8 jul. 2009

Del Budísmo a las Neurociencias


Del budismo a las Neurociencias
Tenzyn Gyatso, el XIV Dalai Lama, ha dicho que su interés por las ciencias se inició hace muchos años, cuando era un niño en el Tíbet (país otrora independiente invadido y destruido inmisericordemente por China, sin que ningún país interviniera, hasta hoy, en defensa de aquella nación). En la actualidad, se declara un entusiasta seguidor de las neurociencias y no pierde ocasión para estar al tanto de los avances que el entendimiento científico va alcanzando respecto de la forma cómo funcionan los organismos biológicos, especialmente el cerebro y el cuerpo humanos. En una publicación reciente señala que no sólo ha buscado “aprehender ideas científicas específicas, sino que he intentado explorar las amplias implicaciones de los nuevos avances en el conocimiento humano y el poder originado por la tecnología mediante las ciencias. Las áreas específicas que he explorado con mayor dedicación a lo largo de los años, son la física subatómica, la cosmología, la biología y la psicología” Es interesante comprender cómo una autoridad religiosa de la talla moral del Dalai Lama y con la influencia creciente que adquiere en el mundo, sobre todo después de obtener el Premio Nobel, no se refugia en los dogmas y creencias propias de su religión, sino que busca, investiga, compara y obtiene de ello consecuencias prácticas, porque, según sus propias palabras, el budismo que es una religión altamente contemplativa, es también eminentemente práctica, llena de ejercicios y actividades específicas. Desde ese punto de vista comparte con la ciencia una metodología empírica que, aunque nacida de intenciones diversas, se unifican en la importancia de reconocer las complejas interrelaciones que provocan en las cosas las relaciones de causa-efecto y el rol de la investigación. En efecto, para el budismo tibetano verdadero (no el de superchería y última moda), las fuentes del conocimiento son, en orden de importancia: la experiencia, la razón y sólo en tercer lugar, el testimonio ajeno. Debido a ello y con gran consecuencia, S.S. ha dicho: “…a menudo he enfatizado a los budistas como yo que las conclusiones empíricamente verificadas de la cosmología y astronomía modernas, deben impulsarnos a modificar, o incluso en algunos casos a rechazar, muchos aspectos de la cosmología tradicional tal como aparece en los textos budistas”. Si consideramos que el principal interés del budismo es la búsqueda por evitar el sufrimiento humano, la orientación primordial de toda investigación budista es la comprensión de los procesos que se desencadenan en la mente humana y que afectan a la vida de las personas provocándoles dolor y sufrimiento. El supuesto que subyace, por lo tanto en la investigación budista de la mente humana es que “obteniendo mayores conocimientos acerca de la psiquis, podríamos encontrar formas de transformar nuestros pensamientos, emociones y sus propensiones subyacentes de forma que pudiera ser encontrada una forma más sana y satisfactoria de comportamiento”. Por todo lo anterior, no es de extrañar que un intercambio de conocimientos y técnicas entre el budismo y las neurociencias, cada uno respetando al otro, puede ser de gran impacto y beneficio para la humanidad y su salud física y mental. Seguramente por ello la Sociedad de Neurociencias de los Estados Unidos, entidad de gran reputación científica, lo invitó a su conferencia anual el pasado 12 de noviembre, causando gran revuelo entre sus miembros menos tolerantes. Su exitosa presentación, la solidez de sus argumentos la humildad de su postura (en que se reconoce deudor de notables científicos como Carl von Wenzsacker, David Bohm, Robert Livingstone y nuestro inolvidable Francisco Varela), lo hacen ser un personaje más que calificado para hablar del diálogo entre ciencia y religión de manera creíble, exitosa y práctica.