domingo, noviembre 23, 2008

La Puerta de la Eternidad


Jamás en mi vida había visitado un lugar como aquel. Centenares de muertos vivientes se agolpaban en sus calles esperando la llegada de la “liberación”.

Han pasado apenas 24 horas desde que regresé de ese lugar. Aún tengo mi mente plagada de las sensaciones más brutales. Muertos andantes, cadáveres crepitando al calor de la lumbre, cráneos destrozados y perros disfrutando de los últimos restos de cerebro humano. Un sitio que ha acompañado mis pesadillas más atroces durante años. Dos décadas atrás, más o menos, estuve allí por primera vez. Cuando partí, me prometí regresar; no sabía cuándo, pero lo haría. Hace menos de una semana que cumplí mi promesa.
Volví a caminar por las calles de una de las ciudades mas antiguas del planeta, reencontrándome con mis pesadillas, con la muerte cara a cara. Estaba de nuevo en Kashi, la luminosa ciudad de la fe, conocida en la actualidad como Varanasi o Benarés. Poco ha cambiado la vida allí desde el siglo V a. de C. Fuera de sus murallas, en las otras ciudades santas, el tiempo y la modernidad lo han transformado todo, pero aquí el día a día transcurre como hace milenios, salvo que ahora hay agua y electricidad. El tráfico más caótico del mundo está aquí.

Se siente el peligro. Sin embargo, determinadas reglas no escritas son respetadas por todos. El peatón cede el paso a las bicicletas, éstas a las motos, las motos a los coches, los coches a los camiones… Y así sucesivamente. El pequeño respeta al mayor… Pero entre todo este caos, hay una reina a la que todos respetan: la vaca sagrada de la India. Toda la ciudad tenía una mezcla de difícil definición.

El humo de los coches se mezclaba con las esencias y con ese extraño polvo que ya sabía a qué pertenecía: ¡el polvo de la muerte!

La ciudad de la luz
Benarés es una urbe que te golpea los sentidos y la mente. Al llegar notas la presión; es tan fuerte que llega a descolocarte hasta acercarte a los límites de la locura. Lo pude comprobar mientras me aproximaba a la orilla del sagrado río Ganges. Allí, junto a miles de peregrinos que se acercaban a cumplir su ritual sagrado, podía encontrarme con cadáveres de europeos.
Eran jóvenes viajeros que habían anclado sus cuerpos en la ciudad sagrada. Algunos buscaban la santidad ansiada y otros parecían fuera de sitio por el impacto que esta ciudad produce. Hombres vestidos con ropas hechas jirones y que caminan como zombies son parte del paisaje de la misma. Nada alegre siente uno al verlos.

Era aún de noche y todavía reinaba cierta tranquilidad en las calles y en la ruta –de apenas un kilómetro– que me separaba de las aguas del río sagrado, donde llegué antes de que la bruma se disipara. Las sombras se dejaban vencer por la incipiente luz, y tranquilamente tomé asiento en las escaleras. Fue entonces cuando comenzó el “espectáculo”. Una multitud de fieles hindúes bajó los peldaños de los ghats, esas escaleras de piedra que se funden con la orilla del río.

Llegaban de todas partes, con sus ropas coloridas, para darse un baño al amanecer, el momento más propicio del día. Muchos de ellos habían caminado por todo el país durante semanas o meses para venir a sumergirse en estas aguas y purificar así su cuerpo y alma. Poco a poco se fueron acercando a la orilla, y al llegar al agua, entregaron como ofrenda una lamparita de aceite, símbolo de la luz que acaba con las tinieblas de la ignorancia. Después, daban unos cuantos pasos más y se sumergían hasta la cintura; permanecían inmóviles, absortos en sus oraciones.

El espectáculo era mágico, la luz del Sol aún no había culminado y las miles de lamparitas de aceite flotando sobre el río brillaban como miriadas de luciérnagas. Las mujeres realizaban también el ritual: se acercaban a la orilla y ofrecían guirnaldas de flores al Ganges. Un poco más allá, a unos metros, vi un grupo de peregrinos sumergiéndose completamente durante largo rato.Luego, ajenos a toda la suciedad, junto a varios cadáveres hinchados, comenzaron a enjuagarse la boca y enjabonarse el cuerpo. En esta ciudad de la luz, cada amanecer era un nuevo milagro. Sentado en la orilla seguí contemplando el espectáculo.

Los ancianos, con los ojos cerrados, ajenos a todo lo que les rodeaba, meditaban, y a su alrededor grupos de animales comenzaban a desperezarse. La figura de varios santones con la cara cubierta de pinturas sagradas me llamó la atención. Seguían allí como hace miles de años, recitando versos de las escrituras védicas. Y junto a ellos, brahmanes, santos y estudiantes de todas las edades practicaban sus ejercicios de yoga y de control de la respiración.

Todos unidos esperábamos la renovación del milagro diario, la aparición del disco de fuego, del Sol que estaba a punto de emerger en la otra orilla. Por un momento pareció que todo aquel alocado movimiento se detenía… Un rayo de luz despuntó. En ese momento todos giramos la cabeza fervorosamente y unimos nuestras manos para agradecer el milagro. Poco a poco, el disco de oro se levantó y miles de fieles lanzaron las ofrendas al Sol sobre las aguas del río, que se llenó de flores, guirnaldas y pequeñas velas que iniciaban en ese momento su particular viaje hacia la eternidad.