16 may. 2015

Estoy Dormido

JEANNE DE SALZMANN

El verdadero Yo viene de la esencia. Su desarrollo depende del anhelo de la esencia. Es un querer ser. Y después un querer ser capaz de ser. La esencia está formada por las impresiones asimiladas en la infancia hasta los cinco o seis años, cuando se produce una ruptura entre la esencia y la personalidad. Para continuar su desarrollo, la esencia debe volverse activa a pesar de los obstáculos provenientes de la presión ejercida sobre ella por la personalidad.

Necesitamos el recuerdo de sí para que la esencia pueda recibir las impresiones. Sólo en un estado consciente se puede apreciar la diferencia entre la esencia y la personalidad. Por lo común las impresiones son recibidas de forma mecánica. La personalidad reacciona con pensamientos y emociones que dependen de su condicionamiento. Esas reacciones son automáticas y las impresiones no son transformadas porque una personalidad como ésa está muerta. Para ser transformadas, las impresiones deben ser recibidas por la esencia. Eso requiere un esfuerzo consciente en el momento de
su recepción. Eso requiere un sentimiento definido, un sentimiento de amor por el ser, por estar presente. Es el Hidrógeno 12, que de otra forma no está presente en nosotros, en el lugar donde entran las impresiones.

Hay que responder a las impresiones, no desde el punto de vista de la personalidad, sino desde el punto de vista del amor por estar presente. Eso transformará nuestra forma de pensar y de sentir.
La primera necesidad es tener una impresión de mí mismo. Comienza por un choque cuando surge la pregunta sobre mí mismo. Por un instante hay una pausa que permite que mi atención cambie de dirección.
Regresa hacia mí y entonces la pregunta me toca. Esa energía trae una vibración como si en mí resonara una nota, un sonido que hasta ahora no vibraba. Es muy tenue, muy fino, pero, sin embargo, se comunica conmigo. Lo siento. Es una impresión que recibo. Todas nuestras posibilidades están allí. Si voy a abrirme a la experiencia de Presencia, eso depende de la manera en la cual recibo la impresión.

Uno no comprende suficientemente el momento de ese choque, de la recepción de la impresión y por qué es tan importante. Uno no ve la necesidad de verse en la vida, porque el choque de la impresión nos arrastra. Si no hay nadie en el momento en que la impresión es recibida, reacciono automática, ciega, pasivamente, y me pierdo. Me niego totalmente a aceptar la impresión que tengo de mí mismo, tal como estoy en ese momento. Al pensar, al reaccionar, al interponerme a la recepción de esa impresión, me cierro. Me imagino lo que soy.
No conozco la realidad. Soy prisionero de esa imaginación, de la mentira de ese falso yo. Habitualmente busco despertarme por la fuerza, pero no lo logro. Puedo y debo aprender a despertarme, a abrirme conscientemente a la impresión de mi mismo y a ver lo que soy en el momento mismo. Será un choque para despertarse, un choque traído por la impresión que recibo. Eso me pide una libertad de estar en movimiento y de no interrumpirlo.

Para tener el deseo de estar presente, debo darme cuenta de que no estoy allí, de que estoy dormido. Debo comprender que estoy encerrado en un círculo de pequeños intereses, de avidez, en el cual mi yo está perdido. Y seguirá perdido si no puedo relacionarme con algo superior. La primera condición es conocer en mí una calidad diferente, por encima de lo que soy ordinariamente. Entonces mi vida podrá cobrar un sentido nuevo. Sin esa condición no puede haber trabajo. Debo recordar la existencia de otra vida y al mismo tiempo conocer la vida que llevo. Eso es despertar. Despierto a estas dos realidades.

Debo comprender que por mí mismo, sin una relación con algo más alto, no soy nada, no puedo nada. Por mí mismo sólo puedo estar perdido en ese círculo de intereses; no tengo ninguna cualidad que me permita escapar de él. Para eso tendría que sentir mi absoluta nulidad y empezar a sentir la necesidad de ayuda. Debo experimentar la necesidad de relacionarme con algo superior, de abrirme a otra calidad.