domingo, noviembre 23, 2008

La Mala Sangre


Alejandro Napolitano.

El texto que sigue pertenece al capítulo 5 del libro La Malasangre , del médico psiquiatra y terapeuta gestáltico Alejandro Napolitano


ACERCA DEL CRECIMIENTO CEREBRAL CONTINUO


“El fuego descansa cambiando”
Heráclito


Existe una vieja y errónea creencia que afirma la fijeza, la inmodificabilidad estructural del Sistema Nervioso. Curioso, pues parece que nada hay en el Universo, viviente o inanimado, que desmienta que lo único permanente es el cambio. El hecho cierto de que las neuronas no se reproduzcan, ha inducido durante mucho tiempo a suponer que bajo la bóveda craneana habita un firmamento tan firme como el de la bóveda celeste.
Pero así como nos hemos ido enterando de a poco que las estrellas y los planetas tienen poco de estables, e incesante, irreversiblemente, se transforman, así también es necesario incorporar la noción de plasticidad y transformación continuas en la vida de las neuronas y sus circuitos. El cerebro, podríamos decir, es aquel órgano cuya forma de ser es siendo (... )
No podemos afirmar que aquel error sea fruto de la ignorancia. Así como en la época de la gran polémica finisecular entre partidarios de la «teoría de la neurona» y «reticularistas», podíamos ver a investigadores de primer orden en cada bando, también en este caso hubo desacertados ilustres.

En uno y otro momento, el instrumento de trabajo utilizado, técnica de tinción del tejido nervioso, fue el principal causante de inducir los mayores aciertos y los peores errores. Santiago Ramón y Cajal, uno de los mayores histólogos del Sistema nervioso, desarrolló como ningún otro las técnicas de impregnación argéntica, originalmente descubiertas por Camilo Golgi en 1873, en un hospicio piamontés cuyo nombre nos informa claramente sobre las ideas que a fin de siglo imperaban acerca de la locura: Hospicio de I' Incurabili. Esta técnica permitía la tinción al azar de neuronas aisladas que se veían espléndidamente negras recortadas sobre un fondo naranja, delineadas hasta en sus más finas arborizaciones, como enormes árboles contra el cielo crepuscular.
El manejo insuperable de este procedimiento le permitió al maestro español convertirse en el campeón de la defensa de la teoría neuronal. Tal vez, la fascinación que le produjo ver esas imágenes perfectas, e irrealmente aisladas como astros en el cielo le haya impulsado a creer que: «...la especialización funcional del cerebro ha impuesto sobre las neuronas dos grandes lagunas; la incapacidad de reproducirse y la irreversibilidad de la diferenciación intraprotoplasmática. Es por una vez que el desarrollo ha finalizado, las fuentes del crecimiento y la regeneración de los axones y las dendritas se marchitan irremediablemente en los centros nerviosos del adulto los circuitos nerviosos son algo fijo, acabado, inmutable. Todo puede morir, nada puede regenerarse.» (Santiago Ramón y Cajal: Degeneración y Regeneración en el Sistema Nervioso, 1928).

Querido maestro, gracias a Dios, las cosas no son así.
Una antigua Escuela de Trabajo sobre sí transmite que los tres principios nutrientes para el hombre son el alimento, el aire y las impresiones, y que cada uno de ellos permite el sostén y el desarrollo vivientes. Así como la digestión y la asimilación de los alimentos materiales, tras su incorporación, pasan a formar parte de nuestro ser, a servir a la reparación y crecimiento de nuestro cuerpo, y a ser, indiscernibles de éste, las impresiones, debidamente procesadas y asimiladas son «hechas carne» gracias a las modificaciones que suscitan en nuestra estructura neural.
La primera investigación que mostró estos fenómenos de transformación y regeneración en el SNC es del año 1958, sus autores C. N. Liu y W. W. Chambers, y el nombre del trabajo Intraspinal sprouting of dorsal root axons (Germinación intramedular de axones de las raíces dorsales). Demuestran que tras las lesiones de las raíces dorsales de la médula espinal, se suscitan procesos de regeneración del tejido nervioso, detectados a nivel de los axones. Estos muestran brotes (sprouts) que van reconstituyendo el tejido dañado.

A lo largo de la década del '60 aparecen los descubrimientos de Rita Levi-Montalcini acerca del NGF (Nerve growth factor, Una sustancia química fabricada por la neurona que promueve el crecimiento nervioso) brindando un poderoso estímulo a las investigaciones sobre regeneración neural. El proceso comenzará entonces a comprenderse, no como una simple reparación de lo dañado, sino como la manera que las neuronas tienen de crecer y desarrollarse, iniciando así el uso del término neuroplasticidad.
No obstante, aún en los inicios de los '70 la atención está sólo fijada en el axón, y en su capacidad, vista a trazos gruesos, de «germinar».
Los avances de la biología molecular y la microscopía electrónica, permitirán percatarse, de a poco, que no es el tronco del axón, sino en la complejización sináptica, donde estos descubrimientos reciben sus connotaciones más impresionantes (...).
A partir de 1892 y hasta 1907 Oscar Vulpius primero y sobre todo Theodor Kaes, en Hamburgo, después se dedican a efectuar estudios mielogenéticos y mieloarquitecturales intracorticales. (...) Estos dos autores investigan qué sucede con las fibras mielínicas que transcurren por el interior de las seis capas de las distintas áreas neocorticales. Es así que descubren que, a diferencia de los haces subcorticales, que completan su mielinización con el fin de la infancia, las finísimas fibras mielínicas en el interior de la corteza:
a) Nunca dejan de crecer y complejizarse.
b) Ese crecimiento es diferencial, es decir, crecen en las áreas más estimuladas.

La gran observación de Vulpius y Kaes consiste en que logran determinar que el tejido nervioso de la corteza cerebral, a diferencia de otros tejidos del organismo, no tiene un crecimiento ascendente hasta la madurez, que luego se transforma en meseta durante la adultez, para declinar en la senilidad. Sino que es ascendente desde el nacimiento hasta que inicia el descenso con la senilidad, sin meseta. Además, ese crecimiento no es homogéneo, igual para toda la corteza, sino más importante en aquellas áreas más ejercitadas, y menor en las que reciben una estimulación inferior. El cerebro de un violinista deviene diferente del de un matemático o un albañil. Si Flechsig introdujo el tiempo como maduración biológica, Vtjlpius y Kaes incorporan la temporalidad, como biografía y como historia en la conformación cerebral. Las experiencias vividas, los vínculos, los momentos significativos de nuestra existencia, van amasando en su transcurrir una estructura cerebral que es propia... y cambiante. (... )

Las investigaciones neurofisiológicas que comenzaron a señalar la neuroplasticidad como base de los procesos de memoria y aprendizaje datan de 1948 (Konorsky: Conditioned Reflexes and Neuron Organisation) y 1949 (Hebb: The Organisation of Behaviour). Estos autores (el último de ellos psicólogo) idearon un modelo neuronal de «detección de coincidencias» en la formación de la memoria, que ha sido confirmado por la moderna Biología Molecular, pasando a conocérselo desde entonces como modelo hebbiano. Básicamente Hebb y Konorsky supusieron que los procesos neuronales de aprendizaje serían posible si las dos neuronas involucradas en la sinapsis considerada se hallaban activas al unísono, lo cual potenciaría enormemente la eficacia sináptica, permitiendo que se produzcan, así, los cambios plásticos (estructurales) necesarios, conocidos como engramas.
Por primera vez pudo observarse que esto en verdad sucedía así en 1973 (Bliss), siendo las primeras sinapsis excitatorias que permitieron su comprobación las existentes entre las fibras perforantes de la corteza entorrinal y las células grano del gyrus dentado hipocámpico, una estructura arquicortical del cerebro límbico necesaria para la formación de la memoria en el hombre. El proceso pasó a ser conocido desde ese momento como Potenciación a Largo Plazo (LTP), pudiendo ser extendido, primero a todas las estructuras hipocámpicas, y después a numerosas regiones cerebrales, por lo que se ha convertido en el modelo dominante de la neuroplasticidad cerebral sináptico-dependiente, base de los procesos de aprendizaje y, por lo menos, de algunas formas de memoria. (...)
La LTP es un proceso fascinante, pues, si bien representa un modelo «tan solo» sináptico, permite abarcar en un proceso único, continuo y coherente una serie de eventos que se pueden analizar desde el nivel molecular hast el conductual.

Lo primero que permite esta manera de ver las cosas es borrar toda escisión entre «orgánico» y «funcional» ya que queda claro que el cerebro en un órgano determinado en su estructura, no existiendo rendimientos cerebrales que no se hallen sostenidos por algún tipo de complejización organizacional. La experiencia vivida tiene, así lo vimos, una participación directa en la conformación cerebral, y esta participación es posible gracias a que la vivencia, por así decirlo, dispone de un acceso privilegiado al corazón del sistema, hallando, mediante la transformación codificada de sucesos, los caminos adecuados que le permiten llegar a modular la mismísima expresión del código genético. (...)
Los complejos procesos autorreferenciales implicados, ya sea en la modulación transináptica de la LTP, como en la inclusión de bloques del sistema más allá del nivel sináptico, muestran que además de hallarse el cerebro determinado en su estructura, es también determinante de su estructura.

La relación entre el cerebro y realidad exterior no es, por lo tanto, representacional, en el sentido que el cerebro, de alguna manera refleje, o reproduzca cierta realidad que está allí fuera, sino que mas bien construye coherencias, o montajes isomórficos, estructurados como un campo único, con un polo orientado hacia aquello que, en estado de plenitud de desarrollo, se denominará el sujeto y el otro hacia lo que recibía la denominación de ambiente, realidad o entorno. Ese campo único, que subsume la noción de sujeto y objeto, individuo y medio, que es antecedente y fundamento de toda experiencia, es ya, sin embargo, una relación y se llama mundo. (...).

Disponemos entonces, en base a este conjunto de información, que proviene de la neurohistolgía, la neurofisiología, la biología molecular y la genética, de una plataforma firme que nos permite establecer ciertas peculiaridades del funcionamiento neural bastante alejadas de los prejuicios clásicos.

Podemos percatarnos como, en base a su capacidad morfogenética muy plástica, el cerebro adecua su estructura a las cambiantes condiciones del entorno o del organismo mismo. Como se hace posible leer los rastros y huellas microscópicas que la experiencia dibuja en esa delicada carne.
Comprender de qué manera, lo que podrá suponerse una férrea predeterminación genética es el resultado de un larguísimo dialogo, de consecuencias imprevisibles, entre las innumerables posibilidades de ser anidadas en el código genético y el fluir de la existencia misma.
Aquí, como en la física relativista., comienza a ser posible imaginar la Materia, el cuerpo, el cerebro, como una forma condensada de la energía viviente.