sábado, noviembre 29, 2008

El Símbolo Iniciático de la Catedral de Metz



Dr. Carlos Raitzin
(Publicado en RENACER, Nos. 12 a 16, 1988 y en ATMA JNANA, Nos. 8 y 9, 1993. Corregido y ampliado en diciembre de 1999)


El mundo moderno ha perdido en gran medida el sentido del símbolo como camino privilegiado para elevarse al conocimiento metafísico a partir de lo visible y tangible. Hay en esta función del símbolo algo así como una inducción trascendental pues, obrando como catalizadores en nuestra mente, los símbolos hacen que percibamos las verdades inteligibles por medio de su reflejo sensible como decía Platón y repetía el seudo-Dionisio. Si aspiramos en realidad a hallar la verdad en nosotros mismos el símbolo se torna insustituible. Sin tal llave maestra no podremos remontarnos a las cumbres del espíritu por el espíritu mismo, en aquellas remotas regiones adonde la mente racional librada a sus fuerzas no alcanza ni puede operar.
René Guénon señalaba con justeza que la ley hermética de correspondencia es el fundamento de todo simbolismo. Es en virtud de ella que cada cosa, procediendo esencialmente de un principio metafísico del que deriva toda su realidad, traduce y expresa ese principio a su manera y según su orden y modo de existencia , de tal modo que, uniendo tales diferentes órdenes, todas las cosas se encadenan y corresponden para concurrir a la armonía universal y total.

No es fácil dar una definición completamente satisfactoria de la palabra "símbolo", la que etimológicamente alude a dos mitades que se han hecho para unirse. Aquí, naturalmente, las mitades son el símbolo sensible y la representación mental de determinado hecho, el que puede ser espiritual, intelectual o material.

Dante Alighieri en sus obras, especiamente en "Il Convivio", efectúa una atinada clasificación de los símbolos (la que ha sido posteriormente retomada por Auber y otros autores). El gran iniciado gibelino agrupa los símbolos en cuatro categorías fundamentales: a) los literales, b) los analógicos, c) los tropológicos y d) los anagógicos. Queda claro que aquí nos ocuparemos preferentemente de las dos últimas categorías, usando a menudo también de las analogías. Es menester aclarar brevemente que los símbolos literales se refieren a los mensajes escritos en una lengua o código conocido. Caen en esta categoría por ejemplo los textos en cualquier idioma, las fórmulas matemáticas y las codificaciones de cualquier tipo, por ejemplo los programas de computadora.

Lo analógico tiene por tema una asociación abstracta figurada que asocia cualidades y/o entes de órdenes distintos de la realidad o de la ficción. Tal por ejemplo el cuerno simbolizando la abundancia, la diosa Minerva representando a la Sabiduría, Hércules la fuerza, Juno el poder, Mercurio y su caduceo el comercio, un gallo la vigilancia, un pavo real la soberbia y así siguiendo.
El simbolismo ético o tropológico se refiere a la moral como guía de vida y norma de conducta lo que supone cambios de proceder por parte nuestra.

Por último el simbolismo anagógico (de "ana"en griego: hacia lo alto ) implica trascendencia en cuanto pasar de lo visible y sensible -propio del orden material y cotidiano de la existencia- a lo invisible en el orden metafísico y espiritual.

Con estos prolegómenos necesarios ya estamos en condiciones de emprender nuestro largo camino de hoy. Nuestro tema es el simbolismo iniciático que los constructores de antaño legaron a la posteridad al construir la catedral de Metz en Francia. Con estas páginas dedicadas a la Catedral de Metz les rendimos nuestro homenaje a los Maestros Constructores, los Hermanos Operativos del pasado que nos legaron los templos y monumentos de la antiguedad y las catedrales medievales.

Grande y admirable era la sabiduría de tales constructores en el orden iniciático y tradicional. Por tal razón su mensaje cifrado en los relieves de la catedral mencionada trasciente totalmente lo meramente confesional y dogmático -propio del nivel exotérico de conocimiento- para entrar de lleno en conocimientos esotéricos de orden metafísico. Estos, por su naturaleza misma, no pueden reducirse a ningún sectarismo pues hacen de lleno a posibilidades superiores del ser humano que exceden en mucho el orden normal que todos conocemos. A través de las edades ha fluido este conocimiento de origen verdaderamente suprahumano hasta nuestros días, pasando por los Santuarios de la India y de Egipto sin que se alterara jamás su contenido prístino de la más alta sabiduría. Solo los más aptos y calificados fueron sus depositarios a lo largo de milenios. Y ahora nos llegan estos símbolos con toda la frescura y belleza que los siglos no pudieron arrebatarles pues su mensaje no es de Asia o Europa , ni de ayer o de hoy sino eterno y universal.

El tema que nos ocupa es de tan cautivante interés que el eminente esoterista y egiptólogo Dr. Christian Jacq les dedicó a los símbolos de Metz un libro entero. Pero las interpretaciones de Jacq, si bien por momentos rayan a gran altura, adolecen por cierto de serias fallas comenzando por su unilateralidad. El orden en que Jacq presenta los símbolos es erróneo pues se ha basado en consideraciones puramente tropológicas. Estas son necesarias pero lo esencial se halla en un nivel más alto que este autor desconoce casi por completo.

Estos hechos nos han movido a retomar desde la base misma toda la cuestión para remediar algunas serias omisiones y presentar los símbolos en el orden correcto. Además C. Jacq, por su formación, se apoya grandemente en las formas tradicionales egipcias pero descuida notoriamente otras, en particular las hindúes. Quien escribe, respetuoso de la obra ajena, había mantenido en la primera versión de este trabajo el orden original de Jacq. Pero surgieron razones poderosas que me obligaron a una revisión drástica para retornar plenamente al espíritu de la Tradición Iniciática. Es curioso que ninguno de los muchos lectores de la primera versión de mi trabajo que me hicieron llegar sus observaciones objetó en modo alguno el orden de presentación de los símbolos. Tampoco lo hizo un individuo sin escrúpulos que se basó en mi trabajo para dar varios cursillos sobre el tema sin mencionar las fuentes. Ahora deberá desandar lo andado, pensar y rectificarse. Esto suponiendo que encuentre la honradez que antes tanto le faltó. Se le aplica sin duda (y como a todos los seres humanos) aquel antiguo apotegma esotérico:
"EN CADA MOMENTO CADA SER HUMANO ESTA DANDO LA NOTA MAS ALTA QUE PUEDE DAR".

Lamento haberme equivocado antes siguiendo a Jacq pero peor sería perseverar en el error y quedar apartado así de la Tradición Esotérica...

Hoy, partiendo de las tinieblas del mundo exterior y profano, recorreremos treinta y tres etapas o grados de simbolismo iniciático, los que deben necesariamente conducirnos a través de la comprensión, a mayores sabiduría, plenitud y armonía interiores. Podremos así tener al menos una guía para el arduo proceso que suponen las fases de la Gran Obra de la transmutación interna.

Los símbolos que nos legaron los constructores de catedrales de antaño reverberarán en nuestra conciencia , dejando reflejos inmarcesibles que serán nuestra posesión permanente y que luego tendremos el deber de transmitir. Pero cuidado: no podremos saltar etapas pues las siguientes se tornarán inaccesibles. Deberemos aprender a deletrear primero y luego a leer en las páginas de un libro de piedra, una por una, con amor y esmero. Y este esfuerzo acarreará ricas recompensas pues, como bien afirmaban los constructores medievales,


"EL QUE HACE SE HACE"".

Nos aguarda un camino de sabiduría. No todos podrán completarlo y deberán aguardar su momento... Como profanos nos acercamos al templo (literalmente pro-fanum: quien se halla frente al lugar sagrado). Una transformación profunda puede operarse hoy en nosotros si estamos preparados para ello. De no estarlo, todo lo que se diga hoy aquí serán, como afirma "El Kybalion", palabras y solo palabras.
El primer gran paso es desear la iniciación. Quien posea este deseo no tarda en descubrir la vía justa y perfecta y en recorrerla. Se produce así la gran y eterna síntesis que los hindúes expresan como
GNANA-ICCHA-KRIYA
(Conocimiento- Deseo y devoción-Acción).

Esto nos conduce a la acción perfecta que nos acerca a la meta, libres de egoísmo y purificados por la ofrenda de nuestros esfuerzos. Luego retornaremos sobre este punto esencial.

Nuestro viaje iniciático está a punto de comenzar. Nos acercamos al pilar central en la catedral y descubrimos algo que impone reflexiones severas sobre nosotros mismos. Son siete relieves que representan las descalificaciones, los obstáculos para la iniciación. Son las siete primeras puertas que deberemos intentar pasar con valor y resolución. Quien crea que estas siete puertas estan selladas y son infranqueables no logrará por cierto atraversarlas y, lo que es más grave, no podrá seguir adelante...

Son siete etapas o Grados. Siete es el número de la vida en su aspecto más secreto y misterioso pero tambien es el que torna a nuestra existencia justa y perfecta pues representa precisamente a la perfección y a la victoria. Simboliza a la unión del espíritu con la materia, la que así enfrenta con éxito a todos los obstáculos.