9 dic. 2008

Quienes Serán los Próximos Papas??


José CATALAN DEUS


Como otras creencias populares, esa de que los papables nunca salen elegidos, no es muy cierta que digamos. Todos los últimos Papas –Pío XII, Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I– eran ya los favoritos al inicio de sus cónclaves. Es verdad que, en cambio, con Woytila casi nadie acertó...
La categoría de papabile –papable en italiano– no figura en el Anuario Pontificio y sin embargo tiene una existencia bien real. El diccionario vaticano de latín aplicado a términos de uso corriente hoy día, lo traduce como summo pontificato dignus, es decir, persona digna de ser Sumo Pontífice. Un papable en definitiva es alguien de quien se habla como posible sucesor del Papa de turno.

Hay dos factores importantes para John Allen: el primero, que ya no tiene que ser casi con seguridad un italiano, tras la ruptura de 456 años de papas italianos que trajo el nombramiento de Woytila. El segundo, que se puede apostar a que no será ciudadano de EEUU.
En los ocho cónclaves del siglo XX las especulaciones solían basarse en que los electores interrogaban a su conciencia fundamentalmente por tres cosas: ¿de dónde debería proceder?, ¿cuántos años debería tener?, y, ¿qué es mejor, que sea miembro de la Curia o responsable de una diócesis?
Allen cree que los cardenales actuales preferirán un Papa del Tercer Mundo, en la segunda mitad de sus sesenta años o en la primera de los setenta, con larga experiencia en una gran diócesis y al mismo tiempo conocedor de la Curia.

En base a ello hace una lista de 20 papables, en la que no incluye pesos pesados como Somalo, Ruini o Ratzinger, por haber sido estrechos colaboradores de Woytila. En su lista hay once europeos, seis latinoamericanos, dos africanos y un asiático. Dos son conversos: el nigeriano Arinze, que procede del animismo, y el francés Lustiger, que viene del judaísmo.


Negro, mulato o mestizo

Y si no es un italiano –ni el liberal conciliar Montini, ni el moderado antiglobal Tettamanzi, ni el curial discreto Re–, habría que jugar la baza simbólica y el cambio formal de elegir un Papa con los rasgos del Tercer Mundo, donde parece estar el futuro de la Iglesia.
En marzo de 2003, el mismo cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, se declaraba públicamente partidario de que "fuera elegido un Pontífice de raza negra". A la Iglesia no le faltaría madurez para llevar adelante una elección así... cree. Pero, quizás, el salto sería excesivo para una parte de los católicos.
El filósofo católico Jean Guitton dijo hace años: "Será un Papa negro; pudiera ser el cardenal Gantin de Costa de Marfil, que ya está en Roma desde que lo llamara Pablo VI. O el arzobispo de Dakar, Senegal".
Bernardin Gantin hoy es el decano emérito del Colegio, con 82 años, demasiado anciano para ser un papable destacado en el grupo de cabeza, pero sin duda un gran elector.

En cuanto a Hyacinthe Thiandoum, Arzobispo Emérito de Dakar y cardenal desde 1976, falleció a los 83 años de edad el pasado 15 de mayo en una clínica cerca de Marsella, Francia. Era uno de los pocos cardenales creados por Pablo VI que todavía vivían. En su último libro, el Papa Wojtyla aludía a su "excepcional personalidad".
También en 1993, el cardenal Achille Silvestrini pronosticaba: "Quién sabe, podría muy bien emerger del Cónclave un latinoamericano, un africano... Es un salto cualitativo desde el punto de vista geopolítico".
El semanario 'The Economist' opinaba: "La prensa secular gusta de un Papa negro, tipo Francis Arinze, de Nigeria. Su elección probablemente sería demasiado para la mayor parte de los cardenales".


Las cuentas de Tettamanzi

Hay actualmente dos cardenales del Opus Dei: Juan Luis Cipriani Thorne, primero de la historia, papable también él, aunque prácticamente invalidado por su juventud y sobre todo por su abierta militancia en la organización que tantos quieren apartar del poder a la muerte de Wojtyla, y Julián Herranz Casado, de 74 años, presidente del Colegio Pontificio para la Interpretación de los Textos Legislativos de la Iglesia, miembro de la Curia romana desde 1960, y accedido a la birreta en la última promoción.
Cualquiera de los dos tiene en contra la mitad del cónclave por el sólo hecho de su pertenencia a la Obra. El primero es muy joven; el segundo, muy mayor.
Pero Cipriani, Herranz y la Curia cercana podrían muy bien presentar a Tettamanzi como candidato de consenso. Los cardenales pro-Opus más importantes en el Vaticano serían, según Sandro Magíster, Eduardo Martínez Somalo, Darío Castrillón Hoyos y Javier Barragán Lozano. Tendrían también a buena parte de los electores italianos, y apoyos numerosos entre otros cardenales occidentales y "tercermundistas".

Tettamanzi, que cumplió el 14 de marzo pasado los 70 años, tiene una edad perfecta para ocupar el sillón de Pedro, tras un Papa tan duradero como el anterior. La Iglesia no sólo necesita reformas urgentes, sino que parece favorable a la elección de un Papa mucho más que maduro que no compita en longevidad y fortaleza con Juan Pablo II.
Sería, además, una elección en perfecta sintonía con los deseos del actual Papa, que le otorgó la birreta cardenalicia en 1998 y que aspira, como subraya el teólogo Hans Küng en su libro La Iglesia Católica.
Una breve historia, a ser sucedido por un "Juan Pablo III", alguien que apuntale y consolide su obra. Es decir, por un Pontífice conservador en cuestiones de dogma y gobierno interno de la Iglesia, y "progresista" o contemporizador con la opinión pública global en lo referente a la doctrina social.
Tettamanzi podría ser esa figura, porque representa la línea tradicional de la Curia, obediente al cien por cien al Papa y a su equipo de colaboradores, y al mismo tiempo es un hábil político y de trato afable, Y recuerda por su aspecto más a Juan XXIII que a Wojtyla.
Sobre las posibilidades reales de su candidatura pesa, sin embargo, un colegio cardenalicio multinacional en el que la importancia de los purpurados italianos ha disminuido considerablemente; de ser elegido, lo será no "por" sino "a pesar" de ser italiano.


Opus Dei contra jesuitas: dos contra tres

Así pues, en el próximo cónclave dos cardenales del Opus Dei, Cipriani y Herranz, se verán las caras con tres de la Compañía de Jesús: el italiano Carlo Maria Martini, el argentino Jorge Mario Bergoglio y el indonesio Julius Riyadi Darmaatmadja.
Resultaría excepcional que cualquiera de ellos fuera elegido, ni siquiera los papables Cipriani y Martini; nunca un jesuita ha llegado a Papa y son muchos los dedicados a conseguir que con el Opus Dei pase lo mismo.
La rivalidad entre Opus Dei y Compañía de Jesús no es nada literaria. Los jesuitas se han opuesto con todas sus fuerzas en todas partes del mundo al lento surgir de la Obra como poder fáctico en la Iglesia.
En Perú, cuando en diciembre de 1996 miembros del llamado Movimiento Revolucionario Tupac Amaru –MRTA– mantuvieron secuestradas a 72 personas durante 126 días, el presidente Fujimori nombró intermediario al Arzobispo Juan Luis Cipriani, de la diócesis de Ayacucho, y no al Arzobispo de Lima, Cardenal Augusto Vargas Zamora, un jesuita.

Se decía que el Opus Dei había formado una coalición de empresarios, banqueros y políticos que dieron su apoyo a Alberto Fujimori para llegar al poder.
La ascensión del Opus Dei con el papado de Wojtyla, ha dado lugar a que esta Prelatura Personal –la única existente en la Iglesia Católica–, tenga no pocos enemigos. Su poder actual se juzga peligroso; algunos como el periodista español Jesús Ynfante insisten en denominarlo "la mafia del Vaticano".
Robert Hutchison, en un trabajo de investigación publicado en el periódico británico The Guardian, es uno de los muchos que afirman que el Opus es una organización secreta en el corazón de la Iglesia Católica.
Para él, intenta recrear una alianza entre el mundo espiritual y el mundo secular, "algo que se pretendió por última vez durante el Renacimiento, con resultados catastróficos". La organización que fundara San Josemaría Escrivá sería la fuerza dominante dentro de la Curia Romana.
"En el Vaticano de hoy situarse en el lado equivocado de la Obra de Dios no es algo que se pueda tomar a la ligera", dice este periodista británico.

Con 80.000 miembros en todo el mundo, de los cuales alrededor de 2.000 son sacerdotes, al ser la única diócesis flotante –lo que se conoce como prelatura personal– está gobernada por un prelado general, que posee el rango de obispo y opera por encima y más allá de la autoridad de los obispos locales.
Al Opus Dei se le ha acusado de ser una iglesia dentro de la Iglesia. Tiene su propia doctrina que pretende ser de inspiración divina. Hutchison cree que la ideología política del Opus Dei ha cambiado poco desde 1950, cuando dos de sus estrategas, Rafael Calvo Serer, entonces director del Instituto Español de Londres, y Florentino Pérez-Embid, idearon al Opus Dei como un revitalizador católico de alcance mundial.
Sostenían que la emergencia de una nueva España dentro de la Comunidad Europea representaba una oportunidad ofrecida por Dios para recrear una forma de Catolicismo militante iniciado por el emperador Carlos en el siglo XVI.
Si saliera elegido un Papa del Opus Dei, los críticos temen que los hijos de San Josemaría Escrivá crearán una estructura de poder neo-Renacentista de sorprendentes paralelismos con la que construyó el "Virrey de Dios" en el siglo XVI, afirma Hutchison.

En cuanto a la Compañía de Jesús, dice la Enciclopedia Británica: "Los Jesuitas han sido siempre un grupo controvertido considerados por algunos como una sociedad temida y rechazada, y por otros como la más laudable y admirable orden religiosa de la Iglesia Católica".
Su página española www.jesuitas.es dice de sí mismos: "Está hoy extendida por 127 países en los que 20.170 compañeros trabajan por la evangelización del mundo, en defensa de la fe y la promoción de la justicia, en permanente diálogo cultural e interreligioso. De ellos hay casi 1.700 en España".
Los jesuitas fueron decisivos en la supervivencia de la Iglesia tras la reforma protestante y todavía siguen siendo la orden religiosa masculina más importante.
En el epílogo de su biografía sobre el fundador San Ignacio de Loyola, el pensador Ludwig Marcuse escribía hace unos decenios que "convirtió el viejo sueño humano de vivir una vida digna y justa en una meta de combate".
Corrobora el especial empeño de la Compañía de Jesús del siglo XXI por combinar la evangelización y la lucha por la justicia social, como si de una única misión se tratara, opinaba Borja Vivanco, un alumno de la Universidad jesuita vasca de Deusto, en el diario 'El Correo'.

"Quienes hoy en día resuelven oponerse a que la Compañía de Jesús se incorpore a todos los lugares o actividades, por muy profanas que parezcan, en donde esté en juego la defensa de los excluidos sociales, quizá se merezcan escuchar –aunque sea en otro idioma– lo que ya aclaró un Pontífice en el siglo XVIII: Sint ut sunt aut non sint –Sean como son o no sean–", prosigue en su defensa.
En todo caso, el derrumbe en el volumen de vocaciones de la Compañía de Jesús en las últimas décadas, no ofrecerá facilidades para la conservación de su labor centenaria, y menos aún para emprender nuevas actividades.
Pero quien se deslice hacia el pesimismo podrá encontrar otra vez consuelo y consejo en el maestro Ignacio de Loyola: "Debemos trabajar como si todo dependiera de nosotros y nada de Dios, y confiar los resultados a Dios como si todo dependiera de Él y nada de nosotros".
Estuvieron prohibidos por la misma Iglesia Católica durante 40 años entre los siglos XVII y XVIII; han sufrido no pocas persecuciones y envidias dentro y fuera de la Iglesia; apostaron, y perdieron, en los años sesenta por la teología de la liberación y la acción revolucionaria en el Tercer Mundo contra el orden capitalista vigente; Wojtyla los ha sometido a un fuerte proceso de control. Están esperando, con la paciencia adquirida en siglos y la obediencia debida, el final de este papado...