12 ene. 2010

Enfadarse sin Herir


Juan Antonio Currado

Frustración y enojo: Dos caras de la misma moneda.

Siempre que hay enojo, hay un deseo o necesidad no satisfecha.
En el relato, quien llego puntual esperaba satisfacer su necesidad de que la otra persona estuviese a la hora acordada. Cuando la otra persona llega media hora tarde, se frustra por no lograr satisfacer su necesidad. Paso seguido: se enoja.
Al enojamos nos inunda una energía o fuerza adicional. A nivel orgánico se corresponde con la mayor segregación de adrenalina y de noradrenalina; el corazón late más rápido, aumenta la presión sanguínea y la mayor afluencia de sangre en músculos y brazos nos dispone para la acción física inmediata. Esta hiperactividad o plus de energía, es una fuerza extra que disponemos para reforzar las acciones destinadas a la autoafirmación y a obtener lo que necesitamos. En tal sentido el enojo no es un fin en si mismo, es una herramienta para resolver el problema.

“Yo nunca me enojo, pero cuando me enojo…”
Es común escuchar a quienes dicen no enojarse casi nunca; pero cuando lo hacen, se enfurecen de tal manera que parecen enceguecer.
Lo que les ocurre no es que casi nunca se enojan, sino que no lo registran adecuadamente o se aguantan la exteriorización de todos los pequeños enojos. Así resulta que la manifestación del enojo, queda supeditada solamente a dos opciones: todo o nada.
Si existiera alguna escala que de 0 a 10 midiese la magnitud de esta emoción, encontraríamos que generalmente estas personas no expresan el enojo hasta que éste no exceda de la puntuación entre 8 o 9. Pasada esa marca, la carga adicional de energía se hace cada vez más inaguantable, entonces los sobrepasa y estallan en una ira indiscriminada. Este estallido muchas veces es desproporcionado en relación a la situación que lo detonó; es la “gota que desborda el vaso” y el típico “pase de viejas facturas”.
El enojo que vamos “tragando” nos transforma en “bombas de tiempo”. Cuando explotamos en ira, la onda expansiva va hacia adentro de nosotros o hacia afuera. Si va hacia dentro, estamos enojados con nosotros mismos, por lo que nos maltratamos de varias maneras. Cuando va hacia afuera, descargamos (de formas sutiles o concretas) la energía del enojo contra quien consideramos culpable de nuestra frustración.
Nuestro personaje del relato inicial, en vez de aprovechar la energía del enojo en arbitrar lo adecuado para satisfacer su necesidad, la utiliza para agraviar y herir verbalmente. Por un lado lo descalifica (¡irresponsable… irrespetuoso... desconsiderado!) y por otro lado se toma revancha (¡voy a llegar a cualquier hora y a disfrutar dejándote plantado!). Apela al antiguo “ojo por ojo”, cual expresa la intención de lastimar al otro, por lo menos, tanto como él me lastimo a mi.

Golpe por golpe

Si la energía del enojo deja de ser un medio para satisfacer mi frustración y se convierte en un arma con la cual atacar y derrotar el oponente, entonces lo importante ya no será resolver el problema, sino ganar la pelea.
Cuando el objetivo es someter al otro, y si las dos partes hacen lo mismo, no pasará mucho tiempo para que el otro encuentre la oportunidad de replicar el golpe. Así se crea el clima de batalla propicio para iniciar una escalada de agresión en la cual ambos terminan heridos.
Esta acción no solo deja a las dos partes lastimadas, sino que a demás, deja sin satisfacer lo que estoy necesitando. Por lo tanto: sigo frustrado.

Qué hacer cuando me enojo

En principio resulta útil estar atento a los pequeños enojos. Es más fácil accionar antes de que estos aumenten su intensidad. Además que, como todo aprendizaje, es mejor empezar a ejercitarnos con situaciones más sencillas, en ves de comenzar con las mas complejas y extremas.
Vimos que junto a la emoción del enojo se produce una tensión muscular adicional. Es importante que la acción de descarga corporal quede diferenciada e independizada del impulso a castigar o al de hacer sufrir. Así que, como primer paso, es saludable aprender a descomprimir esa especie de “olla a presión” sin agraviar al otro. Hay quienes se descargan moviéndose físicamente (caminando, corriendo, saltando, etc.); están los que prefieren contar hasta diez… e ir calmándose de a poco; o aquellos que optan por hacer alguna relajación o meditación. Hay muchas formas de liberar la tensión acumulada, cada uno puede elegir la que más le sirva.
La descarga fisiológica, no es para que una vez tranquilos dejemos pasar la situación que produjo el enojo, es para que una vez calmados y relajados estemos en mejores condiciones de dilucidar y resolver el problema.
El paso siguiente, sería expresarle claramente al otro lo que a mi me pasa con lo que él hace.
Otra vez recurriendo al relato inicial, la persona enojada podría decirle: “Cuando quedamos en encontrarnos a una hora y no venís puntualmente, yo me enojo mucho con vos; me pongo nervioso pensando que se me complica todo lo que tengo que hacer después; y a demás siento que no sirve de nada que corra para llegar a horario” Esto se puede decir en tono y con gesto de enojo, no hace falta ocultarlo tras una vos y sonrisa “angelical”.
El decir lo que a mí me pasa tiene varios beneficios: Es una manera de reconocer y autoafirmar lo que estoy vivenciando; resulta ser otra forma de descarga físico-emocional. Pero además, al informárselo desecho la suposición de que el otro debería saber por sí mismo lo que a mí me pasa. Cuando únicamente le digo como yo me siento, sin atacarlo ni enjuiciarlo, estoy aportando mi parte para evitar el inicio de una escalada de agresiones.
Por último, puedo decirle a la otra persona que es lo que yo necesito de él y hacerle una propuesta para que corrija lo que hizo y, en la medida de lo posible, que no vuelva a repetirse. Volviendo al ejemplo del relato sería: “Te propongo que veamos la forma para que, de aquí en mas, aseguremos que llegaras puntualmente”

Si la otra persona acepta mi propuesta, habremos enriquecido la relación porque ambos supimos resolver el problema. Y cuanto más vivenciemos esta nueva experiencia, la asociación: enojo = pelea, será cada vez más una precaria creencia.

El que yo cambie, no obliga a cambiar al otro

En toda relación, es muy posible que si cambia una de las partes algún efecto de cambió se produzca en la otra. Pero no hay garantías de que esto ocurra. Al igual que yo no estoy obligado a hacer lo que el otro espera de mí, la otra parte tampoco esta obligada a hacer lo que yo espero de ella.
Puede ocurrir que, a pesar de haber expresado muy correctamente mi enojo, el otro siga sin hacer lo que yo necesito. En tal caso seguiré sin obtener lo que espero y no cesará la frustración. Si por ejemplo me enojo porque necesito agua y la persona de quien espero el vaso con agua no me lo da, seguiré frustrado y con sed. En tal caso, puede haber desencuentro (inclusive separación), pero por no haber peleas ni heridas que curar, estaré en mejores condiciones de conseguir en otro lado el agua que necesito.

Aprendamos juntos

Quien más, quien menos, nos guste o no, todos experimentamos enojo. De hecho, es una de las reacciones más antiguas que disponemos.
En lo albores de nuestra humanidad, se requería de la fuerza muscular para asegurar la satisfacción de muchas necesidades, por ejemplo la confrontación física ante la amenaza del espacio territorial. A pesar de que en nuestra vida moderna ya no se requiere de la fuerza física para satisfacer la mayoría de nuestras cotidianas frustraciones, nuestro cuerpo sigue brindándonos los mismos recursos del pasado para que obtengamos a la fuerza lo que esperamos.

Es nuestra tarea individual y colectiva el continuar evolucionando. Cuando alguien no hace lo que esperamos, o si algo no sucede tal como lo necesitamos, ojalá que estos no sean motivos para justificar batallas, sino que sean oportunidades para seguir aprendiendo a satisfacer lo que deseamos… pero sin herir a nadie… porque el daño no es un ingrediente necesario en la receta.