28 ene. 2015

La Dieta del Miedo.

Escrito por Brad Hunter (Publicado en la Revista "El Planeta Urbano" -Edición Julio)

No hay ningún aspecto de conciencia, en toda la Creación, que sea como usted. Cada ser humano es único, todos somos igualmente especiales ocupando un rol específico e irrepetible. Pero en lugar de estar alegres y orgullosos de esta experiencia personal, hemos permitido que nuestra singularidad se convierta en algo a temer. La sociedad actual ha impuesto la dieta del miedo porque logró despersonalizar la evolución.

Perdemos el precioso tiempo que deberíamos utilizar para mejorar nuestro modelo evolutivo en ir detrás de un mejor modelo de automóvil. Se ha creado una sociedad en la que todo tiene etiqueta y uno mismo debe ser etiquetado. La sociedad nos impone un rol y pensamos que nosotros “somos” esos roles. Está entonces quien asume el rol de corredor de bolsa y menosprecia al que trabaja de barrendero, cuando en otro aspecto de la evolución esos roles pueden estar invertidos.

Alguien que, por lo que decide en las bolsas de valores, gana millones abusando del planeta o a costa de la pobreza de otra parte de la humanidad es considerado exitoso. Mientras otros que protegen el medio ambiente y luchan por ayudar son considerados una amenaza, y quizá un fracaso, si no producen algo para mantener el sistema. Esta actitud de juzgarnos unos a otros por nuestros roles sistémicos es ignorar y negar quiénes somos. Somos un espíritu conciente evolucionando en un camino eterno hacia la comprensión de la existencia, del conocimiento y entendimiento de nuestro verdadero rol en la Creación, pero hemos sido animados a olvidarlo mediante la implantación de una dieta del miedo. No impusieron la idea del miedo a quedar excluidos. ¿Excluidos de qué?, si estamos en un mismo escenario.

Henos aquí como parte constitutiva de una realidad que es en sí misma un campo unificado, un holograma creado y conectado por la conciencia universal de la que formamos parte. Cada ser humano es un aspecto dual de la existencia que es, al mismo tiempo, individual y componente indivisible de un todo. Un Todo Consciente que permite que en el instante en que creamos nuestras expresiones a través de pensamientos, deseos, intensiones, expresiones, etcétera, estas ya se encuentran en el lugar de destino para ser respondidas instantáneamente como un espejo que refleja la imagen de todo lo que capta. Es por ello que el principio de causa y efecto nos enseña que el universo “reflejará como pedido todo aquello que consciente o inconscientemente usted le pida”. Las implicaciones de este principio son importantes y profundas. ¿Por qué? Por razones que no todos los seres humanos son conscientes de aquello que emiten como pedido para sus vidas.

El miedo como principio creador de aquello que no queremos
El mundo cuántico es como la escena de un crimen. Cualquier película policial nos enseña que el asesino puede ser identificado a partir de los rastros que deja. La matriz que conforma la realidad a niveles cuánticos es igual: todo lo que sucede en nuestras vidas –nos guste o no– será consecuencia de los rastros emocionales, de pensamiento y demás expresiones que dejaron su huella en el tejido conectivo que crea el escenario de la realidad. ¿Cuál es el inconveniente en este aspecto? Que existe una mayoría de personas cuyas vidas se encuentran dominadas por sus miedos. Como partes constitutivas de un conjunto, si estas personas logran el estatus de “masa crítica”, constituirán un porcentaje necesario para influenciar al campo de conciencia común a la especie humana, creando miedo al conjunto. ¿Qué significa esto? Si la población de un país es de 300 millones, el uno por ciento serían tres millones, y la raíz cuadrada de tres millones es 1.732. Por lo que se necesitarían 1.732 personas temerosas para lograr un efecto de miedo en toda la población. ¿Alguna vez no sintió miedo sin saber por qué? La culpa la tienen los temerarios.

El miedo y el efecto rebaño
Somos nosotros mismos quienes nos hemos permitido convertirnos en un rebaño que vive con miedo a la inseguridad, a lo que informan los medios, a la inoperancia de los sistemas, a no llegar a cumplir los ideales, etcétera. Una vez que cedemos a esa mentalidad podemos ser controlados y dirigidos por lo que piensa una pequeña minoría y, por ende, reforzamos y amplificamos su efecto. ¿Qué materializaremos como consecuencia? Aquello que no queremos, pero sí tememos. Contradictorio, pero muy efectivo para quienes desean que así sea.

Existe un viejo que dicho que asegura que un buen pastor, para mantener a su rebaño en orden, sólo necesita un perro que muestre los dientes. De la misma manera nos consume el miedo y nos convertimos en productores de realidades que son el reflejo del estado colectivo en que nos encontramos. En cuanto nuestras respuestas de miedo son activadas, este estado adrenalínico crea adicción y, como a víctimas de un vicio, nos somete a la repetición. Necesitamos de la adrenalina que infunde el miedo para poder funcionar en el sistema y sentirnos vivos. Cuando un puñado de pastores al mando del rebaño (el uno por ciento del sistema) tiene control de la educación, el sistema monetario, la política y los medios de comunicación, las personas se encargarán de multiplicar emocional, expresiva y actitudinalmente aquello que le ha sido implantado. Estos mensajes no son diseñados para informar, sino para dirigir, condicionar, dividir y reinar.

El miedo, aquel viejo condicionador que alimenta el “no puedo”
Hemos creado colectivamente la realidad del miedo, que no es real sino un estado de inseguridad motivado por el instinto de supervivencia. Pero por vivir dominados por los miedos, no vivimos, sobrevivimos. Somos alimentados con una dieta mental de miedo diseñada para disminuir nuestro sentido de libertad, seguridad e identidad, con la finalidad de cerrar nuestra conciencia hasta que se vuelva un reflejo de todo lo que quiere el sistema. La oveja se acostumbra tanto al rebaño que, cuando la sueltan, vuelve a la seguridad que este le ofrece. A quien se le pregunte si desea ser libre dirá que sí, pero lo más seguro es que cuando lo sea no sabrá vivir en libertad. Mientras se sueña, la realidad es aquello con lo que se sueña. ¿Pero es real? La realidad no es necesariamente aquello que se ve. Como en el diálogo de Morpheo a Neo en Matrix, tenemos que entender que muchas personas no están listas para que las desconecten. Y muchos están tan habituados a las reglas del juego y dependen tan desesperadamente del sistema que pelearán para protegerlo.

Desconectados del ser
El miedo nos desconecta de la proyección y la expansión del ser. Limita a los seres humanos a un mundo material de tridimensión, manteniéndonos ciegos a otras dimensiones paralelas en las que también nos proyectamos, en las cuales rigen leyes cuánticas que sin nuestro conocimiento, dominan nuestras vidas y crean la materialidad en la que pensamos y que nos hallamos presos.

Estamos ayudando a crear una ilusión, y si no estamos dispuestos a cambiar las reglas de juego es porque no creemos en aquello que nos ofrece una solución o, en el peor de los casos, por el hábito a esta propia agenda de confort.

Como dijo alguna vez un miembro del poder, el miedo sigue siendo un efectivo sistema de control, porque crea la preocupación que impide el “ocuparse” y de esta forma se delega el poder y la responsabilidad de emprender el camino a la verdad. Del miedo a lo desconocido nace la creencia y cuando se “cree” no se conoce. La existencia se vuelve un acto de fe. El miedo y la mentira ofrecen comodidades, estabilidades y despreocupación.

Desenmascarar al miedo y la mentira es un acto trágico para la felicidad del ignorante, que prefiere no enfrentar el desmoronamiento de lo que creía verdadero e inamovible. Este mundo es sólo un reflejo de la manifestación de conciencia humana. Si todos proyectáramos una energía de amor por el otro, y la de confiar más allá del miedo, este mundo comenzaría a transformarse. Creamos este mundo con nuestros pensamientos. Si cambiamos los pensamientos, cambiamos el mundo. No más miedo. El miedo es el refugio de quien se niega a sí mismo.

Por Brad Hunter (Planeta Urbano-Edición Julio)
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