1 dic. 2008

Locura Aparente y Sabiduría Oculta


RENE GUENON



Al final del precedente capítulo, hacíamos alusión a algunas maneras de actuar más o menos extraordinarias que pueden proceder, según los casos, de razones muy diferentes; es verdad que, de una manera general, implican siempre que la acción exterior se considera de manera muy diferente a como lo es por la mayoría de los hombres, y que, a esa acción, tomada en sí misma, no se le da la importancia que se le atribuye comúnmente; pero a este respecto hay que hacer muchas distinciones. Debemos precisar primeramente que el desapego de la acción, del que hablábamos a propósito del «no-actuar», es ante todo una perfecta indiferencia en lo que concierne a los resultados que pueden obtenerse de ella, puesto que esos resultados, cualesquiera que sean, no afectan ya realmente al ser que ha llegado al centro de la «rueda cósmica». Además, es evidente que un tal ser jamás actuará por necesidad de actuar, y que, por otra parte, si debe actuar por un motivo cualquiera, no sin plena consciencia de que esa acción no es más que una simple apariencia contingente, ilusoria como tal para su propio punto de vista (no decimos, bien entendido, para el punto de vista de los demás seres que son testigos de ella), no la cumplirá forzosamente de una manera que difiera exteriormente de la de los demás hombres, a menos de que haya para eso también motivos particulares en algunos casos determinados. Se comprenderá sin esfuerzo que eso es algo totalmente diferente de la actitud de los quietistas y de otros místicos más o menos «irregulares», que, pretendiendo tratar la acción como algo desdeñable (mientras que, sin embargo, están muy lejos de haber llegado al punto desde donde la acción aparece como puramente ilusoria), encuentran en eso sobre todo un pretexto para hacer indistintamente no importa el qué, siguiendo los impulsos de la parte instintiva o «subconsciente» de su ser, lo que, evidentemente, corre el riesgo de ocasionar toda suerte de abusos, de desordenes o de desviaciones, y lo que, en todo caso, tiene al menos el grave peligro de dejar a las posibilidades inferiores desarrollarse libremente y sin control, en lugar de hacer para dominarlas un esfuerzo que sería por lo demás incompatible con la extrema pasividad que caracteriza a los místicos de este género.

También puede uno preguntarse hasta qué punto la indiferencia que se proclama en parecido caso es real (y, ¿puede serlo verdaderamente para quienquiera que no ha llegado al centro y se ha liberado efectivamente por eso mismo de todas las contingencias «periféricas»?), ya que se ve a veces a estos mismos místicos librarse a extravagancias perfectamente queridas: es así como los quietistas propiamente dichos, los de finales del siglo XVII, habían formado entre ellos una asociación llamada de la «Santa Infancia», en la cual se aplicaban a imitar todas las maneras de actuar y de hablar de los niños. En su intención estaba poner en práctica tan literalmente como fuera posible el precepto evangélico de «devenir como niños»; pero eso es verdaderamente la «letra que mata», y uno puede sorprenderse de que un hombre tal como Fenelón no haya repugnado prestarse a una tal parodia, ya que apenas es posible calificar de otro modo esa imitación exterior de los niños por adultos, que tiene inevitablemente un carácter artificial y forzado, y por consiguiente algo de caricatura. En todo caso, esa simulación, ya que en suma no era otra cosa, apenas concordaba con la concepción quietista según la cual el ser debe tener su consciencia en cierto modo separada de la acción, y por tanto no debe aplicarse nunca a cumplir ésta de una manera antes que de otra. Por lo demás, con eso no queremos decir que una cierta simulación, aunque sea la de la locura (y la de la infancia no está tan alejada de ella después de todo en cuanto a las apariencias), no pueda estar justificada a veces, incluso en los simples místicos; pero esta justificación no es posible más que a condición de colocarse en un punto de vista completamente diferente del punto de vista del quietismo. Pensamos aquí concretamente en algunos casos que se encuentran bastante frecuentemente en las formas orientales del cristianismo (donde por lo demás, es bueno anotarlo, el misticismo mismo no tiene exactamente la misma significación que en su forma occidental): en efecto, «la hagiografía oriental conoce vías de santificación extrañas e insólitas, como la de los “locos en Cristo”, que cometen actos extravagantes para ocultar sus dones espirituales a los ojos del entorno bajo la apariencia horrible de la locura, o más bien para liberarse de los lazos de este mundo en su expresión más íntima y más molesta para el espíritu, la de nuestro “yo social”» . Se concibe que esa apariencia de locura sea efectivamente un medio, aunque no sea quizás el único, de escapar a toda curiosidad indiscreta, tanto como a toda obligación social difícilmente compatible con el desarrollo espiritual; pero importa destacar que se trata entonces de una actitud tomada frente al mundo exterior y que constituye una especie de «defensa» contra éste, y no, como en el caso de los quietistas de los que hablábamos hace un momento, de un medio que deba conducir por sí mismo a la adquisición de algunos estados interiores. Es menester agregar que una tal simulación es bastante peligrosa ya que puede fácilmente desembocar poco a poco en una locura real, sobre todo en el místico que, por definición misma, jamás es enteramente dueño de sus estados; por lo demás, entre la simulación pura y simple y la locura propiamente dicha, puede haber múltiples grados de desequilibrio más o menos acentuado, y todo desequilibrio es necesariamente un obstáculo, que, mientras subsiste, se opone al desarrollo armonioso y completo de las posibilidades superiores del ser.
Esto nos lleva a considerar otro caso, que puede parecer exteriormente bastante comparable a ese, aunque sin embargo, en el fondo, sea muy diferente de él bajo varios aspectos: es el caso de lo que, en el Islam, se llama los majâdhîb; éstos se presentan en efecto bajo un aspecto extravagante que recuerda mucho el de los «locos en Cristo» que acabamos de mencionar, pero aquí ya no se trata de simulación, ni tampoco de misticismo, aunque, ciertamente, sea de misticismo la ilusión que puede dar más fácilmente a un observador del exterior. El majdhûb pertenece normalmente a una tarîqah, y, por consiguiente, ha seguido una vía iniciática, al menos en sus primeros estadios, lo que, como hemos dicho frecuentemente, es incompatible con el misticismo; pero, en un cierto momento, se ha ejercido sobre él, por el lado espiritual, una «atracción» (jadhb, de donde el nombre de majdhûb), que, a falta de una preparación adecuada y de una actitud suficientemente «activa», ha provocado un desequilibrio y como una «excisión», se podría decir, entre los diferentes elementos de su ser. La parte superior, en lugar de llevar con ella a la parte inferior y de hacerla participar en la medida de lo posible en su propio desarrollo, se desvincula al contrario de ella y la deja por así decir atrás ; y de eso no puede resultar más que una realización fragmentaria y más o menos desordenada. En efecto, bajo el punto de vista de la realización completa y normal, ninguno de los elementos del ser es verdaderamente desdeñable, ni siquiera aquellos que, perteneciendo a un orden inferior, deben considerarse por eso mismo como no teniendo sino una menor realidad (pero no como no teniendo ninguna realidad); es menester saber siempre mantener cada cosa en el lugar que le conviene en la jerarquía de los grados de la existencia; y eso es igualmente verdad para la acción exterior, que no es en suma más que la actividad propia de algunos de esos elementos. Pero, a falta de ser capaz de «unificar» su ser, el majdhûb «pierde pie» y deviene como «fuera de sí mismo»; es por el hecho de que no es ya dueño de sus estados, pero solo por eso, por lo que es comparable al místico; y, aunque no sea en realidad ni un loco ni un simulador (y esta última palabra no debe tomarse aquí forzosamente en un sentido desfavorable, como se habrá podido comprender ya por lo que precede), no obstante presenta frecuentemente las apariencias de la locura . En lo que concierne a la vía iniciática, hay en eso una desviación incontestable, como la hay también, aunque de un género algo diferente, en los productores de «fenómenos» más o menos extraordinarios como se encuentran concretamente en la India; y, además de que unos y otros tienen en común que su desarrollo espiritual no puede llegar jamás a su perfección, veremos en un momento que hay todavía otra razón para aproximar estos dos casos.

Lo que acabamos de decir se aplica naturalmente a los verdaderos majadhîb; pero, al lado de éstos, puede haber también falsos majadhîb, que toman voluntariamente sus apariencias sin serlo realmente; y es aquí sobre todo donde hay lugar a aportar la mayor atención para observar las distinciones esenciales, ya que esta simulación misma puede ser de dos tipos completamente contrarios. Hay en efecto, por un lado, los simuladores vulgares, que se podrían llamar también los «falsarios», que encuentran ventajoso hacerse pasar por majadhîb para llevar una existencia en cierto modo «parasitaria»; esos, evidentemente, no tienen el menor interés y no son en suma más que simples mendigos que, lo mismo que los falsos enfermos u otros simuladores de ese género, hacen prueba de una cierta habilidad especial en el ejercicio de su oficio. Pero, por otro lado, ocurre también que, por razones diversas, y ante todo para pasar desapercibido y no dejar ver al gentío lo que es realmente, un hombre que ha alcanzado un alto grado de desarrollo espiritual se disimule entre los majadhîb; e inclusive un walî, en sus relaciones con el mundo exterior (relaciones cuya naturaleza y motivos escapan necesariamente a la apreciación de los hombres ordinarios), puede también revestir a veces la apariencia de un majdhûb. Por lo demás, salvo en lo que concierne a la intención de permanecer oculto que se encuentra de una parte y de otra, este caso no podría compararse al de los «locos en Cristo», que no han alcanzado un tal grado y que no son más que místicos de un género particular; no hay que decir que los peligros que señalábamos a este propósito no existen aquí de ningún modo, puesto que se trata de seres cuyo estado real no puede ser ya afectado por esas manifestaciones exteriores.

Nos es menester ahora destacar que la misma cosa tiene lugar también para los productores de «fenómenos» a los cuales hacíamos alusión más atrás; y esto nos conduce directamente al caso de los «juglares», cuyas maneras de actuar han servido tan frecuentemente de «disfraz», en todas las formas tradicionales, a iniciados de alto rango, sobre todo cuando tenían que desempeñar en el exterior alguna «misión» especial. Por juglar, en efecto, es menester no entender únicamente una especie de «prestidigitador», según la acepción muy restringida que los modernos han dado a esta palabra; desde el punto de vista en que nos colocamos aquí, el hombre que exhibe los «fenómenos» de orden psíquico más auténticos entra exactamente en la misma categoría, ya que en realidad, el juglar es aquel que divierte al gentío haciendo cosas bizarras, o incluso simplemente afectando maneras extravagantes . Es así como se entendía en la Edad Media, donde al juglar se le identificaba por eso en cierto modo con el bufón; y, por lo demás, se sabe que al bufón también se le llamaba «loco», aunque no lo fuera realmente, lo que muestra el lazo bastante estrecho que existe entre los diversos casos que acabamos de mencionar. Si se agrega a eso que el juglar, así como el majdhûb, es habitualmente un «errante», es fácil comprender las ventajas que ofrece su papel cuando se trata de escapar a la atención de los profanos o de desviarla de lo que conviene dejarles ignorar, ya sea por razones de simple oportunidad, ya sea por otras razones de un orden mucho más profundo . En efecto, la locura es en definitiva una de las máscaras más impenetrables con las que la sabiduría pueda cubrirse, por eso mismo de que es su extremo opuesto; por eso es por lo que, en el taoísmo, los «Inmortales» mismos son siempre descritos, cuando se manifiestan en nuestro mundo, bajo un aspecto más o menos extravagante e incluso ridículo, y que, por añadidura, no está exento de una cierta «vulgaridad»; pero este último rasgo se refiere todavía a otro lado de la cuestión.

Traducción Pedro Rodea