martes, octubre 18, 2022

Un Viaje por la Parapsicología

El primer investigador psíquico del que se tiene noticia debió ser un soberano del siglo VI a. de C., Creso de Lidia, quien deseando escoger el mejor oráculo entre los conocidos en Grecia y Egipto, envió emisarios a todos ellos con el encargo de formular una sola pregunta simultánea:

"¿Qué hace en estos momentos Creso, hijo de Aliates?" Al rey se le ocurrió algo teóricamente imposible de adivinar, pues descuartizando un cordero y una tortuga, los introdujo en un caldero y en el momento concertado con sus embajadores, se puso a guisarlos. La pitonisa de Delfos, interpretando el oráculo de Apolo, realizó la asombrosa hazaña de responder correctamente. Como es de suponer, creso no dispuso su investigación con fines científicos. Estaba convencido de los poderes sobrenaturales de los sacerdotes que interpretaban los oráculos, y simplemente deseaba averiguar quién era el mejor para beneficiarse de sus consejos. Escogió bien, pues los actos clarividentes y pre cognitivos de la pitonisa de Delfos se harían legendarios. No obstante, como Creso descubriría para su desgracia, la ambigüedad del oráculo disminuía su utilidad en las cuestiones del gobierno. Cuando el monarca quiso saber si su próxima campaña sería victoriosa, la sacerdotisa anunció que aquélla acarrearía la destrucción de un gran ejército. El rey se lanzó con entusiasmo a una nueva guerra, sin sospechar que el "gran ejercito predestinado era el propio.

Mientras los pueblos aceptaron lo sobrenatural como un elemento más de la vida, la investigación psíquica no tuvo oportunidad de dar un solo paso adelante. Las mismas obras de Shakespeare demuestran la vigencia de tal convicción en su época, pues en ellas el drama suele girar en torno al mundo sobrenatural y sus pobladores como ocurre por ejemplo en Sueño de una noche de verano, donde se mezclan con los mortales y acaban por tejer una tupida red de complicaciones románticas. El público de Shakespeare aceptaba en su significado literal a las brujas de Macbeth y al espectro de Hamlet Los espectadores de hoy, en cambio, aun admitiéndolos en el contexto de la obra dramática, tienden a considerarlos como residuos de épocas dominadas por las supersticiones. El parapsicólogo. habituado a estudiar tipos de percepción insólitos, podrá disentir de esta opinión y plantear cuestiones inconcebibles para un isabelino. El "¡ Salve, Macbeth, que más tarde serás rey !.' con que las tres brujas reciben al héroe, ¿es una precognición, o tal vez están captando telepáticamente la secreta ambición del personaje?. Cuando el espectro del padre de Hamlet relata las circunstancias de su muerte, ¿estamos ante un atisbo alucinante del pasado, por parte del príncipe? Estas incógnitas coinciden con algunos aspectos de interés para la moderna investigación psíquica. En realidad, ésta no ha suprimido el componente místico del universo; antes bien, ha centrado su atención en un conjunto de misterios -los mentales- distinto del que cautivó a nuestros antepasados.

Primeros estudios Parapsicológicos...

Los estudios parapsicológicos sólo pudieron iniciarse cuando se dieron dos circunstancias simultáneas: una sociedad escéptica en cuanto a lo sobrenatural y un grupo de científicos sacrificados e inteligentes, interesados en descubrir las limitaciones de este escepticismo. Estas condiciones se cumplieron a mediados del siglo XIX, pues aunque el anterior también estuvo dominado por actitudes contrarias a lo sobrenatural, no produjo en cambio las personas idóneas para tal empresa, acaso por ser muy reciente la implantación del racionalismo como supremo principio del conocimiento. Pocos enciclopedistas se hubieran arriesgado al ridículo, examinando seriamente las creencias de sus supersticiosos antepasados. Cuando la razón como ideal cedió ante el empuje del romanticismo, con su insistencia en lo subjetivo, se dieron las condiciones para el nacimiento de la investigación psíquica.

Shelley, destacadísima figura del período romántico, tuvo muchos sueños morbosos. En uno de ellos vio alzarse de las aguas del golfo de Spezia, en la costa italiana, a la difunta hija de lord Byron, Allegra, que entrelazando las manos le dedicaba sus mejores sonrisas. En otra ocasión soñó que sus amigos Edward y Jane Williams morían en una casa inundada por las olas. Poco después de estas pesadillas, Shelley y Edward Williams se ahogaban en el golfo de Spezia. Menos siniestra fue la experiencia pre cognitiva del insigne Goethe, quien en su autobiografía nos cuenta cómo cierto día se topó con su propia imagen, saliéndole al encuentro a lomos de un caballo y luciendo ropas desconocidas por el poeta. La visión se desvaneció cuando despertó de su ensueño. Ocho años después, recorriendo a caballo el mismo sendero, cayó en la cuenta de que vestía exactamente las prendas de aquella fantástica alucinación.

Charles Dickens también tuvo su experiencia pre cognitiva. Una tarde se quedó dormido en su cuarto de trabajo y vio en sueños a una dama que se cubría los hombros con un echarpe rojo. Cuando la desconocida se volvió hacia él, mostrándole su rostro, dijo ser la señorita Napier. El novelista quedó turbado por aquel sueño, pues no acertaba a descifrar su significa do y jamás había visto a la mujer. Al día siguiente le visitaron unos amigos acompañados de una dama ataviada con un echarpe rojo. Su nombre era señorita Napier. Pese a sus experiencias psíquicas y al frecuente empleo de sueños clarividentes y manifestaciones de espíritus en sus novelas, Dickens se opuso con todas sus fuerzas a la moda espiritista que, a mediados del siglo XIX, causó sensación en los Estados Unidos y en Inglaterra. Al enterarse de los sucesos de Hydesville, origen del movimiento espiritista nacido en 1848, tal vez recordara Dickens el espantoso ridículo en que incurriera un gran autor inglés del siglo anterior, interesado en aquel tipo de fenómenos.

En 1.762, el doctor Samuel Johnson había visitado cierta casa londinense donde se aseguraba que el espectro de una tal señora Kent se comunicaba, mediante extraños golpes y ruidos, con una muchacha de doce años llamada Elizabeth Parsons. La invisible difunta acusaba a su marido de haberla envenenado. Naturalmente, el suceso era la comidilla de todo Londres, y el doctor redactó un informe que apareció en una revista. Por desgracia para él, otro investigador acabó por descubrir que todos los ruidos los producía la joven Elizabeth, cuyo padre intentaba chantajear al viudo Kent. Tanto Johnson como otras personas quedaron en una situación sumamente desairada.

El caso Johnson fue un claro ejemplo de cómo no debía practicarse un arte que, en la segunda mitad del siglo XIX, adquiriría gran complejidad y refinamiento: la producción de falsos fenómenos espiritistas. Fue ésta la época de los grandes médiums físicos, desenmascarados en su mayor parte, salvo el mejor de todos ellos, D. D. Home. Tanta superchería de golpecitos, fotografías de espíritus, materializaciones

-siempre en estancias semi oscuras, escritura automática y mensajes de ultratumba para un público infinitamente crédulo, por fuerza tuvo que provocar la animosidad de muchas personas serias e inteligentes, para quienes todo lo psíquico se hizo sinónimo de mal gusto y desvergüenza. Declinando una invitación para investigar determinados espiritistas, el filósofo Thomas Henry Huxley resumió en unas líneas el sentir de muchísimos intelectuales: "...y por muy auténticos que sean esos fenómenos, no me interesan. Aunque se me concediera el dudoso privilegio de escuchar la inútil cháchara de viejás y curas, lo rechazaría por tener otras ocupaciones. Y si hay que medir la sensatez de los seres espirituales por cuanto de ellos cuentan sus amigos de la tierra, será preciso clasificarlos en la misma categoría. A mi juicio, lo único bueno del 'espiritismo' es que aporta un nuevo argumento en contra del suicidio, pues resulta preferible seguir siendo un miserable barrendero, a morir y verse manipulado por un 'médium' a tanto por sesión."

Algunos intelectuales de talento no compartían la actitud de Huxley, convencidos de que, entre tanta escoria, algo habría de verdadero valor. Entre ellos destacaron tres hombres, hijos de otros tantos clérigos, Henry Sidgwick, F. W. H. Myers y Edmund Gurney, miembros del Trinity College de Cambridge y pioneros de la investigación psíquica sistemática. Estos tres hombres supieron combinar sus diversas cualidades científicas y personales, formando así un equipo perfectamente conjuntado para la tarea investigadora a la que dedicaron sus vidas.

Profesor de Filosofía Moral en Cambridge desde 1 883, Sidgwick poseía inteligencia y sentido crítico comparables a los de las figuras más destacadas de su tiempo. Myers, por su parte, era un experto en estudios clásicos, licenciado en medicina y diplomado en un conservatorio. En unión de otros eruditos de Oxford y Cambridge, los tres amigos fundaron en 1882 la Sociedad de Investigaciones Psíquicas (SPR), cuya presidencia se confió a Sidgwick. Gurney fue elegido secretario de la nueva entidad, puesto en el que llegó a desarrollar una labor digna de encomio. No menos infatigable fue el organizador general de la SPR, Myers, como lo prueban sus numerosas conferencias, memorias y encuestas publicadas por la Sociedad. Otro miembro destacado de los primeros tiempos fue Eleanor, esposa de Henry Sidgwick, cuya preparación científica le permitió organizar algunas de las investigaciones más importantes de la SPR. Al igual que su marido, Eleanor también llegó a ocupar la presidencia.

El objeto social de la SPR era "investigar el conjunto de fenómenos diversamente calificados de mesméricos, psíquicos y espiritistas , haciéndolo "sin prejuicio de ningún tipo, en el espíritu de averiguación exacta e imparcial que ha permitido a la Ciencia resolver tantos problemas, otrora no menos intrincados y polémicos". Evidentemente, los intelectuales que fundaron la SPR participaban de la confianza general en los procedimientos científicos. El estudio realizado por Myers y Gurney sobre las aptitudes de cierto clérigo jubilado -William Stainton Moses, "hombre de cordura y honestidad manifiestas", de quien no cabía imaginar falsedades-, les llevó a la conclusión de que no todos los prodigios de los médiums eran fraudulentos.

Los efectos psíquicos producidos por Moses fueron tan espectaculares como los de D. D. Home, más conocido entre los espiritistas. La autenticidad de tales prodigios parece robustecerse si tenemos en cuenta que, antes de descubrir sus facultades, el lérigo desconfiaba del espiritismo. Es más, en cierta ocasión, refiriéndose a un libro sobre Home y sus poderes, lo calificó de obra absurda y aburrida. Comenzó a cambiar de opinión cuando un médium le describió, con todo lujo de detalles, l a aparición en forma espiritual de un amigo fallecido. Meses después tendría su primera experiencia de levitación, a la cual siguieron, durante un período de nueve años, fenómenos extraordinarios y en ocasiones alarmantes.

Un tal sargento Cox, amigo del clérigo, redactó un amplio informe sobre los sucesos de cierta tarde de junio de 1873. Se encontraban ambos hombres en el domicilio del militar, concretamente en el comedor, aguardando el momento de dirigirse a casa de unos conocidos, donde rítmicos, como de golpes. Pese a tratarse de un pesado mueble de caoba que necesitaba más de dos hombres para moverlo, se puso a oscilar y avanzó unos centímetros. Entusiasmado por aquella oportunidad, el sargento sugirió un experimento sencillo: Moses y él se situarían uno a cada lado de la mesa, a medio metro de la misma, y sostendrían las manos a unos veinte centímetros sobre el tablero. Llevarían cosa de un minuto en esa posición, cuando el mueble dio una violenta sacudida, desplazándose unos veinte centímetros en línea recta para acabar inclinándose, primero hacia uno de los asombrados espectadores, y luego hacia el otro. Por último, Moses extendió las manos a unos diez centímetros sobre el borde del tablero, ordenó al mueble que se alzara hasta tocarlas por tres veces... y el objeto obedeció al instante. Lo más curioso de este caso es que tanto los ruidos como los movimientos se iniciaron de repente, y casi con seguridad no fueron producto de la voluntad de Moses. Otro tanto cabe decir de todas las cosas extrañas que le sucedieron a él y a los objetos de su entorno. En cierta ocasión, una fuerza invisible lo elevó del suelo y, tras arrojarlo de espaldas sobre una mesa, volvió a alzarlo y lo depositó en un sofá, todo ello sin causarle daño físico. A menudo aparecían sobre su cabeza objetos procedentes de diversos puntos de la casa y caían sobre la mesa situada frente a él, tras abrirse paso por muros o puertas cerradas. En cualquier sesión dirigida por Moses, los asistentes se sentían acariciados por brisas perfumadas, observaban luces psíquicas que emanaban del suelo, o se deleitaban con agradables sonidos musicales, aunque en la estancia no hubiera ningún instrumento. También aparecían materializaciones de manos y serpenteantes columnas luminosas que sugerían formas humanas. Una sesión con Moses nunca resultaba aburrida y sus prodigios debieron estimarse en mucho por ser obra de un caballero tan solemne, cuya solvencia moral y económica le libraba de toda sospecha.

A juicio del clérigo, los espíritus que se comunicaban con el mundo por su conducto o a través de la escritura automática, realizaban esos prodigios para demostrar la autenticidad de los mensajes. La recopilación de estas comunicaciones, publicada en 1.883 con el título de Spirit Teachings, se convirtió en la Biblia del espiritista. Sin negar la integridad del clérigo, Myers rechazaba las llamadas "inteligencias espirituales", por estimar que debía haber otra explicación para la escritura automática y los fenómenos físicos. Lamentablemente, las dotes psíquicas de Moses habían entrado en franca decadencia cuando se constituyó la SPR y no fue posible someterlo a estudio científico.

Lo que para el creyente era ya un dogma -la existencia de espíritus, por tanto, de vida futura, según demostraban los fenómenos psíquicos-, los fundadores de la SPR lo consideraron tan sólo como una hipótesis.

Afortunadamente, supieron captar la diferencia entre el anhelo de confirmar sus esperanzas personales en una vida futura y la imprescindible objetividad de toda labor investigadora seria. De ahí que decidieran centrar sus primeros trabajos en los experimentos telepáticos y clarividentes, complementándolos con la recogida de datos anecdóticos sobre estos fenómenos.

A raíz de un llamamiento público en solicitud de datos, Gurney y Myers recibieron una avalancha de comunicaciones entre las cuales figuraba la remitida por un clérigo de Manchester apellidado Creery, que llevaba algún tiempo realizando experimentos telepáticos con sus cinco hijas. La familia se convertiría en sujeto de la primera investigación telepática, sistemática y controlada, de la SPR.

Los Creery repitieron sus éxitos ante un comité investigador, sometidos a estrictos controles, pese a lo cual Myers y Gurney se sintieron obligados a descartar la información obtenida cuando llegó a su conocimiento que, en anteriores ocasiones, una de las hijas había hecho trampa.

Nuevos procedimientos.

Un año después, en 1883, un comerciante de Liverpool, Malcolm Guthrie, supo del éxito cosechado por algunos de sus empleados que, durante su tiempo libre, conseguían transferencias mentales de dibujos sencillos. Intrigado, Guthrie convenció a un amigo llamado James Birchalí, y ambos montaron una serie de pruebas con dos de las empleadas mejor dotadas, las señoritas Relph y Edwards. Los impresionantes resultados llegaron a oídos de Gurney, quien a instancias de Guthrie y Birchall se desplazó a Liverpool para comprobarlos en persona.

Casi siempre se seguía el mismo procedimiento. Una vez realizado el dibujo en un lugar apartado de la sala de experimentación, la perceptora -persona, mujer en este caso, dotada de visión paranormal- se sentaba con tos ojos vendados frente al agente. Éste sostenía el dibujo de tal modo que la perceptora no pudiese verlo, aunque tuviera los ojos libres. El agente se concentraba en los detalles de la ilustración hasta que la sujeto decía estar preparada para intentar reproduciría, en cuyo momento se le despojaba de la venda. La concentración podía requerir desde treinta segundos hasta dos o tres minutos.

Los errores fueron numerosos, con frecuentes inversiones o transformaciones del dibujo. Así, una vertical flanqueada por dos círculos se tomó por una tijera. Con todo, los aciertos totales o parciales superaron en mucho a cuanto cabía esperar de la simple casualidad. En la serie de ensayos reproducidos en las páginas 38 y 39, los seis intentos fueron éxitos totales o parciales.

Un joven profesor de Física de la Universidad de Liverpool, Oliver Lodge ,ennoblecido posteriormente en atención a sus descubrimientos en los campos de la electricidad y la radio, supervisaría una nueva serie de pruebas con las empleadas de Guthrie, introduciendo algunas variaciones y aportando la minuciosidad característica de su acreditada labor profesional. Una de las novedades consistía en trabajar con dos agentes, uno de los cuales se concentraba en un cuadrado y el otro en una cruz. Ignorando el cambio y habituada a captar telepáticamente las emisiones de un solo agente, la sujeto quedó algo confusa al principio, pero pronto reaccionó dibujando una cruz inscrita en un cuadrado. La deducción más lógica era que la perceptora, habiendo recibido los dos mensajes, consciente o subconscientemente los tomó por uno solo.

Aparte de la tarea experimental, los infatigables Gurney y Myers investigaron numerosos casos de experiencias telepáticas y clarividentes de carácter espontáneo. Sus anuncios en la prensa provocaron riadas de comunicaciones. Sólo en un año, el de 1.883, los dos hombres despacharon diez mil cartas y realizaron centenares de entrevistas. Agobiados por tanto trabajo, se hicieron con los servicios de Frank Podmore, hombre educado en Oxford, cuyo carácter escéptico y detallista les resultaría de inestimable valor.

A los tres años de iniciar sus trabajos, Gurney, Myers y Podmore recopilaron en un voluminoso libro, Phantasms of the Living, todos los datos obtenidos sobre la telepatía, tanto la espontánea como la experimental. Esta primera obra importante de la SPR ofrecía informes sobre 702 casos de fenómenos psíquicos espontáneos, todos ellos apoyados por declaraciones de más de un testigo. Para tener una idea más clara del material contenido en ese libro, examinaremos brevemente algunos de sus casos.

Un capitán de fragata recordaba que, a los trece años de edad, estuvo a punto de ahogarse junto a una isla próxima a Java, por haber zozobrado su bote cuando intentaba atracar con la mar embravecida. El joven se hundió varias veces y, en uno de sus retornos a la superficie, llamó con grandes voces a su madre, provocando la hilaridad de los compañeros que acudían al rescate. De vuelta en la patria, contó a su familia lo sucedido, explicando que en aquel instante vio a su madre sentada frente al hogar, cosiendo algo de color blanco y rodeada por sus hijas. Recordaron entonces las mujeres que, meses atrás, y hallándose tal como decía el joven marino, habían oído gritos de agonía. Muy afectada por aquellas voces misteriosas, la madre anotó la fecha y hora en que se produjeron. Considerando la diferencia horaria entre Java e Inglaterra, descubrieron que el accidente y los gritos habían sido simultáneos. Otro caso de ahogados sucedió en una población del estado de Nueva York.

Cierta tarde invernal de 1867, una niña de tres años jugaba en una estancia donde también se encontraban sus padres y una tía. De repente, la chiquilla se aproximó a esta última y exclamó: "¡Tía, el primo Davie se ha ahogado!" Davie, a quien la pequeña quería mucho, contaba nueve años de edad y vivía con sus padres y un hermano mayor a unos 40 kilómetros de distancia. En todo caso, hacia meses que la niña no veía a su primo. Al principio nadie entendió lo que decía, y le hicieron repetirlo. La madre, pensando que la chiquilla desconocía el significado de sus palabras, pero deseando evitar un tema tan siniestro, cambió rápidamente de conversación. No obstante, tomó nota de que eran las cuatro de la tarde. Horas después llegaba un telegrama del padre de los muchachos: "Darius y Davie se ahogaron a las cuatro de la tarde, patinando en el lago Kenks."

Los investigadores de la SPR comprobaron en la prensa local el día y la hora aproximada del fatal accidente.

El célebre "caso Verity" ha provocado continuas discusiones desde su publicación en Phantasms of the Living. Su notabilidad obedece en parte al cúmulo de pruebas documentales, así como al hecho de contener elementos de telepatía, clarividencia y posiblemente proyección extracorporal.

Un joven conocido de los investigadores de la SPR, 5. H. Beard, explicó a Gurney sus intentos por aparecerse ante su prometida, la señorita L. 5. Verity. "Un domingo por la tarde -declaraba Beard en su informe- recordé haber leído que la voluntad humana es capaz de cualquier cosa y resolví presentarme espiritualmente en una alcoba de la calle Hogarth, número 22, en el barrio de Kensington, donde dormían dos conocidas mías... Opté por realizar el ensayo a la una de la madrugada, teniendo la firme intención de hacer perceptible mi presencia."

Días después visitó Beard a su prometida, y ésta le contó que, a la una en punto de la noche en cuestión, le había visto claramente a los pies de su cama. Gritó cuando la aparición hizo ademán de aproximarse más, despertando a su hermana menor que ocupaba el lecho contiguo, y la cual también le había visto. Al desvanecerse la visión, ambas jóvenes llamaron a otra hermana que dormía en una alcoba próxima, y cada una dio su versión del incidente, coincidiendo las dos en todos los detalles: qué aspecto tenía Beard, dónde se había quedado de pie y cómo vestía. Cuando Gurney obtuvo declaraciones firmadas por las tres muchachas, las sometió a un careo y creyó en la autenticidad del testimonio.

Beard repitió el intento un año más tarde, residiendo la familia Verity en otra zona de Londres. Aquella noche su prometida compartía el dormitorio con una hermana casada, quien sólo conocía al joven por haberlo visto en un baile, dos años antes. Fue precisamente esta hermana quien presenció la nueva aparición. Según consta en sus declaraciones, estaba despierta cuando notó que se abría la puerta y Beard penetró en el dormitorio. La figura se acercó a la cama, acarició los cabellos de la mujer y, tomándole una mano, observó fijamente la palma. Cuando desapareció la visión, la hermana casada despertó a la prometida de Beard y le contó lo ocurrido. Se ignora qué pensaría la señorita Verity de esa aparente veleidad espiritual de su prometido.

Al día siguiente llegaba Beard de visita. Tras escuchar atentamente lo sucedido la noche anterior, el joven dejó boquiabiertas a las hermanas mostrándoles una hoja de papel donde había anotado los propósitos concretos de su ensayo. Digamos que Beard, al preparar su proyección espiritual, ignoraba la presencia de la hermana casada en el domicilio de los Verity.

De nuevo investigó Gurney el caso, comprobando otra vez que los testigos corroboraban todos sus extremos. Intrigado, acordó con Beard en que éste le haría llegar una nota cuando pensara repetir la experiencia. Dos semanas más tarde volvió el joven a casa de la señorita Verity, quien dijo haberle visto a las doce en punto de determinada noche, y que él había acariciado sus cabellos.

Beard ya no recordaba si la fecha coincidía con la de su último intento, pero Gurney tenía en su poder el aviso escrito del joven y, cotejándolo con la declaración firmada de la muchacha, comprobó que todo concordaba. La coincidencia horaria es de suma importancia en estos experimentos, como igualmente lo es en las apariciones espontáneas. Una diferencia cronológica entre el esfuerzo transmisor del agente y la visión del perceptor puede significar que nos hallemos ante un caso de alucinación subjetiva por parte de quien recibe la imagen, y no de auténtica telepatía.

Comentando el caso Verity, Gurney distinguía entre este tipo de testimonios telepáticos y los obtenidos mediante experimentos sometidos a control. En un experimento, el agente se concentra en la imagen, palabra o idea a transmitir, y si consigue su propósito, el perceptor capta una copia más o menos exacta de lo que se ocupa la mente de aquél. Con las apariciones voluntarias -los experimentos de Beard-, en cambio, las mentes del agente y perceptor no se centran en una misma cosa. Más que en su propia imagen, el agente se proyecta mentalmente hacia el perceptor, tratando de imaginar dónde se hallará en ese momento, o tal vez concentrándose en su relación mutua. Por eso es casi seguro -deducía Gurney- que el agente se haya concentrado más en la imagen del perceptor y menos en la suya propia; pero resulta que lo transmitido telepáticamente es la imagen del agente, y no la del perceptor. Otro tanto puede decirse de las apariciones críticas, aunque el agente no trate de proyectar conscientemente su imagen.

Partiendo de estas observaciones, Gurney concluía que 'en tanto las impresiones mentales del perceptor coincidan con las del agente, puede suponerse un fundamento físico para el hecho innegable que es la transferencia telepática".

Los distintos fenómenos.

En apoyo de sus tesis citaba varios ejemplos extraídos de la Física, como la magnetización de cualquier objeto de hierro si se le aproxima un imán permanente, o la transmisión de corriente entre un cable electrificado y otro que no lo está, si se sitúa el primero a una distancia adecuada. Mientras la información telepática fuera esencialmente idéntica en ambos extremos -emisor y receptor-, era lícito suponerla transmitida por algún conducto físico todavía desconocido. Pero si el perceptor captaba algo distinto de lo pensado por el agente -por ejemplo, la imagen de éste-, no cabía suponer la existencia de una base telepática física.

Otro argumento contrario a la supuesta base física de la telepatía era el hecho sabido de que todas las fuerzas entonces conocidas se debilitaban en proporción a la distancia recorrida. Sin embargo, no es éste el caso de la telepatía, pues cuesta lo mismo enviar un mensaje a cien metros que al otro extremo de un continente. Ahora bien, la ciencia ha descubierto recientemente que determinados metales, sometidos a temperaturas bajísimas, son capaces de conducir una corriente eléctrica sin pérdidas achacables a la resistencia o a la distancia.

Algunas peculiaridades de la telepatía se observaron en una serie de más de 750 experimentos, realizados entre 1 910 y 1924 por el profesor Gilbert Murray, de la Universidad de Oxford, con el concurso de un reducido grupo de familiares y amigos. En ausencia de Murray, un participante -casi siempre la persona escogida como agente- elegía una imagen o un suceso que el científico trataría de adivinar. El tema designado se anotaba con todo lujo de detalles. De regreso en la sala, Murray tomaba la mano del agente y formulaba sus conjeturas, que el encargado de las actas ponía por escrito. Los temas eran una abigarrada mezcla de incidentes literarios e históricos, incluyendo en ocasiones a personas conocidas de los asistentes al experimento. Veamos un ejemplo muy representativo, protagonizado por el profesor y su hija, señora de Arnoid Toynbee: Señora Toynbee: "Pensaré en que Rupert (Brooke) se encuentra con Natacha, la de Guerra y Paz. Natacha lleva un vestido amarillo y corre por,un bosque." Profesor Murray: "En cuanto entré en la habitación supe que se trataba de Rupert. Es absurdo. Se tropieza con el personaje de un libro. Es Natacha, la de Guerra y Paz. No sé qué le dice; a lo mejor le propone que se fugue con él.,,
Señora Toynbee: "¿Captas la escena?"
Profesor Murray: "No, no puedo."

Se tomaron muchas precauciones para evitar que Murray oyera las deliberaciones del grupo, si bien no pudo descartarse la posibilidad de una hiperestesia, en este caso una agudización de las facultades auditivas. Según observaciones del propio científico, mientras se concentraba en el experimento notó un claro aumento de su sensibilidad auditiva, sospechando que tal vez recibiera este tipo de estímulos emitidos por el grupo. En realidad, el profesor erró en las contadas ocasiones en que no se discutió previamente el tema. Ahora bien, cabe pensar que otros factores contribuyeron a estos fracasos, pues se dieron durante una mala racha, en cuyo transcurso solían comentarse en alta voz los asuntos a elegir.

Los informantes de estos experimentos indicaron a la SPR que muchos aciertos no podían atribuirse a facultades auditivas extraordinarias. Murray adivinaba escenas de libros desconocidos para él, mencionando detalles de la trama o de los personajes no discutidos por el grupo. En estos casos, sólo cabe atribuir el acierto a un intercambio telepático con el agente u otro participante, conocedor de la obra en cuestión.

Estos experimentos plantean la posibilidad de que la transmisión telepática se refuerce con la proximidad anímica de ciertos miembros de una familia, posibilidad estudiada por algunos parapsicólogos modernos. Casi todos los aciertos del profesor Murray se dieron mientras su hija actuaba de agente, aunque esté todavía por dilucidar la cuestión de si ello se debió a las excepcionales dotes de la señora Toynbee, o a la compenetración existente entre ambas personas.

La evaluación de los resultados obtenidos arrojó un 33 por ciento de aciertos totales; un 40 por ciento de errores y el resto fueron aciertos parciales. Como es lógico y por tratarse de unos temas tan especiales, la determinación de éxitos y fracasos debió ser forzosamente subjetiva. Más adelante, las nuevas generaciones de investigadores aportarían técnicas de laboratorio para proseguir el estudio de los apasionantes fenómenos telepáticos.