25 sept. 2014

El misterio de los túneles Jesuitas en Córdoba, Argentina

REVISTA COSAS NUESTRAS
Nº 7 - CÓRDOBA
Mercedes Salvat

Algunas convertidas en museos, otras en propiedades privadas, las estancias jesuíticas de Córdoba están signadas por una leyenda que habla de supuestos túneles y pasadizos que las unirían entre sí a lo largo de cientos de kilómetros.
La presencia de la Compañía de Jesús en la villa de Córdoba de la Nueva Andalucía -tal el nombre fundacional de la ciudad que más tarde sería conocida en el mundo como La Docta- y su labor en gran parte de la provincia, hicieron que ésta fuera, en los primeros tiempos de la colonización, la región donde se observaron las mayores manifestaciones de progreso. Es reconocida la tarea educativa de los jesuitas en la capital cordobesa (el Noviciado, el Colegio Máximo -base de la primera universidad argentina y tercera hispanoamericana- y el Colegio de Montserrat, entre otros) así como su impronta arquitectónica. Y son famosas las estancias que fundó la Orden, lugares de culto del turismo y visita obligada para los estudiosos de la materia. El Camino de las Estancias, así como la Manzana Jesuítica del centro capitalino, fueron declarados por la Unesco Patrimonio de la Humanidad en el año 2000. Una leyenda habla de kilométricos pasadizos secretos que corren por debajo de estos sitios históricos y la transmisión oral aumenta el misterio.

El nombre de la rosa
Las edificaciones están envueltas por una cuestionada quimera acerca de túneles que las comunicarían entre sí y que recuerda el clima de la gran novela de Umberto Eco. Pero de acuerdo con un reciente documento del Comité Ejecutivo de la Red del Conjunto Jesuítico de Córdoba, esa misteriosa historia subterránea no es más que eso, una historia.

Los estudiosos relatan que, las autoridades españolas de entonces se obsesionaron con la búsqueda de supuestos botines en las construcciones evacuadas.

Los estudiosos relatan que, luego de la expulsión de los jesuitas de América en el siglo XVIII, las autoridades españolas de entonces se obsesionaron con la búsqueda de supuestos botines en las construcciones evacuadas y que fue en la estancia La Candelaria donde encontraron la suma más alta: 90 pesos. "Los soldados del rey -dice el Comité- no pudieron entender que en el sistema económico de la Compañía de Jesús ´todo se compone de trueques y cambios´, tal como en 1762 lo había explicado el padre José Rodríguez en el libro de cuentas". Aquellos militares llegaron a levantar los pisos de las iglesias en su afán por apoderarse de riquezas materiales pero nunca encontraron grandes sumas y tampoco los supuestos túneles. "Una cripta no era un túnel, era una construcción subterránea donde se acostumbraba enterrar a los muertos venerados. La Iglesia de la Compañía de Jesús no estaba unida por túneles secretos con el Colegio Máximo y el Real Colegio Convictorio de Montserrat poseía pasadizos que no eran de uso público, sino para uso privado de los miembros de la Orden. Una red de túneles subterráneos, uniendo a través de cientos de kilómetros las estancias jesuíticas con el Colegio Máximo y la Iglesia de la Compañía en el siglo XVIII, habría causado asombro a las empresas que proyectaron y construyeron el túnel que unió Inglaterra con Europa a fines del siglo XX. Tampoco hubo una Córdoba colonial asentada sobre un tejido de galerías misteriosas; en cambio, había una necesidad cotidiana de conservar en lugares frescos los alimentos y para esto nada mejor que los sótanos", dice el Comité Jesuítico cordobés. La Compañía, cuyo arribo a América se remonta a los tiempos de la conquista, fue expulsada de los dominios españoles por medio de un decreto firmado por Carlos III, que llevaba el pomposo e interminable nombre de Pragmática sanción de Su Magestad en fuerza de ley para el extrañamiento de estos Reinos a los Regulares de la Compañía, ocupación de sus temporalidades, y prohibición de su restablecimiento en tiempo alguno, con las demás precauciones que expresa. Los motivos del monarca nunca fueron claros: se fundamentaban "en Su Real Ánimo". La redacción de la norma, así como su aplicación, se organizaron en secreto. Tal vez ese estilo haya sido uno de los motivos por los cuales el patrimonio jesuítico aún permanezca rodeado de misterio, leyendas, supuestos escondites y visibles equívocos.

Los trabajos y los hombres
Las estancias fueron fundadas por los monjes con objetivos económicos, como el mantenimiento de la Casa de Estudios y del Noviciado. En ellas se cultivaban diversos productos agrícolas y se elaboraban alimentos, se criaba ganado vacuno, mular y ovino, se fabricaban objetos para uso cotidiano, así como artesanías de valor religioso. Quienes cumplían con estas tareas eran los nativos y los esclavos negros del Virreynato, a quienes los jesuitas alfabetizaban y enseñaban diversos oficios. Cada estancia contaba con panadería, jabonería y hornos para quemar cal y elaborar ladrillos y tejas. También había curtiembres y telares. Las principales, cuyos edificios se conservan hasta hoy, son la estancia de Caroya, la de Jesús María, la de Santa Catalina, la de Alta Gracia, la de La Candelaria y la de Sinsacate, construidas entre 1616 y 1704. En sus cementerios descansan los restos de religiosos ingenieros, músicos y docentes.

Alguna sirvió como lugar de descanso de los estudiantes de la Universidad de Córdoba y del Colegio de Montserrat que, por provenir de comarcas lejanas, no podían volver a sus hogares en sus días libres. Muchas fueron utilizadas como posta por personajes históricos como José de San Martín, Manuel Belgrano, Juan Lavalle y José María Paz, el Manco. También se dice que Domingo Faustino Sarmiento se reunía en una de esas casas con su amada Aurelia Vélez Sarsfield. En una estancia jesuítica funcionó la primera fábrica de armas blancas del país: allí fue forjado el sable que usó el caudillo oriental José Artigas. Santa Catalina merece un párrafo especial por haber sido una de las principales sedes en que los jesuitas ejercieron la tarea docente y donde, de alguna manera, se trazó el destino de los aborígenes de la región. Es una construcción barroca con iglesia, cementerio, salas donde funcionaba el Noviciado y lo que hacia 1700 fueron viviendas de cuatro centenares de esclavos. En esta estancia los jesuitas desarrollaron una importante labor en la formación de los aborígenes (sanavirones y comechingones) aunque nunca se preocuparon por estudiar su lengua sanavirona ni los dialectos henia y camiare y, en cambio, quisieron imponerles el quichua, que conocían al igual que muchos de los conquistadores españoles. Según documentos de los siglos XVI y XVII, con la pérdida del idioma propio se produjo también la extinción de esos pobladores originarios. Los religiosos los habían adiestrado en el trabajo de las maderas duras, el hierro y les habían enseñado grabado, platería y su estilo de pintura (el comechingón fue uno de los pueblos aborígenes de mayor riqueza pictográfica de la Argentina: se conservan más de mil grabados y dibujos en el interior de grutas y cavernas de la zona).

La Candelaria, por su parte, es un establecimiento de características especiales, con gruesos muros y puertas de algarrobo que recuerdan un fortín, construido así para resguardarlo de asaltos, ya que se encuentra en un sitio aislado. Es aquella donde los desesperados soldados del rey encontraron en unas escasas monedas su mayor desilusión. Sus muros la protegieron de la real avaricia pero no de la frondosa imaginación humana que quiere pasadizos, misterio, historias contadas en voz baja durante alguna tormentosa noche cordobesa.