3 jun. 2015

"El ayuno del Corazón" - Un cuento Taoísta del libro de Chuang-Tzú

El libro de Chuang Tzu, no sólo es una de las cumbres de la literatura universal, sino también un libro clave para comprender y profundizar en la fecunda perspectiva de la realidad que ofrece el taoísmo, una perspectiva que es más bien todo lo contrario, una anulación de todos los puntos de vista posibles. Para Octavio Paz, Chuang Tzu “no sólo es un filósofo notable sino un gran poeta, el maestro de la paradoja y del humor, puentes colgantes entre el concepto y la iluminación sin palabras”.
El libro fue redactado a mediados del siglo IV antes de Cristo, en una época convulsa y activa en lo político, lo intelectual y lo artístico. Suele suponerse que los primeras partes de la obra, con 33 capítulos de extensión, pertenecen al propio Chuang-Tzu, pero que el resto son recopilaciones de anécdotas de la vida del propio autor o bien invenciones y variaciones incorporadas por sus seguidores. El libro es un variado compendio de poemas, reflexiones, cuentos, diálogos y chascarrillos. En ellas aparecen todo tipo de personajes, en ocasiones el propio Chuang-Tzu o Confucio, a veces para ser criticado y otras como prototipo del sabio, tal y como sucede en e l relato que presentamos en esta entrada: “Ayuno de Corazón”. El sabio en el Taoísmo, nos recuerda de nuevo Octavio Paz, “es aquel que está en relación -en contacto, en el sentido directo del término- con los poderes naturales. El sabio obra milagros porque es un ser en estado natural y sólo la naturaleza es hacedora de milagros.”

La versión de Thomas Merton
Para el monje y escritor cristiano Thomas Merton, “la totalidad de las enseñanzas, el “camino” contenido en estas anécdotas, poemas y meditaciones, son características de cierta mentalidad que aparece por doquier en el mundo, un cierto gusto por la simplicidad, por la humildad, la autodifuminación, el silencio y, en general, la negativa a tomar en serio la agresividad, la ambición, el empuje y la prepotencia que debe uno exhibir para funcionar dentro de la sociedad. Este otro es un “camino” que prefiere no llegar a ninguna parte en el mundo, ni siquiera en el terreno de algún logro supuestamente espiritual”. Merton estudió durante años el manuscrito anotando márgenes, practicando y reflexionando cuanto encontraba en él. Conocidos le sugirieron publicar fragmentos de su personal versión de la obra. Si bien, como él mismo reconocía en el prólogo, apenas conocía uso cuantos caracteres chinos, siguiendo el consejo de tales amigos, se decidió a compartir su visión personal de la obra en un libro titulado “El camino de Chuang-Tzu”. De dicho libro extraemos la siguiente narración.

Ayuno del Corazón
Yen Hui, el discípulo favorito de Confucio, apareció para despedirse de su Maestro.
-“¿Dónde vas?”, preguntó Confucio.
-“Voy a Wei.”
-“¿Y para qué?”
-“He oído que el príncipe de Wei es un individuo autoritario, sensual y totalmente egoísta. No se preocupa en absoluto de su gente y se niega a admitir cuaquier defecto en su persona. No presta la más mínima atención al hecho de que sus súbditos mueren por doquier. Todo el campo está lleno de cadáveres como heno en un prado. El pueblo está desesperado. Pero yo le he oído decir, Maestro, que se debe abandonar el estado bien gobernado e ir al que esté sumido en el desorden. A las puertas del médico hay abundantes enfermos. Deseo aprovechar esta oportunidad para poner en práctica lo que he aprendido de usted y ver si puedo lograr alguna mejora de las condiciones de aquel lugar.”
-“¡Ay!”, dijo Confucio, “no te das cuenta de lo que haces. Atraerás el desastre sobre tu cabeza. El Tao no necesita de tus anhelos y sólo lograrás desperdiciar tus energías con tus mal encaminados esfuerzos. Al desperdiciar tus energías, te encontrarás confuso y después ansioso. Una vez que te invada la ansiedad, ya no serás capaz de ayudarte a ti mismo. Los antiguos sabios empezaban por buscar el Tao en ellos mismos, después miraban a ver si encontraban en los demás algo que se correspondiera al Tao, tal como ellos lo conocían. Pero si tú mismo no tienes el Tao, ¿qué ganas tú desperdiciando el tiempo en vanos esfuerzos por llevar al camino correcto a unos políticos corruptos?…No obstante, supongo que has de tener alguna base para tus esperanzas de éxito. ¿Cómo te propones conseguirlo?”
Yen Hui respondió:
-“Pretendo presentarme como un hombre humilde y desinteresado, que sólo busca hacer lo que está bien y nada más: un planteamiento sencillo y honesto. ¿Ganaré con esto su confianza”
-“Por supuesto que no”, replicó Confucio. “Ese hombre está convencido de que sólo él está en lo cierto. Podrá fingir ante el público que se toma interés en un patrón objetivo de justica, pero no te dejes engañar por ello. Él no está acostumbrado a que nadie se le oponga. Su método es confirmarse a sí mismo que está en lo cierto pisoteando al resto de la gente. Si esto lo hace con hombres mediocres, con más seguridad aún lo hará con alguien que representa una amenaza para él al afirmar que es un hombre de grandes cualidades. Él se aferrará tozudamente a su método.
Podrá fingir que está interesado en tus palabras acerca de lo que es objetivamente bueno, pero en su interior no te oirá y no lograrás cambio alguno. No llegarás a ninguna parte de esta manera.”
Yen Hui dijo entonces:
-“Muy bien. En lugar de oponerme a él directamente, mantendré mis propios valores interiormente, pero exteriormente fingiré ceder. Apelaré a la autoridad de la tradición y a los ejemplos del pasado. Aquel que interiormente se niega a aceptar compromisos es tan hijo del Cielo como cualquier gobernante. No me apoyaré en ninguna enseñanza propia y, por tanto, no tendré preocupación alguna sobre si se aprueba mi conducta o no. Finalmente seré aceptado como una persona desinteresada y sincera. Todos llegarán a apreciar mi candor y así seré un instrumento del Cielo en medio de ellos.
De esta manera, cediendo obedientemente ante el príncipe como hacen otros hombres, inclinándome, arrodillándome, postrándome como cualquier sirviente debe hacer, seré aceptado como limpio de culpa. Así, otros tendrán confianza en mí y gradualmente empezarán a usarme, viendo que tan sólo deseo hacerme útil y trabajar para el bien de todos. Seré así un instrumento de los hombres. Mientras tanto, todo lo que tenga que decir será expresado en términos de la antigua tradición. Trabajaré con la sagrada tradición de los sabios de la antigüedad. Aunque lo que diga pueda ser objetivamente una condena de la conducta del príncipe, no seré yo el que la pronuncie, sino la propia tradición. De esta forma, seré perfectamente honesto sin ser ofensivo. Así, seré un instrumento de la tradición. ¿Cree usted que es ésta la forma correcta de abordar la cuestión?”
-“Desde luego que no”, dijo Confucio. “¡Tienes demasiados planes de acción, mientras que ni siquiera has conocido al príncipe u observado su carácter! En el mejor de los casos, tal vez puedas librarte y salvar tu pellejo, pero no conseguirás cambiar absolutamente nada. Tal vez él se adapte superficialmente a tus palabras, pero no existirá un cambio real en su actitud.”
Yen Hui dijo entonces:
-”Está bien, esto es todo lo que se me ocurre. ¿Querría usted, Maestro, decirme qué sugiere?”
-“¡Debes ayunar!”, dijo Confucio. “¿Sabes a qué me refiero cuando hablo de ayunar? No es fácil. Pero los caminos fáciles no provienen de Dios.”
-“¡Oh!”, dijo Yen Hui. “¡Estoy acostumbrado al ayuno! En casa éramos pobres. Pasábamos meses sin ver carne o vino. Eso es ayuno, ¿no es así?”
-“Bueno, puedes llamarlo ‘observar un ayuno’, si quieres”, dijo Confucio, “pero no, es el ayuno del corazón.”
-“Dígame”, dijo Yen Hui. “¿Qué es el ayuno de corazón?”
Confucio respondió:
-“El objetivo del ayuno es la unidad interior. Esto significa oír, pero no con los oídos; oír, pero no con el entendimiento; oír con el espíritu, con todo tu ser. Oír sólo con los oídos es una cosa, oír con el entendimiento es otra. Pero oír con el espíritu no se ve limitado a una facultad u otra, al oído o a la mente. Por tanto, exige el vacío de todas las facultades. Y cuando las facultades quedan vacías, la totalidad del ser escucha. Se da entonces una captación directa de aquello que está frente a ti y que no puede ser escuchado con el oído o comprendido por la mente. El ayuno del corazón vacía las facultades, te libera de las limitaciones y de las preocupaciones. El ayuno del corazón da a luz la unidad y la libertad.”
-“Ya veo”, dijo Yen Hui. “Lo que obstruía mi camino era mi propia conciencia de mí mismo. Si consigo empezar el ayuno del corazón, esta conciencia de mi mismo desaparecerá. ¡Entonces me veré libre de limitaciones y preocupaciones!¿Es eso lo que quiere decir?”
-“Sí”, dijo Confucio, “¡eso es! Si eres capaz de hacerlo, quedarás capacitado para ir al mundo de los hombres sin afectarlos. No entrarás en conflicto con su propia imagen ideal de sí mismos. Si están dispuestos a escuchar, cántales una canción. Si no, mantente en silencio. No intentes echar abajo sus puertas. No pruebes nuevas medicinas con ellos. Limítate a estar entre ellos, porque no tienes otra misión que ser uno de ellos. ¡Entonces podrás tener éxito!
Es fácil mantenerse quieto y no dejar rastro, pero es difícil andar sin tocar la tierra. Si sigues los métodos humanos, podrás engañar y aun salir bien librado. En el camino del Tao, el engaño es imposible. Sabes que se puede volar con alas; aún no has aprendido a volar sin ellas. Estás familiarizado con la sabiduría de aquellos que saben, pero aún no conoces la sabiduría de aquellos que no saben. Observa esta ventana: no es más que un agujero en la pared, pero gracias a ella todo el cuarto está lleno de luz. Así, cuando las facultades están vacías, el corazón se llena de luz. Al estar lleno de luz, se convierte en una influencia por medio de la cual los demás se ven secretamente transformados.”

NOTAS
El relato y los textos citados en esta obra pertenecen a dos libros:
- Thomas Merton. El camino de Chuang Tzu. Editorial Lumen, Argentina, 2005.
– Octavio Paz. Chuang-Tzu. Editorial Siruela. Colección Biblioteca de Ensayo. Madrid. 2000.