6 abr. 2015

Los secretos del Cerebro.

Carl Zimmer
Extracto de la edición de febrero de la revista National Geographic.

Van Wedeen se acaricia la barba al tiempo que se inclina hacia el monitor de su computadora para revisar una cascada de archivos. Estamos sentados en una biblioteca, rodeados de cajas manchadas llenas de cartas viejas, artículos de revistas científicas y un viejo proyector de diapositivas que nadie se ha tomado la molestia de tirar a la basura. "Me tomará un momento localizar su cerebro", dice.

En un disco duro, Wedeen ha almacenado cientos de cerebros: imágenes en 3D exquisitamente detalladas de monos, ratas y seres humanos, yo incluido. Wedeen se ofreció a llevarme a hacer un recorrido por mi propia cabeza.

"Tocaremos todos los lugares turísticos", prometió sonriendo.
Este es mi segundo viaje al Centro Martinos de Imagenología Biomédica, en Boston. La primera vez, hace unas cuantas semanas, me ofrecí como conejillo de Indias neurocientífico para Wedeen y sus colegas.

En una sala de exploración me acosté sobre una plancha, con la parte de atrás de la cabeza apoyada sobre una caja de plástico abierta. Un radiólogo bajó un casco de plástico blanco sobre mi cara. Lo miraba por dos agujeros para los ojos mientras ajustaba firmemente el casco, de modo que las 96 antenas miniatura que contenía estuvieran suficientemente cerca de mi cerebro para que captaran las ondas de radio que yo estaba a punto de emitir. Mientras la plancha se deslizaba dentro de la abertura cilíndrica del escáner pensé en El hombre de la máscara de hierro.

Los imanes, que ahora me rodeaban, empezaron a emitir sonidos y pitidos. Durante una hora estuve acostado, inmóvil, con los ojos cerrados y tratando de mantenerme en calma. No fue fácil. El aparato tenía espacio apenas suficiente para que cupiera una persona de mi constitución. Para contrarrestar el pánico, respiraba suavemente y me transportaba a lugares de mi memoria; recordé cómo había caminado a la escuela con mi hija en medio de montones de nieve.

Mientras yacía ahí, reflexioné en el hecho de que todos esos pensamientos y emociones eran creación del pedazo de tejido de 1.4 kilogramos que estaba bajo escrutinio; mi miedo, transportado por impulsos eléctricos que convergen en un trozo de tejido en forma de almendra de mi cerebro, llamado amígdala, y la respuesta para calmarlo se organizaban y activaban en regiones de mi corteza frontal. El recuerdo de la caminata con mi hija fue coordinado por un pliegue de neuronas con forma de caballito de mar llamado hipocampo, que reactivó una vasta red de enlaces por todo mi cerebro, la cual se había disparado por primera vez cuando trepé por los bancos de nieve y formé esos recuerdos.

Me estaba sometiendo a este procedimiento como parte de mi reportaje sobre una de las grandes revoluciones científicas de nuestro tiempo: los impresionantes avances en la comprensión del funcionamiento del cerebro humano. Algunos neurocientíficos se enfocan en la estructura fina de las células nerviosas individuales o neuronas. Otros grafican la bioquímica del cerebro, estudiando cómo nuestros miles de millones de neuronas producen y emplean miles de tipos distintos de proteínas. Otros más, Wedeen entre ellos, crean representaciones a detalle sin precedentes de las conexiones cerebrales: la red de unos 160?000 kilómetros de fibras nerviosas, llamadas materia blanca, que conectan los diversos componentes de la mente, dando origen a todo lo que pensamos, sentimos y percibimos.

Mientras observan el cerebro en acción, los neurocientíficos también pueden ver sus fallas. Están empezando a identificar las diferencias entre la estructura de cerebros normales y la de cerebros de personas con trastornos como esquizofrenia, autismo y la enfermedad de Alzheimer. Mientras trazan el mapa del cerebro con mayor detalle, pueden aprender cómo diagnosticar trastornos por su efecto en la anatomía, y quizá entender cómo surgen.

Los científicos están aprendiendo tanto hoy día acerca del cerebro que es fácil olvidar que durante gran parte de la historia no teníamos idea de cómo funcionaba o incluso de lo que era. En el mundo antiguo, los médicos creían que el cerebro estaba hecho de flema. Aristóteles lo veía como un refrigerador que enfriaba el corazón ardiente. Desde su tiempo y a lo largo del Renacimiento, los anatomistas declaraban que nuestros razonamientos, percepciones, emociones y acciones eran todos el resultado de "espíritus animales": vapores misteriosos incognoscibles que daban vueltas por cavidades de nuestra cabeza y viajaban por nuestros cuerpos.