sábado, marzo 28, 2009

El Amor a Uno Mísmo


Jorge BUCAY

Si yo no pienso en mí, quién lo hará.
Si pienso sólo en mí, quién soy.
Si no es ahora, cuándo.

(del Talmud)

Autoestima y egoísmo son tomados generalmente como términos antagónicos, aunque ambos comparten un significado muy emparentado: la idea de quererse, valorarse, reconocerse y ocuparse de sí mismo. Cuenta una vieja historia que había una vez un señor muy poco inteligente al que siempre se le perdía todo. Un día alguien le dijo: -Para que no se te pierdan las cosas, lo que tenés que hacer es anotar donde las dejás. Esa noche, al momento de acostarse, agarró un papelito y pensó: "Para que no se me pierdan las cosas..." Se sacó la camisa, la puso en el perchero, agarró un lápiz y anotó: "la camisa en el perchero". Se sacó el pantalón, lo puso a los pies de la cama y anotó: "el pantalón a los pies de la cama"; se sacó lo zapatos y anotó: "los zapatos debajo de la cama"; y se sacó las medias y anotó: "las medias dentro de los zapatos debajo de la cama". A la mañana siguiente, cuando se levantó, buscó las medias donde había anotado que las dejó, y se las puso, los zapatos donde estaban anotados, los encontró y se los puso; lo mismo sucedió con la camisa y el pantalón. Y entonces se preguntó: -"¿Y yo dónde estoy?" Se buscó en la lista una y otra vez y, como no se vio anotado, nunca más se encontró a sí mismo.

A veces nos parecemos mucho a este señor estúpido. Sabemos dónde está cada cosa y cada persona que queremos, pero muchas veces no sabemos dónde estamos nosotros. Nos hemos olvidado de nuestro lugar en el mundo. Podemos rápidamente ubicar el lugar de los demás, el lugar que los demás tienen en nuestra vida, y a veces hasta podemos definir el lugar que nosotros tenemos en la vida de otros, pero nos olvidamos de cuál es el lugar que nosotros tenemos en nuestra propia vida. Nos gusta enunciar que no podríamos vivir sin algunos seres queridos. Yo propongo hacer nuestra la irónica frase con la que sintetizo mi real vínculo conmigo: No puedo vivir sin mí. La primera cosa que se nos ocurre hacer con alguien que queremos es cuidado, ocuparnos de él, escucharlo, procurarle las cosas que le gustan, ocuparnos de que disfrute de la vida y regalarle lo que más quiere en el mundo, llevarlo a los lugares que más le agradan, facilitarle las cosas que le dan trabajo, ofrecerle comodidad y comprensión. Cuando el otro nos quiere, hace exactamente lo mismo. Ahora, me pregunto: ¿Por qué no hacer estas cosas con nosotros mismos? Sería bueno que yo me cuidara, que me escuchara, que me ocupara de darme algunos gustos, de hacerme las cosas más fáciles, de regalarme las cosas que me gustan, de buscar mi comodidad en los lugares donde estoy, de comprarme la ropa que quiero, de escucharme y comprenderme. En definitivas: Tratarme como trato a los que más quiero.

Pero, claro, si mi manera de demostrar mi amor es quedarme a merced del otro, compartir las peores cosas juntos y ofrecerle mi vida en sacrificio, seguramente, mi manera de relacionarme conmigo será complicarme la vida desde que me levanto hasta que me acuesto. El mundo actual golpea a nuestra puerta para avisamos que este modelo que cargaba mi abuela (la vida es nacer, sufrir y morir) no sólo es mentira, sino que además está malintencionado (les hace el juego a algunos comerciantes de almas). He hablado mucho del tema en estos años y gran parte de estos conceptos están ya publicados en mi libro De la autoestima al egoísmo, al que te remito para no repetir. Si hay alguien que debería estar conmigo todo el tiempo, ese alguien soy yo. Y para poder estar conmigo debo empezar por aceptarme tal como soy. Y no quiere decir que renuncie a cambiar a través del tiempo. Quiere decir replantear la postura. Porque frente a alguna característica de mí que no me guste hay siempre dos caminos para resolver el problema. El primero, el más común, es la solución clásica: intentar cambiar. El segundo camino, el que propongo, es dejar de detestar esa característica y como única actitud, permitir que, por sí misma, esa condición se modifique. Incluso para cambiar algo el camino realmente comienza cuando dejo de oponerme. Nunca voy a adelgazar si no acepto que estoy gordo.

El ejemplo que siempre pongo es una historia real que me tiene como protagonista: Yo suelo ser bastante distraído. Cuando tenía mi primer consultorio, muy frecuentemente me olvidaba las llaves. Entonces cuando llegaba a la puerta me daba cuenta que me había olvidado el llavero en mi casa. Esto generaba un problema, porque tenía que ir al cerrajero, pedirle que me abriera, hacer un duplicado de la llave, etc. Era toda una historia. La tercera vez que me pasó decidí, furioso, que no podía pasarme más. Así que puse un cartelito en el parabrisas del auto que decía: "llaves". Me subía al auto, veía el cartelito, entraba de nuevo a mi casa y me llevaba las llaves.

Funcionó bárbaro las primeras cuatro semanas, hasta que me acostumbré al cartelito. Cuando te acostumbrás al cartelito ya no lo ves más. Un día me olvidé las llaves otra vez, así que le pedí a mi esposa que me hiciera acordar de las llaves. Todas las mañanas ella me decía: ¿Llevás las llaves? Pero el día que ella se olvidó, yo me olvidé y, por supuesto, le eché la culpa a ella, pero igual tuve que pagar el cerrajero. Un día me di cuenta de que, indudablemente, no había manera; que yo era un despistado y que de vez en cuando me iba a olvidar las llaves. Por lo tanto, hice una cosa muy distinta a todas las anteriores: Hice varias copias de las llaves y le di una al portero, una al heladero de la esquina (que era amigo mío), otra a una colega que tenía el consultorio a cinco cuadras, enganché una con las llaves del auto y me quedé con una suelta. Tenía cinco copias rondando por ahí. Este relato no tendría nada de gracioso si no fuera porque, a partir de ese día nunca más me olvidé las llaves. Todavía hoy el portero del departamento de la calle Serrano, cuando me ve, me dice: «No sé para qué me dio esta llave si nunca la usó». La teoría paradojal del cambio dice que solamente se puede cambiar algo cuando uno deja de pelearse con eso. Y si mi relación conmigo me condiciona tanto por dejar de vivir, forzándome a ser diferente, imaginemos cómo condiciona mi relación con los demás el creer que ellos tienen que cambiar. Uno de los aprendizajes a hacer en el camino del encuentro es justamente la aceptación del otro tal como es. Y eso sólo es posible si antes aprendí a aceptarme. Enojarse con el otro por cómo es significa que, para que yo pueda quererlo, tiene que ser como yo quiero que sea. Si tu amiga es impuntual y la esperás una hora cada vez que te citás con ella, no te enojes. ¿Quién te obliga a esperarla? Cuando yo espero a alguien que es usualmente impuntual, la razón de mi espera es porque elijo esperarlo y no porque él llegó tarde. ¿Debo hacer responsable al otro de mis propias decisiones? Mi esposa y yo decidimos hacer nuestra ceremonia de casamiento a un horario inusual: la hora que realmente anunciaba la invitación.

Esperamos quince minutos. Más de la mitad de la gente nunca llegó, o mejor dicho, llegaron mucho después y se quedaron como media hora en la puerta pensando que nosotros todavía no habíamos llegado cuando, en realidad, ya nos habíamos ido. Son estilos, maneras de plantear las cosas. Cada uno espera cuanto quiere esperar. Tu concepto de la puntualidad es tuyo y yo no lo comparto. No tenés que ser como yo, pero no me pidas que sea como vos. Ser adulto significa hacerse responsable de la vida que uno lleva, saber que las cosas que uno vive en gran medida las vive porque se ocupa de que así sea y, a partir de allí, animarme a quererme incondicionalmente, por egoísta que parezca.