martes, febrero 07, 2023

Secretos de la Vida de Jesús y los Faraones Egipcios

Fran García

Según una hipótesis de algunos investigadores relevantes, existe una conexión entre Belén y Gizah. 

La estirpe de Jesús habría evolucionado a partir de la descendencia divina de varias dinastías de faraones egipcios, mezclada con el linaje del Rey David. Por ello, el Maestro habría heredado su sabiduría secreta y poderes ocultos. Para empezar a desenmarañar esta endiablada madeja primero hay que partir con los datos objetivos tradicionales: Los libros de Historia y de Religión nunca han señalado ninguna relación entre Jesús y Egipto, y por supuesto, la Biblia tampoco. 

En cuanto a las historias egipcias de Jesús que cuentan los llamados "libros apócrifos", también conocidos como los "libros falsos", evidentemente, su credibilidad es de "cero". Es cierto que Jesús fue llevado a Egipto por sus padres, cuando él era un bebé, y allí permanecieron una temporada, tan sólo el tiempo suficiente hasta que José y María vieron el camino despejado de peligros y de las amenazas que representaba Herodes, regresando de nuevo a su tierra. También es cierto que desde que Jesús tenía 12 años hasta que cumplió los 30, no se dice nada acerca de él, ni se conocen detalles de su vida. Pero lo último que se dice en la Biblia es que después del episodio del templo, según Lucas, cuando Jesús contaba 12 años de edad, "descendió con su familia a Nazareth", resaltando que el joven Jesús "estaba sujeto a ellos", es decir, a sus padres. 

Y por otro lado, Mateo cuenta que Jesús "vino, y habitó en la ciudad que se llama Nazareth". Es decir, sabemos que Jesús crecía en edad, y que vivía en Nazareth, y que tal como nos relata a continuación el texto bíblico, trabajaba después allí como carpintero. No encontramos ninguna alusión, ninguna prueba, ningún indicio, ninguna pista siquiera, acerca de que Jesús hubiera viajado ni a Egipto ni a ningún otro lugar. Imagínese, a partir de aquí, la cantidad de imaginación que se necesita para contar todas las aventuras que vivió Jesús en Egipto. 

La verdad es que no parece que los cristianos hayamos heredado el gusto por construir pirámides. Y es que mucho tiempo antes que Jesús, Moisés ya había dejado bien claro la afinidad que tenían los judíos con los egipcios: ninguna. La conclusión es así de rotunda. No hay lugar para las dudas. Si bien hay que reconocer que son encomiables y dignos de admiración todos los esfuerzos que hacen muchos investigadores intentado profundizar en todo este asunto e intentando recopilar los posibles indicios probatorios para demostrar esa relación, esta hipótesis, porque al final eso es lo que es, de intentar relacionar a Egipto con Jesús y con el cristianismo, es un callejón sin salida que no conduce a ningún sitio, excepto a la ceremonia de la confusión. La teoría del Faraón Jesús traza la línea de descendencia davídica (descendientes del Rey David), como eje fundamental del argumento, a la que pertenece Jesús, y directamente la entronca y queda relacionada con Egipto, puesto que según los datos recabados por esta hipótesis, en varios momentos de la Historia, algunos antepasados de Jesús y miembros al mismo tiempo de esa línea davídica, se vieron mezclados con las casas reales de algunas dinastías de Egipto.

Veámoslo en detalle: 

ABRAHAM 

En tiempos de Abraham, hubo una gran hambre en la tierra de Canaán. Y Abraham descendió a Egipto, para morar allí. Pero el Faraón tomó para sí a Sarai, la mujer de Abraham. Abraham se había presentado como el hermano de Sarai para que no lo mataran. Después de un tiempo, al descubrirlo más tarde el Faraón, envió a Sarai a que se reuniera de nuevo con Abraham, ordenándoles que se fueran. Más adelante, como Sarai era estéril, ésta entregó a Abraham su sierva egipcia, Agar, para que tuviera algún hijo. El hijo fué Ismael. Pero tiempo después, Dios quitó la esterilidad a Sara, y Abraham y Sara tuvieron un hijo, Isaac, de quien viene el linaje de Jesús. Es decir, vemos cómo en este caso de Abraham y Sara, aparecen dos personas egipcias, uno el Faraón, y la otra persona la sierva egipcia, Agar. Pero finalmente, no intervienen en la descendencia del linaje hacia Jesús. 

MOISÉS 

Se dice que en la genealogía davídica de Jesús, también hay sangre real egipcia a través de la familia de Moisés. Todos recordamos la historia bíblica de aquél matrimonio hebreo que tuvieron un niño. La madre introdujo al niño en un cesto de juncos y lo soltó por el río. La hija del Faraón recogió al niño, lo prohijó y lo llamó Moisés. Como vemos, pues, los padres auténticos de Moisés eran hebreos. Es cierto que Moisés se educó como un príncipe egipcio pero Moisés era de ascendencia hebrea pura. Después de que Moisés fué expulsado de Egipto, vagó por el desierto, hasta llegar a lejanas tierras. Allí, en las extranjeras tierras de Madián, desorientado y exhausto, fué recogido por una familia de pastores, liderada por Jetro. Moisés se casó con Séfora, una de las 7 hijas de Jetro. Moisés se unió así a una mujer sencilla y humilde que nada tenía que ver con ninguna princesa real del país del Nilo. Pero es que todavía hay más: la línea davídica no une a Moisés con Jesús, ya que Moisés y sus padres pertenecían a la tribu de Leví, una de las 12 tribus o familias de Israel. Mientras que David y Jesús pertenecían a la familia de Judá, es decir, pertenecían a otra tribu diferente que nada tenía que ver con la familia de Moisés. Se ha intentado relacionar el nuevo culto a Atón, que se estableció en Egipto, con los orígenes de la religión judeo-cristiana. En cuanto a Moisés, hay que aclarar, que nunca pudo llevar a Israel la nueva religión de Akhenatón, ya que si Moisés vivió aproximadamente sobre el 1500 a.C. y Akhenatón vivió sobre el 1.300 a.C, difícilmente el dirigente hebreo pudo transmitir ningún mensaje a Israel de alguien que todavía no había nacido. 

SALOMÓN 

El otro gran momento histórico en el que se defiende que la sangre real egipcia se mezcla con la línea de descendencia de Jesús, es cuando el Rey Salomón, hijo del Rey David, se une con una princesa egipcia. Investiguemos de nuevo ahora este otro punto de apoyo en la teoría de las raíces egipcias de Jesús: Salomón, efectivamente, hizo parentesco con el Faraón de Egipto, ya que tomó a la hija del Faraón. Pero para valorar este hecho, más de significado político que sentimental, hay que tener en cuenta el contexto histórico en esa época. El padre de Salomón, el guerrero Rey David, había situado a Israel como el país más poderoso del mundo conocido, protegido con ejércitos formidables, de manera que ante semejante fortaleza de poder, ningún otro país de los que antiguamente guerreaban con Israel, se atrevían ya a declarar la guerra a los hebreos, a no ser que asumieran las catastróficas consecuencias de tal decisión. Esa situación de supremacía militar fue la herencia que Salomón recibió en el reino de Israel de manos de su padre David, el cual había despejado todos los peligros. Por esta razón, alcanzada la situación de paz estable, Salomón ejerció como Rey gobernante, a diferencia de David, el Rey guerrero. Egipto. La tierra de Oro En este contexto, el grandioso Egipto, al igual que los demás pueblos, desiste de mantener más guerras con Israel, y ambos reyes acuerdan un tratado de paz materializado en un matrimonio entre el rey hebreo Salomón y la hija del Faraón de Egipto, que en realidad se trataba más bien de un mero protocolo de no agresión bélica entre los dos estados. La unión matrimonial quedó en trámite político, y no tuvo mayor importancia. De hecho, ni siquiera aparece el nombre de la princesa egipcia en el texto bíblico. Pero es que además hay que tener presente que Salomón tuvo en total 700 mujeres reinas más 300 concubinas, de entre las que la princesa egipcia sólo fué una más entre cientos de sus mujeres reinas. Por si esto fuera poco, el hijo que continuó la llamada línea davídica hacia Jesús, fué Roboam, fruto de la relación entre el Rey Salomón y la amonita Naama. De modo que el siguiente Rey de Israel, que sucedió a Salomón en el trono, Roboam, nada tuvo que ver nunca con aquella princesa egipcia, la hija del Faraón. En resumen, por más que buscamos, por más que escudriñamos, no vemos ni rastro de sangre real egipcia a lo largo de toda la genealogía de Jesús. Los hechos se obstinan en demostrarnos que Jesús siempre fué un hebreo, y que jamás contó con ninguna herencia ni de riquezas ni de conocimientos de parte de ningún Faraón egipcio. 

LA DIOSA ISIS Y LA VIRGEN. 

A los defensores de la teoría del linaje faraónico de Jesús no les falta razón al afirmar que determinadas representaciones cristianas ya estaban en Egipto. Claro, efectivamente, "Isis y el niño" evoluciona hasta convertirse en "la Virgen y el niño, pero nada tienen que ver estas herméticas representaciones con la Biblia, ni con Jesús, ni con María, ni con nadie, excepto con el relevo de los iconos y mitos que se van traspasando de Egipto a los imperios paganos de Grecia y Roma. La imperial y pagana Roma, que masacraba cruelmente a los cristianos en los circos, bajo las garras de los leones, de repente adoptó oficialmente la religión cristiana, pero no por convicción ni fe, sino porque el Imperio se vio superado por la nueva creencia, que se había extendido como la pólvora, y se vio obligado a oficializarla. Así la nueva religión oficial romana, jerarquizada e institucionalizada, despojó de su pureza inicial la fé cristiana, y en el fondo siguió camuflando y vistiendo los mismos mitos paganos tradicionales de siempre, ahora bajo apariencias cristianas. En los libros de Éxodo, Levítico, y en muchos otros pasajes y libros de la Biblia se menciona expresamente la prohibición de profesar culto hacia cualquiera de las representaciones, imágenes, figuras o ídolos que puedan fabricar los seres humanos y que se refieran a cualquier entidad. Dicho todo ello de otra forma, un icono que represente a una supuesta virgen y a un supuesto niño, no es cristiano, ni tiene nada que ver con la Biblia ni con el cristianismo. Sólo es una figura pagana más de todas las que fueron acogidas por el catolicismo oficial que se instaló en la pagana Roma. 

SIRIO 

Dentro de esa teoría que intenta relacionar a Jesús con el linaje egipcio de los faraones, se ha intentado hasta identificar a la estrella de Sirio con la estrella de Belén, para así intentar relacionarla a su vez con Egipto. Pero esta peregrina idea, naturalmente que no es más que una mera y gratuita especulación. Es absurdo considerar que un diminuto punto del firmamento, apenas visible, de entre los miles y millones de puntos luminosos del cielo, pudiera guiar a aquellos sabios de Oriente, a través de caminos, campos y valles, hasta un determinado sitio geográfico. La estrella de Belén, como así se le ha llamado siempre, debía tratarse necesariamente de otra cosa diferente, mucho más especial todavía. Ya hemos avanzado suficientes renglones como para poder llegar a una conclusión. Reconozcámoslo: Nunca podrían haberse llevado bien todas las toneladas de oro que enriquecían iniciática y religiosamente a los faraones egipcios y a sus dioses, con un humilde carpintero de Nazareth, quien había nacido en un modesto establo de animales, y que no llevó nunca ni una sola moneda bajo su túnica. Y Nunca podrían congeniar las sabidurías secretas y ocultistas de las élites de poder de Egipto con el mensaje transparente y universal de Amor de Jesús.

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