sábado, abril 01, 2023

Fernando Sánchez Dragó: Carta de Jesús al Papa

Fernando Sánchez Dragó

Quisiera aclararles, para comenzar, que no vengo a presentar un libro, sino dos. Uno de ellos es Gárgoris y Habidis. Una historia mágica de España. Se público hace aproximadamente 25 años y, ahora, Planeta acaba de lanzarlo al mercado, una vez más, en una edición que pretende ser definitiva. En ocasiones, ya he comentado la maldición que supuso el tremendo éxito de este libro, que casi se convirtió en una estrella de David marcada en el pecho, en una etiqueta que te persigue de por vida; pues bien, con motivo de la publicación de esta nueva edición, aunque el texto lo he dejado tal cual, sí me he permitido añadir un largo prólogo, de 100 páginas, titulado "La historia mágica". Casi un quinto volumen en el que cuento lo que sucedió en torno al libro -que más que un libro fue un fenómeno social- y pongo algunos puntos sobre las íes acerca de algunos pequeños errores que allí se podían encontrar, o sea, que me pongo los puntos sobre las íes a mí mismo.

El caso es que hay una vinculación que explicaré en breve entre aquella historia mágica de España y esta Carta de Jesús al Papa que acaba de salir a la luz hace escasamente dos meses. Pero, como iba diciendo, La historia mágica de España se convirtió en un auténtico fenómeno que provocó, en una serie de investigadores, grandes, medianos, pequeños, y en todos los lugares de la Península Ibérica, tanto en ciudades como en villorrios, un interés inusitado por la cara en sombra de la "luna" de las Españas. Es más, si tuviera que volver a subtitular aquel libro, no utilizaría la palabra mágica, entre otras cosas, porque, en parte, por culpa mía, a lo largo de estos últimos 25 años, se ha abusado de este adjetivo hasta convertirse en algo de vacío significado. Sí usaría, en cambio, el adjetivo secreta, Una historia secreta de España.

Yo siempre sostuve que esta España mágica se quedó más fuera de mi libro, alrededor de él, que dentro de él, porque era inabarcable. Fueron muchos los investigadores que añadieron centenares y centenares de trabajos monográficos, a veces, desde la humildad, otras veces, desde editoriales importantes, y la verdad es que esa sensación de haber puesto en marcha un artilugio que venía a sumarse a las muchas interpretaciones que se han dado sobre el ser y el existir de los españoles, a las de Américo Castro, Claudio Sánchez Albornoz, Menéndez Pidal o el propio Fernando García de Cortázar, me causa honda satisfacción, para qué engañarles.

No obstante, tratemos del asunto que nos ocupa, que es esta Carta de Jesús al Papa. En principio, debo confesar que me hubiera gustado titular esta conferencia algo así como "Historia de una búsqueda", ya que este libro es el fruto de una serie de pesquisas, investigaciones, que me han tenido entretenido, en el mejor sentido de la palabra, durante 30 años y me han conducido a recorrer cuatro continentes, casi cinco -me quedé al borde de la Micronesia-. En cuanto al talante con el que yo he acometido su redacción, creo que hay una cita de Buda que lo explica perfectamente: «No creáis en nada simplemente porque lo diga la tradición, ni siquiera aunque muchas generaciones de personas nacidas en muchos lugares hayan creído en ello durante muchos siglos. No creáis en nada por el simple hecho de que muchos lo crean o finjan que lo creen. No creáis en nada sólo porque así lo hayan creído los sabios en otras épocas. No creáis en lo que vuestra propia imaginación os propone cayendo en la trampa de pensar que Dios os inspira. No creáis en lo que dicen las Sagradas Escrituras sólo porque ellas lo digan. No creáis a los sacerdotes ni a ningún otro ser humano. Creed únicamente en lo que vosotros mismos habéis experimentado, verificado y aceptado después de someterlo al dictamen de la razón y a la voz de la conciencia». Este criterio metodológico de investigación, formulado nada menos que por Buda, o por los discípulos de Buda, porque, al fin y al cabo, no creo que Buda escribiera de su puño y letra este texto, es algo que puede servir a cualquier ser humano, a cualquier escritor o historiador.

Haciendo un inciso, quiero manifestar que este libro no ha pretendido ser en absoluto irreverente. Me consta que tengo fama de ser un escritor polémico, provocador; siempre que hablan de mí lo hacen refiriéndose al «polémico escritor», al «escritor provocador», y tratándose de un libro como éste, que no dice las mismas cosas que nos han contado desde que éramos pequeñitos acerca de la figura de Jesús de Nazaret, o Jesús de Galilea, supongo que será más fácil pensar que lo he escrito desde dicha postura. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Este libro está escrito desde el respeto. No es un libro de un terrorista, un libro que maneje, no sé, cachiporras, bombas, ni siquiera bofetadas; éste es un libro que maneja conceptos, palabras, datos fruto de una investigación, y que está escrito desde un profundo respeto al adversario. En cierto modo, ese adversario es la Iglesia católica, y también el propio Papa de Roma; pero no Karol Wojtyla, sino la figura papal, en general. No obstante, el que Wojtyla aparezca de una forma un poco provocadora en la portada, ha sido una idea de la editorial. Yo siento un profundo respeto por él, como lo siento por todos los seres humanos -yo creo que el respeto es algo así como el oxígeno. Sin respeto no se puede formar ningún tipo de sociedad ni tener convivencia alguna-, entre otras cosas, porque el Papa es un guerrero. Y me explico, ahora que soplan vientos de guerra: utilizo este término para designar no a los que desencadenan batallas, éstos son los militares, sino a los que intervienen en la lucha para encauzarla y moderarla prudente, justa, fuerte y templadamente una vez comenzada. Este concepto vale, entonces, para el Cid, para Don Quijote, para el Papa o incluso para mí mismo, si me lo permiten. Creo sinceramente que Wojtyla es un hombre firmemente aferrado a unas convicciones y con una extraordinaria fuerza de voluntad, así que, por favor, os suplico que, aunque diga cosas con las que quizá no estéis de acuerdo y, desde luego, no sean las que os han contado de pequeños, no veáis ninguna tentativa de falta de respeto ni de provocación. Una persona libre como yo intento serlo puede tener ideas provocadoras, es decir, ideas diferentes a las predominantes en el discurso cultural mayoritario de la historia de un país o de un lugar, pero eso no significa que sea un provocador. El que provoca es una persona que falsea su propio pensamiento para inducir a las personas que lo leen, lo miran o lo escuchan a tener una determinada reacción, y ése no es mi caso. Simplemente pretendo ser un tipo liberal que va investigando y encontrando los frutos de dicha investigación.

De la misma forma que he leído la cita de Buda, el criterio que ha inspirado toda mi búsqueda intelectual es triple. Une el pensamiento unamuniano, cuando éste decía que el deber de un escritor, de un historiador o de un profesor intelectual es inquirir la verdad; el de Ortega y Gasset, cuando decía que, además de buscarla, hay que encontrarla -naturalmente, no me refiero a la VERDAD, con mayúsculas, sino a las pequeñas verdades que podemos ir encontrando a lo largo de nuestra vida quienes nos dedicamos al oficio del pensamiento-, y el de Bergamín, cuando afirmaba que no basta con buscar y encontrar esa verdad, que hay que proclamarla, por molesta que pueda ser. Si yo, después de estar 30 años buscando, creo que con honradez, la figura de Jesús, me he ido encontrando con una serie de hechos y datos que desmienten la versión oficial sobre éste, ¿qué podía hacer?, ¿callármelo para no meterme en líos? Entonces, no sería escritor, tendría que cambiar de oficio; me haría picapedrero, notario, ingeniero industrial, etc. Por supuesto que todas ellas son profesiones honorables, pero un escritor debe contar todo aquello con lo que se ha ido encontrando.

También me gustaría aclarar que no hablo desde el ateísmo, ni siquiera desde el agnosticismo; yo hablo desde lo contrario del agnosticismo, es decir, desde el gnosticismo. Busco racionalizar las cosas, en este caso, la religión cristiana, católica, Jesús, y acercarme a ellas reflexivamente, como sólo los adultos hacemos. De niños nos cuentan muchas historias bonitas, muchas fábulas, parábolas; no obstante, el niño crece y debe dejar de creer en las hadas. Debe racionalizar, analizar y reflexionar sobre dichas historias para llegar a una serie de conclusiones. Un niño que no cree en las hadas es un niño patético, pero un adulto que cree en ellas también es un adulto patético; lo uno no quita lo otro.

Por otra parte, y cambiando de tema, mi libro pertenece a un género literario que estuvo vigente en la Edad Media. En realidad, nunca ha dejado de existir, pero fue en esta época cuando mayor número de obras de este tipo vieron la luz. Entre ellas, sin ir más lejos, el famoso Kempis, con su Imitación de Cristo. Cuando me puse a escribir Gárgoris y Habidis, no traté de imitar a Jesús, sino a Cristo, que no tiene nada que ver. Cristo es una palabra griega cuyo significado es prácticamente el mismo que el de su homóloga hebrea, "Mesías"; Jesús, en cambio, es un personaje histórico. Ya hay un primer motivo de confusión, según creo, en la fusión de estos dos conceptos, a propósito de lo que me gustaría citar a Jung, el famoso psicoanalista discípulo de Freud: «La eficacia del dogma no se funda en la realidad histórica, verificada una sola vez e irrepetible, sino en su naturaleza simbólica, que la convierte en expresión de un supuesto psicológico relativamente ubicuo y capaz de existir incluso sin la existencia del dogma. Hay, pues, tanto un Cristo precristiano como un Cristo no cristiano, en la medida en que Cristo es un hecho de la psique, existente por sí mismo» ¿Qué nos viene a decir? Que Cristo es un arquetipo de la conciencia y que todas las personas, incluso gente que no ha vivido en el seno del cristianismo o ha nacido antes de Cristo, pueden realizar, dentro de su conciencia, el modelo arquetípico de Cristo, idéntico a los modelos habidos en otras culturas. Una cosa es Siddharta, ese príncipe de Nepal, ese personaje histórico, por ejemplo, y otra cosa es el Buda. El Buda también es prebúdico, búdico y posbúdico, porque también es un arquetipo de la conciencia. E igualmente ocurre con la cultura china del taoísmo, por poner otro caso. Así que lo que yo pretendo es pensar la religión, utilizando una expresión, referida a España, que el filósofo Eugenio Trías ha utilizado en los últimos años: «pensarla y sentirla»; no tanto creerla. Decía Clemente de Alejandría que conocer es virtud más alta que creer precisamente porque es racionalizar, convertir la fe en algo reflexivo.

La verdad es que, a lo largo de mi particular búsqueda de Jesús, las cosas que he pensado acerca de Él han ido cambiando considerablemente. Le he dedicado tres libros: el primero es el segundo volumen de Gárgoris y Habidis, titulado Ciclos cristianos; el segundo es La prueba del laberinto, novela con la que gané, en 1992, el Premio Planeta, y el tercero es esta Carta de Jesús al Papa, que, por otra parte, me ha servido para encontrar la falsilla, el organigrama, que quizá me permita configurar una cuarta novela con la que he estado entretenido diez años sin verla del todo clara. Pues bien, lo que yo decía en el primero no era lo que decía en el segundo, y lo que decía en el segundo no era lo que digo en éste, como tampoco lo será lo que diga en ese cuarto y grueso novelón. Es decir, mi búsqueda de Jesús es una búsqueda viva, como deben serlo todas las búsquedas. Jesús se ha convertido en una especie de víscera, de órgano, de mi propio organismo, y las vísceras palpitan, reciben sangre, se ponen enfermas, cambian, envejecen, se rejuvenecen etc. Así es mi relación con Jesús.

Pero ahora quiero hacer referencia a un dato que comento en la última página de este tercer libro. Jesús, o Cristo, si queréis, es una especie de gran lienzo en blanco sobre el que cada conciencia puede proyectar su imagen. Sabemos muy poco del Jesús histórico, más bien casi nada, y es precisamente esa indefinición histórica del personaje la que nos permite proyectar como lo hacemos en el lienzo que es una pantalla de cine, o como lo hace el pintor cuando empieza a emborronar un lienzo. Yo le defino usando conceptos que provienen del taoísmo. Los chinos creen que el Universo existe porque existe el vacío, y que el vacío existe porque existe la forma. Para ellos, son dos conceptos complementarios, como lo masculino y lo femenino, como lo umbrío y lo soleado, como lo árido y lo fértil, como lo cóncavo y lo convexo, como el gin y el gan, esas dos imágenes tan propias del taoísmo.

Sin duda alguna, Jesús es el personaje que más libros ha inspirado a lo largo de la historia universal. Cada año, se publican 2.000 libros nuevos sobre Él, y supongo que, en total, debe de haber como unos 200.000 libros que hablan de su figura. Naturalmente, yo no los he leído todos, ningún ser humano puede hacerlo, pero lo que está claro es que, entre ellos, habrá las locuras y disparates más mayúsculos; desde el Jesús revolucionario, nacionalista, celota, hasta el Jesús libertario, pagano, agnóstico, y, por supuesto, el cristiano, el judío, el profético, el que se fue a Oriente. Hay muchos tipos de "Jesuses", y, en mi opinión, ésta es la más alta virtud de este personaje: permitir que, sin necesidad de intermediarios, desde el propio pecho, cada persona pueda conectar con su Jesús particular.

Este es un libro que me puede granjear líos. El otro día, un conocidísimo intelectual español, Federico Jiménez Losantos, me comentó: «Pero, Fernando, ¿qué necesidad tenías de publicar un libro como éste?», refiriéndose a que me iba a crear algunos problemas, a lo que yo contesté: «Parece mentira que tú, un escritor intelectual, me preguntes eso. Tenía la necesidad de decirlo porque soy escritor, porque llevo 30 años encontrándome con estas cosas y hubiera sido una brutal falta de honradez, por mi parte, no ponerlas en negro sobre blanco con respeto». En definitiva, lo que quería decirle es que el motivo que me llevó a iniciar esa larga búsqueda es la vieja frase grabada en el dintel del santuario de Delfos que decía nosce te ipsum, conócete a ti mismo. Tenemos que conocernos a nosotros mismos para, como decía el poeta griego Píndaro, llegar a ser los que somos. Sólo desde el propio conocimiento de uno mismo se puede llegar a la autoestima, y sólo desde la autoestima se puede llegar hasta lo que yo creo que es el máximo principio ético que jamás se haya formulado -y esto vale para el cristianismo y también para otras religiones-: ama al prójimo como a ti mismo.

Hechas estas primeras aclaraciones, tratemos sobre la historia concreta de la búsqueda. Cuando yo estaba investigando para escribir Gárgoris y Habidis. Una historia mágica de España, estoy hablando de los primeros años de la década de los 70, cayeron en mis manos tres evangelios gnósticos: el evangelio del apóstol Tomás, el del apóstol Felipe y el evangelio llamado «de la verdad». El gnosticismo fue, de alguna forma, una interpretación filosófica, simbólica, alegórica, de los misterios del cristianismo anterior en el tiempo incluso a la formulación clásica del catolicismo, que es la formación paulina. Cuando se produjo la adscripción de la Iglesia al Imperio romano, a partir de los concilios de Nicea y Calcedonia, del siglo IV después de Cristo, que fue cuando se definió lo que era ortodoxo y lo que era heterodoxo, aunque no de forma absoluta, los gnósticos fueron perseguidos, fueron exterminados, y todos los textos de la filosofía gnóstica cristiana desaparecieron de la historia de la humanidad. Hubo un brote muy llamativo de gnosticismo en la Baja Edad Media: el protagonizado por los cátaros, el de la herejía de los albigenses, en el sur de Francia, con epicentro en Carcasona. Fue prácticamente el único brote gnóstico, sin los textos evangélicos, claro, que se produjo en 15 siglos de Historia. Pero, poco después de que terminara la Segunda Guerra Mundial, un pastor que perseguía a una cabra en un lugar de Egipto, como a menudo sucede con todas estas cosas que nos llegan del Próximo Oriente, entró en una gruta y descubrió una serie de legajos gnósticos que habían podido conservarse gracias al clima excepcional del país.

Pues bien, estos textos, que eran códices, manuscritos, se restauraron, estudiaron y tradujeron para deleite de quien aquí les habla. Los primeros que se tradujeron fueron los tres evangelios antes citados, que cayeron en mis manos, como decía, aproximadamente en 1970, en una noche tormentosa vivida en Soria y ocupada por la lectura más dramática, más intensa y decisiva de mi vida, fruto de una traducción al italiano. Hoy día, están publicados por todas partes no sólo esos textos, sino también muchos más que se han ido añadiendo, pero, cuando tuve la oportunidad de leerlos, estuve ocho horas con ellos. Y no porque fueran especialmente largos, pues apenas sumaban 100 páginas entre los tres, sino porque eran de una sorprendente densidad filosófica.

Entonces fue cuando me di cuenta de que había un Jesús diferente al Jesús que contaba la Historia Sagrada en las aulas infantiles. Y aquello me llamó tan poderosamente la atención que empecé a buscar su secreto, no ya por Él, sino por mí mismo, por el nosce te ipsum. Jesús, para una persona que ha nacido en España, en el siglo XX o en el XVIII, da igual, está en el centro de nuestro corazón, de nuestra cultura, seamos o no creyentes, así como del mundo occidental y de la historia universal, porque ésta es, en gran parte, el despliegue de las ideas del judeocristianismo. Y esto es válido no sólo para Occidente, sino también para Oriente, en la medida en que Occidente ha penetrado, desde el punto de vista económico, político, cultural y militar, en la historia del mundo oriental. Así que perseguir a Jesús era echar cuentas conmigo mismo, con mi país, con mi gente, con mi familia, con mis amigos, con los escritores que yo leía y, en definitiva, con todo lo que había sucedido en el mundo prácticamente durante los últimos 2000 años. Ni corto ni perezoso, me puse en marcha, y entonces fue cuando me sucedieron una serie de cosas un tanto peculiares; de hecho, este libro surge de una de mis tentativas por salvar mi imagen, ya que, en esta búsqueda de Jesús, sobre todo en los años 80, sufrí una poderosa crisis existencial que casi se convierte en una crisis esencial. Estuvo unida a problemas de salud, físicos, corporales, a la separación de mi mujer, con todo lo que conlleva una ruptura matrimonial, sobre todo si hay hijos de por medio, y, en fin, a muchas más cosas que no voy a contar. El caso es que yo, en aquel momento, me acerqué bastante, en ese itinerario de persecución de Jesús, a las posturas tradicionales de la Iglesia; me aferré al Jesús salvador, redentor, como el náufrago que se agarra a un salvavidas encontrado en el proceloso océano. Ello me llevó a incurrir en una serie de manifestaciones públicas que trasladaron a muchas de las personas que me oían en televisión o leían mis escritos la convicción de que yo era profundamente cristiano y de que me había convertido al cristianismo, cosas, ambas, totalmente falsas. En primer lugar, yo no soy cristiano creyente; me siento más cerca del budismo o del taoísmo que del cristianismo. Y, en segundo lugar, nunca podría ser converso a nada; a mí, las conversiones me parecen fruto de la histeria. Lo que sí soy es un hombre de evoluciones, que, según mi parecer, es lo específicamente humano.

Sin embargo, las cosas llegaron hasta el extremo de lo grotesco, risible, cómico, cuando incurrí en lo que yo considero que es el acto más heroico, más valeroso, de mi vida. Fue en un programa de Jesús Quintero que se llamaba Qué sabe nadie. A lo largo de una discusión de alto nivel, todo hay que decirlo, con un adversario al que respeto mucho, Puente Ojea, el ateo oficial de las Españas, antiguo embajador de España en el Vaticano y expulsado de la diplomacia de la Santa Sede, en un momento dado, llegué a hacer algo que probablemente nadie ha hecho en un programa de televisión: mirando a cámara, recé un padre nuestro. La verdad es que fue consecuencia de una hábil estratagema de Jesús Quintero, y digo que resultó heroico porque, tanto si uno es creyente como si no, en la frialdad de un estudio de televisión, mirar al ojo de pez de una cámara y orar es muy difícil. Ahora bien, tuvo un impacto formidable; de todo lo que he hecho en la vida, seguramente lo más impactante. Cuando iba por la calle al día siguiente, había señoras que se me acercaban y me besaban la mano como si yo fuera un obispo, e incluso personas que me contaban que aquel día se habían arrodillado delante de la televisión, como si aquello fuera un tabernáculo -¡vamos, que no me metieron bajo palio en la catedral de milagro!-. Claro que la cosa no tiene nada de particular si tenemos en cuenta que la antigua Trinidad de Padre, Hijo y Espíritu Santo ha sido sustituida, en los tiempos actuales, por otra de bastante menos nivel: televisor, ordenador y balón.

En realidad, todo esto no era más que una premonición de lo que estaba empezando a suceder, aunque ni yo mismo imaginaba que, después de aquello, iba a ocurrirme una anécdota aún más increíble, si cabe, que cuento al comienzo del libro. Me encontraba en la sala de maquillaje de Televisión Española, en el Pirulí, cuando se me acercó Paloma Gómez Borrero, que es algo así como la ministra portavoz de Wojtyla, y me dijo: «Fernando, tu vídeo con Puente Ojea se pasa todas las semanas en el Vaticano. Los obispos lo ven, lo comentan y lo discuten, y el Papa, poniéndome una mano en el hombro, me ha dicho: "Ya sé que en España hay un señor que se dedica a predicar el cristianismo como nosotros tendríamos que predicarlo"». Imagináos mi espanto ¡Y yo con estos pelos! Yo, con mi torpe aliño indumentario y nada menos que todo un Papa de Roma diciendo esto. El caso es que, fuere como fuere, estas anécdotas me sirvieron de excusa para escribir este libro, nacido, como ya he comentado, de la tentativa de explicarles a todas esas personas que me han confundido con una especie de obispo que yo no recé; cité una oración arquetípica que puede servir para cualquier cultura. Si ahora recito un poema de Lao Tsé, pongamos por caso, eso no significa que sea taoísta; simplemente, soy un señor que está recitando un poema de un autor que sí lo es.

Anécdotas aparte, el caso es que aquí tenemos el libro, que consta de tres cartas: dos muy breves y una extensísima, quizá la carta más larga de toda la historia universal, porque tiene 300 páginas. La primera de ellas es la que dirijo al lector explicándole por qué escribo este libro, es decir, relatándole, más o menos, las cosas que os acabo de contar ahora. La segunda se la dirijo al Papa, con un gran respeto, por supuesto, para darle, también, unas cuantas explicaciones. Y la tercera es aquélla en la que ya recurro a la ficción literaria. En esta última, finjo ser el amanuense, el calígrafo, el copista, el escriba de Jesús, quien, desde el más allá, me dicta lo que aparece escrito en el libro. Además, hay un apéndice en el que recojo algunos de mis textos narrativos anteriores; sin embargo, lo que realmente define al texto es esa tercera carta de Jesús al Papa (por eso es la elegida como título). En ella, hay tres temas, no sucesivos pero sí cruzados, y dos de ellos son abiertamente discutibles. En primer lugar, el propio Jesús nos cuenta sus 30 años de vida oculta, sobre los que no sabemos absolutamente nada. De hecho, no me he podido apoyar en ningún texto porque casi no existen; las referencias históricas a Jesús son prácticamente nulas. Sí hay referencias a los cristianos en Plinio, en Suetonio, etc., por tanto, nadie duda de su existencia; con respecto a Jesús, en cambio, tan sólo tenemos una alusión 50 años posterior a los hechos en Tácito y ni siquiera contamos con la que venía a ser la única fuente histórico-biográfica: La historia de los Judíos, de Flavio Josefo, ya que se ha demostrado (la propia Iglesia, o, por lo menos, parte de ella, lo reconoce) que el fragmento que hacía referencia a Él (por cierto, insignificante; 8 ó 10 líneas que hablaban de un predicador del siglo I que fue crucificado) se añadió aproximadamente 100 años más tarde (desde luego, no resistió el análisis histórico; el estilo es diferente y, si se suprime el párrafo, la secuencia historiográfica permanece). Además, tenemos el testimonio de Orígenes, quien, en el siglo III, habla de esta historia y dice que no se menciona a Jesús en ella. Fue Eusebio, obispo de Cesarea en el siglo IV e historiador oficial de la Iglesia, quien se reinventó el asunto. Del personaje histórico, de Jesús de Galilea, hay cuatro alusiones en el Talmud; ni Filón ni ningún otro historiador judío de la época le mencionan.

Así que, realmente, ni yo ni la Iglesia tenemos documentos que nos permitan contar, con la solidez que la historia requiere, la vida de Jesús, y, por lo tanto, tenemos que apoyarnos en otras cosas. Por mi parte, he acudido a la lógica deductiva, al sentido común, a la historia comparada de las religiones, a todo lo que sabemos de los tres o cuatro primeros siglos del cristianismo y, por último, a la investigación psicológica de nuestra conciencia, de nuestro inconsciente colectivo. La Iglesia, por su parte, maneja eso que se llama Nuevo Testamento. En esos tres primeros siglos del cristianismo que he revisado, hasta que se definió el Canon en Nicea y en Calcedonia, había centenares de textos evangélicos (algunos coetáneos, casi ninguno de Jesús y casi todos posteriores); en fin, había una libertad de interpretación, un gran número de libres pensadores dentro del cristianismo. En cuanto al Nuevo Testamento, debo contarles un truco: las epístolas se colocaron al final, cuando los textos más antiguos que poseemos son precisamente las epístolas de Pablo. El orden verdadero en el que se produce el Nuevo Testamento es el siguiente: primero, como digo, las epístolas de Pablo -no todas son auténticas, pero éstas, las primeras, sí-; segundo, el Evangelio de Marcos, en el que no se menciona la resurrección de Cristo (el primer texto de este Evangelio, antes de que fuera manipulado, termina cuando las santas mujeres acuden a la tumba de Jesús), ya que, curiosamente, los únicos textos que, en aquellos momentos, nos hablan de la resurrección de Cristo son los de los filósofos gnósticos, que no nos cuentan prácticamente nada de la vida de Jesús y que se limitan a interpretar los misterios mayores del cristianismo, que se derivarían de la resurrección; tercero, el Evangelio de Lucas; cuarto, el de Mateo; quinto, el de Juan, que no fue escrito por él, sino, a buen seguro, por un griego y que es 100 años posterior a los hechos de la vida de Jesús; sexto, "Los hechos de los apóstoles", un libro totalmente apócrifo, y, por último, las demás epístolas, las que no pertenecen a Pablo y que también son apócrifas -es la propia Iglesia la que lo reconoce, no yo-.

¿Qué es lo que sucede en las primeras décadas del siglo I después de Cristo? Que existían, por aquel entonces, una serie de cultos iniciáticos. Es a lo que el gran mitólogo Joseph Campbell se refiere con El héroe de las mil caras. Éste cuenta, adaptada a un determinado entorno cultural, la misma historia: si se refiere a Grecia, habla de Diónisos; si se refiere a Egipto, de Isis y Osiris; si se refiere a Siria, de Adonis; si se refiere a Frigia, de Atis; si se refiere a Persia, de Mitra, e incluso habla de Buda, en la India, o de Lao Tsé, en China. En definitiva, El héroe de las mil caras es una construcción alegórico-filosófica que hay que interpretar en clave simbólica. Nos lleva de la representación de los misterios de Isis y Osiris a orillas del Nilo al santuario de Delfos, etc. De esa tradición nace Eleusis, santuario del paganismo, de la especulación filosófica y religiosa. En toda la historia del paganismo, del helenismo o de Roma, no había ni un sólo gran espíritu, intelectual, filósofo, que no hubiera sido iniciado en Eleusis. Se funda en el siglo VII antes de Cristo y termina arrasada hasta sus cimientos en el año 383, cuando monjes nestorianos, fanáticos capitaneados por Alarico, la asaltaron. Así termina la historia del mundo pagano, y, como consecuencia, trece años después, Teodosio prohibe todas las religiones e impone por decreto el cristianismo, que comienza, entonces, su periplo histórico.

Por cierto que, de los misterios escenificados en Eleusis, nace la tragedia griega, formada por tres momentos procedentes de una experiencia religiosa. Primero, se cuenta una historia que parece que no tiene nada que ver con los espectadores, una historia de gentes legendarias, nacidas milenios antes, los Orestes, Agamenón, Electra, Edipo, y, poco a poco, en el transcurso de la representación, los espectadores se van dando cuenta de que esa fábula alegórica que les están contando tiene relación con su propia historia. Así, llegamos al segundo momento, la anagnórisis, el reconocimiento; el espectador se ha dado cuenta de que están hablando de él, y, al enterarse, estalla ese chispazo que los griegos llamaban catarsis, que no es más que la purificación, la regeneración.

Decía Cicerón que no había nadie tan necio en el mundo que se creyera al pie de la letra las cosas que se leían en los misterios de Isis y Osiris o en los misterios de Diónisos. Realmente, no sabemos lo que se veía, porque las personas que acudían allí, a iniciarse en los misterios mayores, estaban selladas por el secreto iniciático y no podían contarlo. Nos han llegado algunas cositas a través de Platón, por ejemplo, y de algunos otros, pero sabemos muy poco de lo que sucedía allí. Sí sabemos que Jesús, muchos siglos después, diría: «muchos son los llamados y pocos los elegidos», refiriéndose, según la interpretación que yo le doy al hecho, a que eran muchas las personas que acudían atraídas por los misterios de Eleusis, de Delfos, del Nilo, etc., y realmente pocas las iniciadas y aceptadas. Cierto es, también, que sólo se iniciaban las personas que cumplían unos determinados requisitos.

Pero a lo que voy es a que esta historia es extraordinariamente parecida a la que se nos cuenta en los Evangelios. Es una historia que se repetía en todos los rincones, dentro y fuera del Mediterráneo. Naturalmente, con particularismos locales, mas siempre se trataba del héroe de las mil caras nacido de madre virgen y muerto trágicamente, crucificado o de otra forma, que resucitaba a los tres días, coincidiendo, así, con la regeneración de las cosechas o con las fiestas de primavera. Y esto no es discutible; esta parte de mi libro, no es discutible. Sí lo es la reconstrucción de la vida de Jesús, mi requisitoria a la Iglesia católica, acusándola de muchos de los males de la historia universal, porque parte de opiniones mías, pero esta historia que os estoy contando ahora no está sujeta a debate. Miles de documentos, de textos, de estudios publicados -no invento nada nuevo-, lo demuestran; lo que sucede es que ha permanecido en los círculos académicos, en libros de muy difícil lectura, muy gruesos, eruditos, y nunca ha salido de ahí. Por eso mismo, uno de los objetivos de este libro es sacar a la luz todos los testimonios encontrados al respecto y hacérselos llegar, a través de ese buen vehículo que es la literatura, a los lectores. En los Evangelios, no hay, os lo aseguro, ni una sola palabra, parábola, milagro o afirmación que no estuviera ya en los textos que se refieren a Diónisos, Isis, Mitra, Osiris o Buda.

Es una historia que hay que interpretar alegórica, simbólica, metafóricamente. Eso es lo que hacían los filósofos gnósticos y a ello se refería Cicerón con su frase ¿Qué es lo que sucedió entonces? Que el único lugar de la cultura mediterránea en el que no existía el héroe de las mil caras era Israel, Palestina ¿Por qué? Probablemente, porque el peso del monoteísmo de la Biblia impedía su aparición. Entonces, al surgir la figura de Jesús, de la cual, como digo, sabemos muy poco, los filósofos gnósticos decidieron convertirla en el representante heróico del mundo judío. En definitiva, le transfirieron la misma historia -ahora comprenderán por qué decía que los evangelios gnósticos son anteriores a los cristianos-, todas esas cosas que, como metáfora, se contaban en los otros misterios.

Entonces, apareció Pablo y creó una iglesia ¿Por qué creó una Iglesia si ninguna religión, judía, musulmana, politeísta, hinduista, taoísta, lo había hecho? Efectivamente, el cristianismo, así como sus múltiples derivaciones (la ortodoxa oriental bizantina, el protestantismo, el evangelismo, el anglicanismo), es la única manifestación religiosa que ha generado una Iglesia, esto es incontrovertible, y la razón es que, por una serie de circunstancias que ahora no voy a desmenuzar, a través del paulismo, a través de Pablo, se extendió la denominada "teología de la dominación". La Iglesia romana, en un determinado momento, se convirtió en brazo espiritual del Imperio, concluyendo, con dicha fusión, en una verdadera teocracia, y, para ello, se necesitó crear, primero, una entidad eclesiástica que definiera la verdad; mejor dicho, que se creyera en posesión de la verdad. Una iglesia que dijera: «fuera de nosotros, no hay salvación», como nos ha repetido durante muchísimos años. Una iglesia que definiera un canon. Una iglesia que persiguiera a los disidentes (a todos los famosos herejes del siglo IV, Arrio, Donato, Manes, o Prisciliano, manifestación ibérica del héroe de las mil caras, por ejemplo). Una iglesia que, además, hiciera prosélitos, se arrogara una inspiración ecuménica y, por tanto, para cumplir con tal inspiración, enviara misioneros que ejercieran el apostolado e intentaran atraer gente.

Lo curioso es que, esto del apostolado, no lo ha puesto en práctica ninguna Iglesia. De hecho, no se puede ser judío si no se nace de madre judía, y tanto los musulmanes como las religiones orientales nunca se lo han planteado. Así que el proselitismo es algo que pertenece en exclusiva a la Iglesia paulina, y trae consigo, además de la tentativa de ecumenismo, la imposición de formas culturales ajenas a un determinado entorno, por una parte, y, por otra, el sincretismo. Es curioso que Roma condene vigorosamente este último, es decir, los elementos ajenos a la tradición cristiana e incorporados a ella, cuando el cristianismo -y esto es algo que tampoco puede negar ningún estudioso- es la religión más sincretista que jamás haya existido en la historia de la humanidad. Prácticamente cada iglesia cristiana, cada ermita, cada catedral, se levanta sobre los cimientos de otros cultos paganos o no paganos. Por tanto, ha tenido el enorme talento de saber aprovechar todo lo preexistente a ella.

Pablo es uno de los personajes de la historia universal más hábiles a la hora de incorporar prácticamente todo lo que iba encontrando. La mayor parte del santoral, por ejemplo, está formado por héroes del paganismo (claro que, en principio, muchos de ellos nunca existieron) a los que se les añadía el apócope San y se les cambiaba el nombre. También él fue quien vio la necesidad de crear la figura del Mesías, y así surge esa fusión que confunde al Jesús histórico con Cristo, cosa que, por otro lado, conduce, en mi opinión, a infinitos males a lo largo de la historia universal. Por ejemplo, al etnocentrismo, a la creencia en la superioridad de la raza, en este caso, la blanca, porque hay que decir que, en el monoteísmo, Dios, Yahvé, es un Dios de raza, no como en los politeísmos, en los que no hay dioses de raza, sino dioses de pueblo, de función, de gremio (está el dios de los herreros, de los historiadores, de los escritores, de los ingenieros), por los que nadie desencadenaría guerras.

También conduce al agustinianismo político, sobre todo, cuando estalla, dentro del propio cristianismo, la gran revolución de Lutero, quien, si los católicos dicen que a un hombre le salvan fundamentalmente sus obras, y en eso coinciden con religiones orientales, rectifica: «No. Al hombre no le salvan sus obras, le salvan la fe y la gracia», lo que se convierte en una especie de patente de corso porque, si uno tiene fe y está inspirado por la gracia divina, puede hacer cualquier cosa. Además, desde ese punto de vista, no es una casualidad que de todo esto nazca el capitalismo -ya lo ha estudiado el propio Marx-, lo que nos permite, por tanto, apreciar una realidad: que del cristianismo surgen la izquierda y la derecha, el socialismo o comunismo, por una parte, y el capitalismo, por la otra. Los tres coinciden en una sola cosa: en el economicismo, que no significa otra cosa que la adoración del becerro de oro. Todos hemos asistido, de una forma espectacular, en las dos o tres últimas décadas, a esta ascensión, gracias a la que ya no medimos a la gente por lo que es, si no por lo que tiene.

Por otra parte, como este paulismo se deriva de la Biblia, lo único que no hay de gnóstico en los Evangelios de la religión cristiana son las interpolaciones que Pablo y los seguidores de Pablo, los evangelistas, se inventaron para convertir a Jesús en un personaje que coincidiera con lo que las profecías bíblicas, especialmente las de Elías e Isaías, habían dicho, en un hombre de la estirpe de David. Todo lo que hay en los Evangelios que no pertenece a la historia del héroe de las mil caras es una arenga predicada por Pablo para convencer a las gentes de su época de que Jesús, efectivamente, era de la tribu davidiana, el Mesías que Isaías y Elías habían anunciado. Se basaba en la visión dualista de la Biblia, que, a diferencia de la visión oriental monista, en la que sólo hay una sustancia, una energía, una materia, en la que Dios y el diablo son, por así decir, anverso y reverso de un mismo concepto, en la que ángeles y demonios son lo mismo, nos habla del bien y el mal, de Dios y demonio como entes distintas. Eso nos lleva a escuchar insensateces como las que estamos escuchando en estos días, puestas en boca de Bin Laden o de Bush, cuando el segundo dice, por ejemplo, cosas tan duras de oír como que Dios no es neutral, o que el primero es el diablo -y lo mismo dice Bin Laden de él, claro-. Me llama muchísimo la atención este fenómeno actual por el que una persona educada, encorbatada, con un maletín Samsonite, hablando en un tono suave en el Congreso de los Estados Unidos, dice exactamente lo mismo que esas turbas ensabanadas con turbantes, mal educadas, que dan gritos y salen a las calles de Pakistán, o de Palestina, o de otros lugares del mundo islámico. Claro que, en el fondo, no son tan distintos: el Islam tiene la guerra santa y el cristianismo, la cruzada; por tanto, es como si estuviéramos asistiendo a dos guerras santas que se enfrentan entre sí. En definitiva, a lo que quiero llegar es a que comprendáis que todas las grandes guerras que han ensombrecido la historia de la humanidad -y, nuevamente, esto no es una opinión mía, sino un hecho comprobable-, todas ellas, sin una sola excepción, y ésta a la que estamos asistiendo es un ejemplo más, se han producido en el seno del monoteísmo, en el seno del Islam, del judaísmo o del cristianismo.

Cambiando de aspecto, a continuación, querría hablaros de lo que hubiera sucedido si el cristianismo gnóstico, alegórico, metafórico, analítico, filosófico, racional, se hubiera impuesto a la interpretación literal de las Sagradas Escrituras propuesta por Pablo, y comenzaré con una frase que se ha hecho tremendamente popular, pronunciada por el escritor francés André Malraux: «El siglo XXI será religioso o no será». La verdad es que a todo el mundo le llenó de inquietud, porque procedía de un hombre laico -además, los hechos le están dando la razón-, pero veamos qué quería decir con ello. En principio, empleó el concepto religión en su sentido etimológico, que, a mi parecer, tras discutirse mucho sobre su origen y plantearse que pudiera venir de reelección, proviene de religare, por parecer etimología más fiable, de "volver a unir" lo que, en un momento determinado, se separó: como Dios y el diablo, o los ángeles y los demonios, o el Reino de los Cielos y el Valle de Lágrimas, o la tierra y los seres humanos; todo ese dualismo propio del judeocristianismo, aunque no sólo de éste, que ha derivado en los daños medioambientales, por ejemplo, a los que en estos momentos nos enfrentamos por considerar la tierra como algo separado de nosotros mismos (cosa impensable en el budismo, porque, allí, la tierra es el hombre y el hombre es la tierra. Todavía hoy, el campesino budista, cuando mete la reja del arado, le pide perdón a la tierra, y cosecha únicamente aquello que necesita para él y su familia, o, en todo caso, para su aldea, para su entorno más cercano). Pues bien, desde ese punto de vista, estoy completamente de acuerdo con la frase de Malraux. Si el siglo XXI no es religioso, es decir, si no volvemos a recuperar ese sentido de unidad, de fraternidad, de armonía; si no dejamos de oponernos todos a todos, los americanos a los musulmanes, las izquierdas a las derechas, los nacionalistas a los globalizadores, los varones a las mujeres, etc.; si no renunciamos al modelo del enfrentamiento y adoptamos el modelo de la negociación, de la complementariedad, vigente en Oriente, frente a la competitividad, efectivamente, por causa de la guerra, o de la contaminación, es decir, por causa de la avaricia, el mundo está acabado.

Precisamente por todo ello, parece haber un replanteamiento de la actitud religiosa en los seres humanos. Por una parte, se ha producido una extraordinario efervescencia o resurrección de la religiosidad, que, desde la Revolución Francesa, se había estado batiendo en retirada constantemente, ya que ésta lo convirtió todo en laico; no sólo el espacio civil, es decir, no sólo la separación de política y religión, algo que es buenísimo, sino también aquellos lugares donde lo sagrado era esencial para un desarrollo armónico y fraterno del ser humano. Pero, por otra parte, la gente se está dando cuenta de que no hacen falta intermediarios para la vida espiritual. No hacen falta iglesias ni liturgias; cualquier persona, desde cualquier lugar y en cualquier momento del día, puede establecer comunicación directa con el espíritu.

Hay dos formas fundamentales de entender la religión: una es la mítica, la otra es la mística. La primera de ellas, existente en todos los lugares de la Tierra, se basa en la definición de un canon, en la interpretación literal de unos textos, y pretende, por tanto, que nos creamos cosas como que Moisés atravesó el Mar Rojo a pie. Es una religión con moralina: no hagas el amor, no fumes, no bebas, y, a mí, ese tipo de religión mítica no me interesa. Sí, en cambio la mística ¿Qué es un místico? El místico es un gnóstico, un hombre de conocimiento, que tiene un laboratorio, un taller, que no es otra cosa que su conciencia. Entonces, a través de una serie de mecanismos, del ayuno, de la soledad, de la oración, de situaciones límite que pueden abarcar desde el arte hasta el sexo en su dimensión sagrada, produce modificaciones en su estado consciente y las va estudiando con el mismo rigor con el que un químico estudia las bacterias, los virus, los microbios, que se mueven en la platina del microscopio. Luego, llega a conclusiones científicas, válidas para todo el mundo porque no son fruto de la fe del niño, sino de la reflexión del adulto. Lo que dicen los místicos cristianos, Teresa de Ávila o Juan de la Cruz, musulmanes, sufistas, budistas y taoístas es exactamente lo mismo, aunque uno lo diga en sánscrito, el otro lo diga en latín o el de más allá, en arameo. Sus referencias culturales parten de la misma esencia, del misticismo, idéntica en todos los lugares de la Tierra. Son, como he dicho, científicos, hombres que practican la religión como un instrumento de conocimiento, como una gnosis, y no como una fe heredada de sus antepasados.

¿Por qué os cuento todo esto? Porque, en definitiva, lo que yo propongo en este libro es, ni más ni menos, que intentemos recorrer el camino de la mística. Olvidémonos de las pequeñas supercherías, de los pequeños fetichismos, de las pequeñas supersticiones de la religión mítica; es decir, pensemos la religión, sintamos la religión, seamos adultos. Entre todos los instrumentos que el místico y cualquier ser humano poseen para indagar en su propia conciencia, hay uno, el más alto de todos, que inmediatamente elimina el miedo a la muerte, sentimiento que está agazapado en todos nosotros y permite que nos manipulen; por tanto, cuando una persona pierde el miedo a la muerte, lo ha ganado todo. El problema es que ese instrumento que permite combatirlo ha sido olvidado por el judeocristianismo, algo que no ha ocurrido en las religiones orientales y que ahora nos viene desde allí como algo nuevo, como un saber de salvación. Me refiero a la meditación, que, en Occidente, es curioso, identificamos con "pensar", cuando es todo lo contrario. Meditar consiste en tener el pensamiento en una danza incesante, como un mono que va de rama en rama, para permitir que el yo profundo, los misterios del universo, las respuestas a quiénes somos, a dónde vamos y de dónde venimos, se manifiesten. Yo os aseguro que quien medita pierde el miedo a la muerte inmediatamente. Que la meditación es la felicidad, es la sabiduría. Así que termino mi intervención con la misma frase, dicha por un maestro oriental, que, hace aproximadamente diez años, coloqué en la primera página de la novela La prueba del laberinto: «El mundo de hoy tiene dos opciones: meditación o suicidio global».

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