirse identificadas con aquella problemática y forma de comportarse. Y la autora selecciona a siete diosas griegas, las seis del Olimpo a las que añade Perséfone, y a través de sus historias reconstruye unas pautas arquetípicas de comportamiento bien actuales en las que puede fundamentar su psicoterapia. Son las pautas de comportamiento respecto a la familia, al matrimonio, a la autonomía o a los sentimientos, de Artemisa, de Atenea, de Deméter... Con unos rasgos de universalidad que les hace de todos los tiempos y lugares.


MIS OBSERVACIONES Y MI CONCEPCIÓN SOBRE LOS ARQUETIPOS

1º/ Los arquetipos que he observado especialmente.- He observado especialmente los arquetipos de la mesianidad y los de la trascendencia. Veamos.

El arquetipo de la mesianidad me ha llamado poderosamente la atención y lo he visto aquí, allá y por doquier al reparar en la conducta humana. Lo he visto en los más cuerdos y en los más locos, en los más sabios y en los más ignorantes, en los creyentes y en los ateos, en las personas reales y en las de ficción literaria. Es precisamente en el mundo de la locura donde se puede observar de una forma más espectacular, desnuda y sin ambages, pero el cuerdo no lo es mucho si no da un sentido y una finalidad a su vida, si le falta el toque de la mesianidad.

Existen unos mesías auténticos, como Jesucristo, Moisés, Zaratustra, Krishna, Buda o Mahoma, o cualquiera de los filósofos idealistas que ha pretendido transmitir proyectos e ideas salvadoras para la Humanidad. También existen los falsos mesías. En todos los manicomios hay alienados con ideas mesiánicas que pretenden ser portadoras de ideales o proyectos que han de salvar al mundo, o que poseen altos secretos del más elevado interés e importancia. Y los más peligrosos fueron -o son- aquellos personajes que, muy a distancia de los manicomios y al amparo de una reconocida “grandeza”, en nombre de la patria, del orden, del progreso, de la raza o de un alto destino, ejercieron un poder personal avasallador y violento. Como la mayoría de los héroes guerreros, de los que la Historia de todos los tiempos nos ofrece abundantes muestras, con una mesianidad que hasta podemos calificar, en muchos casos, de diabólica.

Pero también, amigo lector, existe la misión de cada uno de nosotros. No somos seres carentes de sentido, el hombre es un ser en busca de sentido. Esta misma búsqueda ya es un impulso que no tendría explicación en un reino del azar. Nuestra admiración por el héroe que cumple con la misión que le es encomendada es un signo de esta influencia arquetípica. Nuestra vocación hacia una profesión o a realizar algo, o nuestra aceptación de las responsabilidades respecto a lo que nos rodea e incumbe, son una muestra inequívoca del arquetipo de la mesianidad que planea sobre nuestras vidas. Reparar en los personajes históricos o los héroes de ficción que admiramos, y, sobre todo, indagar nuestras aspiraciones vocacionales, puede clarificar las influencias arquetípicas que nos impulsan y nos puede ayudar a vivir en paz con ellas, dando a nuestras vidas una salida operativa y satisfactoria. Unas influencias arquetípicas que, en realidad, si las observamos con valores adecuados, si las interpretamos bien, lo que nos dicen es que empleemos nuestras posibilidades para hacer un mundo mejor. A nivel personal, familiar o social, en la medida de los talentos o posibilidades que nos hayan sido dados. Una mesianidad que empieza por nosotros mismos, por nuestra propia evolución, sigue con el impulso a cumplir con la maternidad o paternidad, y nos lleva a mirar con sentido de responsabilidad hacia nuestro alrededor.

Otro arquetipo que todos podemos observar con facilidad es el de la trascendencia. Es el que nos hace captar la existencia de otra dimensión trascendente, más allá de lo que nos es posible percibir a través de los sentidos. A este respecto el mundo se divide en creyentes y no creyentes, del mismo modo que hay altos y bajos o gordos y flacos. Creer en una religión o en una dimensionalidad que nos trasciende ya es una buena muestra de la influencia de la propia realidad arquetípica. Claro que también puede ser un prejuicio impuesto de forma dogmática, pero, en lo que tiene de genuina aceptación intuitiva, es consecuencia de la influencia arquetípica de aquella realidad. Y aquí nos debemos plantear una pregunta muy interesante: Los no creyentes ¿es que no están también expuestos al influjo de la misma realidad arquetípica?. Precediendo a la respuesta, bien corresponde en este caso un veamos y punto y aparte.

Claro que unas personas son más receptivas que otras a los arquetipos. Claro también que unos valores adecuados, que implican una “buena fe” en el mejor de los sentidos, sintonizan mejor con la dimensionalidad trascendente. Y ambas cosas, la receptividad y los valores, evidentemente marcan unas diferencias entre creyentes y no creyentes. Pero poco sería el poder de la realidad arquetípica si no ejerciera ningún influjo sobre los no creyentes. Amigo lector, es que la realidad arquetípica ejerce también una poderosa influencia sobre los no creyentes. Iré explicando diversos aspectos emotivos, intelectivos o conductuales que delatan esta influencia arquetípica. Probablemente no estarán todos los que son pero seguro que son todos los que están. Veamos.

1/ Cualquier creencia esotérica, cualquier convicción metafísica o cualquier superstición es una buena muestra de la influencia de la realidad arquetípica.

2/ Los principios éticos y sociales son valores inherentes a cada individuo, pero también están presentes en la realidad arquetípica. Y así no es de extrañar que el altruismo, el sentido de la justicia, o el respeto por la naturaleza y los derechos humanos, tengan una característica universalidad, y no es de extrañar que el hecho de ser creyente o no, no sea a este respecto determinante.

3/ Los sentimientos y las aspiraciones romántias, esta exaltación del amor, este presentimiento de unos horizontes lejanos indefinidos, esta reivindicación de la intuición, esta ansia de volar por encima de lo materiático... son consecuencia del influjo de la realidad trascendente.

4/ La fascinación por lo mágico es otro signo de esta influencia. Me refiero, por ejemplo, a la fascinación por los cuentos y leyendas y cuanto tenga algo de mágico, como el cine de Supermán o la Guerra de las Galaxias. Esta magia de cuentos, leyendas o cine interesa a niños y adultos, si bien los niños son más receptivos, quizá por estar aún menos moldeados por la influencia materiática de la educación y de la propia vida.

5/ El miedo a la muerte es otra muestra donde cabe observar la influencia de lo trascendente, si bien hay que hacer algunas matizaciones. El miedo a la muerte puede provenir, simplemente, del miedo a dejar nuestro mundo material. Pero, ¿es esto sólo?. No es esto sólo. Así como la intuición de otra vida puede ser un evidente consuelo para morir en paz, también puede ser lo contrario y resultar una fuente de inquietud. Sea creyente o no, porque la realidad arquetípica está más allá de las creencias.

2º/ Una realidad que rebasa al propio término “arquetipo”.- Amigo lector, hemos llegado a un punto en que Vd. puede hasta pensar en una exaltación por parte del autor. No es eso, es la propia realidad la que es capaz de desbordarnos y sucede aquello que Hamlet advirtió a su amigo Horacio, cuando le dijo que hay más cosas en el cielo y la tierra de lo que en principio cabe imaginar.

Creo que para no “escandalizarse” con los arquetipos hay que entender a fondo algunos conceptos de la Física. Esto es lo que he intentado hacer yo. Ha sido una larga aventura de muchos años, una búsqueda impulsiva en la que me movía por una fascinación más que por un objetivo concreto. Me comenzó a fascinar la Relatividad y me continuó fascinando la Física Cuántica, y la búsqueda duró años y años. Ahora, observe que he estado hablando en pasado, tengo la impresión de que ya llegué al final de esta aventura en el campo de la Física, que ya llegué a las cimas que me propuse. Efectivamente, siento la satisfacción de haber entendido algunas cosas y de haber alcanzado unos objetivos. Intentaré explicarle, en el espacio que considero prudencial para no alargarme inoportunamente, algunos de estas concepciones, que como verá tienen mucho que ver con la realidad arquetípica.

En esta aventura de búsqueda he asistido, como estudioso, al descubrimiento, por parte de la Física, de la realidad vibratoria de la materia. Estudié a fondo la discusión histórica sobre la naturaleza de la luz como partícula o como onda, vi traspasada esta misma cuestión a la realidad última de la materia que son las partículas, y, por último, pude contemplar intelectivamente el gran descubrimiento de la Física Cuántica que llegó a entender muy bien que la realidad básica de las partícula materiales es el campo vibratorio. La propia concepción de la partícula así como su medida se basa en la famosa ecuación de onda, fundamento de todo el edificio cuántico. O sea que el campo vibratorio pasa a ser una nueva dimensión de la realidad. Podríamos decir que hasta aquí asistí al espectáculo como espectador, atónito por esta magna concepción del mundo científico, pero como espectador. Sin embargo, llegó un momento que yo pensé que tenía algo que decir, entendí que las cosas no terminaban aquí, entendí que detrás de la vibración hay algo más. Veamos.

Se trata de entender si detrás del fenómeno vibratorio está el vacío y punto, o si existe otra realidad básica que da soporte a innumerables aspectos que de otra forma se quedan “colgados”. ¿De dónde extrae la vibración la substancia que vibra?, o dicho de otra forma, lo que vibra ¿es el vacío?. ¿De dónde surge este maravilloso orden matemático que rige al campo vibratorio y que ya existía en tiempo del Big-Bang?. O ¿es que la esencia de la realidad psíquica no exige una substancia propia, más allá de la simple “secreción neuronal”?. Me formulé estas y otras preguntas, y tengo la sensación de que encontré unas respuestas. Por supuesto que no acepté lo del vacío y punto como respuesta. Entendí que detrás del campo vibratorio existe un campo puro o esencial, que es la materia prima, que es la fuente del orden y que es la esencia de la consciencia y de los valores de nuestra psique.

Entendí la existencia de un campo puro, esencial o primordial que es la esencia de nuestra psique. Y entendí el continuum Física - Metafísica por el que nuestra mente es una realidad psico - cósmica. Hasta puedo postular que este campo puro o esta realidad psíquica es un punto de referencia universal para la Física. Lo que Michelson y Morley buscaron en el éter, resulta que estaría en esta otra realidad metafísica. Entendí estas y otras cosas que explico en “El continuum Física - Metafísica” que publico por Internet (www.psicostasia.com). Pero lo que nos interesa ahora es pararnos a pensar en la mente como realidad psico - cósmica, porque aquí, amigo lector, ya encontramos esta base para los arquetipos que forzosamente nos tiene que desbordar, por más fríamente que la observemos. Y tenemos que todo concuerda: el cielo empíreo de las ideas de Platón, las teorías de Bohm y de Sheldrake, los hallazgos de la Psicología Transpersonal con los estados modificados de consciencia... También otros investigadores postulan este campo puro: el campo primordial de Guitton o la concepción mente - materia del propio Schrödinger, son buenas muestras que además indican que vamos por buen camino, del mismo modo que existen claros antecedentes lejanos en las grandes y más antiguas civilizaciones que sorprendentemente también lo intuyeron, o no tan sorprendentemente si contamos con esta realidad psico - cósmica.

Cuando entendemos esta realidad psico - cósmica entendemos la naturaleza de los arquetipos, y no sólo esto sino que al mismo tiempo comprendemos que esta realidad desborda al término “arquetipo”. Necesitamos una palabra que podamos aplicar a todos los entes de este campo puro o esencial. Yo sugiero el término “eidad”, en la línea de Platón, derivado de “eidos”, idea. Podemos continuar hablando de arquetipos, que es una acertada expresión, pero en determinados casos forzosamente la palabra se nos va a quedar corta y entonces nos conviene hablar de eidades o de substancia eidética. Se me ocurren algunos ejemplos de este desbordamiento del término arquetipo. Veamos unos ejemplos.

Sea Vd. aficionado o no al fenómeno OVNI, habrá oído hablar de ellos o hasta quizá haya visto alguna luz misteriosa en el cielo nocturno. El caso es que muchas personas han visto alguna vez enigmáticas evoluciones de luces en la noche. Los comentaristas suelen enumerar las posibles explicaciones, y , dejando aparte como posibilidad los artefactos terrestres o de otros planetas, si quieren completar el abanico de explicaciones, recurren a que pueden ser producto del inconsciente o que pueden proceder de otra dimensión que está aquí junto a nosotros. Pues bien, a mi entender, estas dos posibilidades se convierten en una sola al aceptar la realidad psico - cósmica, y sería más correcto hablar en este caso de eidades que de arquetipos. Otro tanto sucede con las psicofonías, aquellas enigmáticas voces “sin causa” que aparecen grabadas en casetes y son tema de investigación parapsicológica . También en este caso se apela al inconsciente y a otra dimensión, e igualmente podemos ver unificadas ambas posibilidades y se nos manifiesta la conveniencia de hablar de eidades.

Otro ejemplo lo tenemos si revisamos algunos arquetipos de la trascendencia. Cuando un místico tiene un éxtasis superior conecta con la Consciencia Cósmica o, lo que es lo mismo con la Divinidad. Otras veces el místico conecta con entidades que podemos calificar como deidades o divinidades. O también el romántico o el poeta conecta con lo trascendente cuando vislumbra un más allá perdido en el infinito. Y, naturalmente, podría citar más ejemplos, pero el caso es que, para incluir a todas las entidades trascendentes, la palabra arquetipo queda desbordada y encuentro más adecuado utilizar un término como eidad que tiene una significación más amplia e inespecífica.

Creo que la realidad arquetípica supera la actual terminología y va a precisar además de toda una taxonomía. Será necesario considerar órdenes superiores y órdenes inferiores o básicos. También entiendo que será conveniente hablar de arquetipos o eidades generales y arquetipos o eidades especiales. Veamos algunos ejemplos. Hemos hablado de unos arquetipos que podemos incluir dentro de un orden superior, pero ¿y el ámbito de los instintos es ajeno a los arquetipos?. Yo creo que no, entiendo que las necesidades básicas, como lo relacionado con la supervivencia y el sexo, están bajo los patrones de influencia arquetípica. De unos arquetipos que podemos denominar básicos o inferiores. Y en cuanto a lo de general y especial, observemos las modalidades específicas dentro de una más general trascendencia que acabamos de mencionar, u observemos el arquetipo de la mesianidad y veremos que, de una forma general, puede incluir otros más especiales, como el arquetipo del héroe y todos los que se contienen en los patrones que van más allá del héroe.

Y todo apunta a que los arquetipos van a ser materia de estudio, no ya sólo para todo el próximo siglo, me atrevo a decir que van a ser materia para mientras el hombre habite el planeta y tenga necesidad de saber. Yo lo veo como un tema que, si bien viene de antiguo, sólo se ha comenzado a desbrozar. Lo que me permite prever a la Eidética - la ciencia que estudie la substancia eidética - con un gran futuro, o quizá mejor, como la ciencia del milenio al que entramos.