
Autor: Pablo Villarrubia Mauso
¿Alguien ha podido viajar al interior de la Tierra? La ciencia descarta que existan ciudades y seres inteligentes viviendo bajo la corteza terrestre.
No obstante, antiguas tradiciones y leyendas en varias partes del planeta dan cuenta de la existencia de lugares subterráneos, donde los geólogos dicen que no puede haber más que rocas y metales en estado de fusión. Desde el mítico reino perdido de Agartha, hasta las cuevas habitadas por una civilización desarrollada –hace miles de años– en la selva de los Tayos (Ecuador), no han sido pocos los buscadores de esos inframundos, creyentes en su realidad física.
Pero menos conocido que Agartha o Tayos son las civilizaciones que presuntamente viven bajo el suelo de la enigmática sierra del Roncador, en el Estado de Mato Grosso, en pleno corazón del Brasil amazónico. Allí, en aquellas montañas inexploradas, un hombre dijo haber logrado –hace más de treinta años– entrar en contacto con pueblos espiritual y materialmente muy desarrollados.
Su nombre era Udo Óscar Luckner, un sueco de origen bávaro que llegó a Brasil en los años 60 atraído por la desaparición del coronel británico Percy Fawcett en 1925, en las proximidades del Roncador. Fue en algún punto –jamás revelado por él y sus seguidores– al norte de la ciudad de Barra do Garças, por donde Luckner accedió a lo más profundo de la Tierra.
En los años ochenta del pasado siglo cayó en mis manos un libro titulado Mistérios do Roncador, escrito por el místico sueco. Su historia me pareció en principio tan inverosímil que no volví a ojearlo hasta hace pocos meses.
Se me había presentado la oportunidad de viajar hasta Barra do Garças, invitado a un congreso ufológico por los investigadores Mónica Porto y Athaíde Ferreira. En aquel momento se me abrió la posibilidad de saber quiénes estuvieron cerca de Luckner, fallecido en 1986 a los 63 años de edad. La belleza paradisíaca del lugar, una tranquila ciudad cortada por uno de los mayores ríos del mundo, el Araguaia; las cascadas, aguas termales y vegetación exuberante habían, seguramente, ejercido fuerte atracción sobre Luckner, hasta el punto de que allí se estableciera como hacendado hasta su muerte.
Antes fundó el “Monasterio Teúrgico del Roncador”, donde impartía los conocimientos traspasados por los seres intraterrestres. Vestido con una larga túnica blanca y un tocado como si de un mago celta se tratase, Luckner y sus seguidores se desplazaban por ríos, montañas y lagos para llegar a las “embocaduras”, entradas al mundo subterráneo, donde permitían que sus maestros espirituales los guiaran hacia el interior de la Tierra.
He viajado por la sierra del Roncador y he visto impresionantes formaciones geológicas, montañas como la del Ermitaño, donde Luckner y los miembros de su orden realizaron meditaciones. El majestuoso río Araguaia se impone en la región como una gigantesca lengua de agua rodeada de espesa vegetación, desplazando su “cauce energético” para los iniciados. Lo cierto es que en la zona se respira un aire distinto a otros lugares que he visitado.
El físico y místico estadounidense J. J. Hurtak también considera que bajo el Roncador vive una civilización subterránea, conectada con la antigua Atlántida, Lemuria, y el continente perdido de Mu. Durante las jornadas del congreso me presentaron a una señora menuda, de ojos azules, pelo corto, de habla serena y gestos afables. Era Teresa de Jesús Ferreira Luckner, la viuda del místico sueco y continuadora de su obra, plasmada en varios libros.
En las próximas líneas voy a recoger algunas de nuestras conversaciones, y el increíble viaje al mundo subterráneo del Roncador…
La entrada secreta
“En aquellos años, a mediados de los sesenta, mi marido y yo iniciamos varios viajes hacia la cordillera de los Andes. Allí tuvimos la oportunidad de conocer muchos sitios sagrados mientras que los amautas o sacerdotes andinos iniciaron a Luckner en los conocimientos espirituales ancestrales.
De vuelta a Brasil, partimos desde Rio de Janeiro hasta Barra do Garças y otras regiones del centro del país”, comentaba Teresa de Jesús frente a un globo terráqueo que permitía ver en su interior las distintas capas geológicas y el “cálido” núcleo. Con la sabiduría transmitida por los amautas, guiado por su intuición, Luckner se lanzó en solitario a explorar la región del Roncador situada entre Barra do Garças y Araés. El día 12 de marzo de 1968 se topó con un enorme paredón pétreo, a cuyos pies se extiende la laguna sagrada de los indios xavantes.
Éste presentaba una apertura que se hundía en el suelo… “Udo, que era muy decidido, bajó y descubrió que la enorme brecha se alargaba cada vez más por una suerte de escalones aparentemente labrados en la roca. Muy a lo lejos divisaba una luz difusa y oía una melodía indescriptible. La luminosidad parecía irradiar de las mismas paredes subterráneas”, recordaba Teresa.
Cuando el explorador sueco procuró saciar su sed en un arroyo con su vaso de aluminio, una mano le arrebató el recipiente. Era el sacerdote Jeth, que le había iniciado en los Andes peruanos algunos años atrás. Le devolvió el vaso lleno de un líquido de color verdoso que aplacó, completamente, la sed del viajero. Asombrado, Udo Óscar Luckner siguió a Jeth por la cueva hasta que arribaron a un salón cuadrado, cuyas paredes parecían hechas de plata sin brillo.
En una de las mismas se abrió una puerta de bronce que condujo a un enorme recinto, todo decorado con dibujos de extraños seres que, según Jeth, eran los guardianes del mundo subterráneo, gracias a una energía poderosísima llamada Vril. Luckner calculó sus dimensiones: aproximadamente cien metros de largo por unos cuarenta de ancho. Sobre su bóveda se veían siete discos; cada uno despedía siete rayos coloridos. Al fondo del salón, sobre la pared y entre dos ramas de olivo, se dibujaba un gran ojo sin párpados: el “Ojo Vigilante”. A lo largo de la estancia, a cada lado, había una fila de columnas recubiertas por un material luminoso.
Jeth, el sacerdote, con un toque de mano sobre una piedra puntiaguda, abrió la puerta hacia un túnel descendente horadado en la roca. A unos 200 metros de distancia entraron en una sala redonda de la cual salían catorce túneles. Bajaron por uno de los pasadizos montados en un vehículo y viajaron durante dos horas hasta llegar a una verdadera ciudad subterránea. “Observé que estaba construída en círculos y de su centro, a modo de rayos, partían las calles comerciales. Había avenidas circulares externas, ornamentadas con plantas.
También gente caminando por las calles y avenidas. Estas criaturas tenían 1,80 m de altura. Sus cabellos eran rubios y su tez rosada”, describía Luckner en su obra Misterios do Roncador. El sacerdote y el iniciado encontraron a un hombre de cabellos blancos, vestido con una especie de mono pegado al cuerpo y una capa azul celeste sobre los hombros. Dijo a Luckner –en perfecto portugués– que su pueblo solía visitar a los terrícolas “llevándoles fórmulas esenciales para facilitar su vida en la superficie… la depravación de los terrícolas nos disuadieron de visitarlos”