domingo, noviembre 23, 2008

La Vida Como MIsterio

Daniel Vargas Gómez
Universidad de los Andes
Bogotá-Colombia
marzo 2004
vdanielv@yahoo.com


(Una reflexión desde la Filosofía de la Existencia)

Todo ser humano busca claridad, saber a que atenerse, bien sea con las cosas o con los demás. Pero tanto los demás y las cosas hacen parte de su vida. Así, podemos decir que todo ser humano en algún momento (o varios) se pregunta acerca de su vida, sobre lo que ha sido y lo que viene siendo. Su sentido adquiere un valor inmenso en esa reflexión. Sin embargo al indagar sobre nuestra vida, la pregunta se efectúa de una forma tal, que aparece una implicada dualidad entre el Yo que pregunta y aquel sumergido en esa vida sobre la que se pregunta. La manera en que se presenta esta dualidad está ligada a los procesos mismos del intelecto humano, más aun a la epistemología propia del sujeto que pregunta por la vida. Por esta razón debemos comprender que esta pregunta puede responderse de dos formas distintas- la naturaleza propia de cada reflexión, su uso particular, depende de aquello sobre lo cual actúa el pensamiento-, mediante un análisis en el cual descompongo y estudio todos los elementos propios de mi vida para una posterior construcción ideal que me permita formular hipótesis sobre lo que ha sido y será este fenómeno que llamo vida; o puede también responderse mediante el recogimiento profundo en el cual la indagación principal recae sobre el ser que acompaña la vida, ser que, en este caso, es a la vez el del sujeto que inquiere.(1)

Cuando hablamos de la primera clase, la reflexión primaria, nos referimos sobre todo al ataque más violento que puede realizar el intelecto sobre alguna cosa, de tal forma que el todo difuso que percibimos inicialmente nos revele sus elementos constitutivos. Todo con el fin de poder lograr reconstruir el todo de manera abstracta, ideal; pero a la vez este todo ya no se presenta como inquietud sino que se presenta resuelto y por tanto tendríamos conocimiento pleno de la cosa en cuestión.

Este breve esbozo sobre la reflexión primaria tiene como objetivo darnos a entender para qué sirve y para qué no sirve. La clave está en comprender las implicaciones que existen cuando usamos la reflexión primaria. Esta reflexión -podemos decir- es útil cuando tenemos un problema delante nuestro. Aquí con “problema” me refiero a aquella manera de aproximación a la realidad en donde lo que se busca es la comprensión extensiva de algún objeto. Maritain se refiere a esta cuestión de la siguiente manera: (2) el aspecto de “problema” se presenta allí donde la ciencia es menos ontológica, donde lo que se busca es completar alguna noción abstracta anterior, o desarrollar una de manera que pueda identificar otros problemas o resolver el primero. El estudio de algún modelo económico, de la fuerza gravitacional actuando sobre algún objeto, o el enfrentarme a un ejercicio matemático serían algunos ejemplos de lo que significa el aspecto del “problema”.

Así, volviendo a nuestra pregunta inicial, cuando me cuestiono sobre mí vida es imperativo entender que la pregunta que se plantea pertenece a un plano distinto a este del problema.

Si bien es evidente que la pregunta nos remite al plano existencial, podríamos pensar que en todo caso si nuestra vida es cuestión de interrogante es porque se nos presenta como problema. Pareciera que sería más que suficiente el que simplemente pudiésemos resolver este problema y volver a nuestra rutina habitual. No podríamos estar más que satisfechos si pudiésemos tras la reflexión adquirir una idea clara sobre nuestra vida en donde sólo tuviésemos que mantenernos fieles al modelo para dar la discusión por terminada de una vez y para siempre.

A pesar de lo deseable que pueda sonar esto para algunos, cuando le damos término a la pregunta de esta manera no estamos reconociendo la disposición distinta que esta misma nos plantea. Esta disposición distinta es aquello que hace imposible que respondamos a esta pregunta de la misma forma a como lo haríamos frente a un cálculo matemático. Así, nos debe ser evidente que la reflexión primaria es inútil cuando preguntamos sobre nuestra vida.

Debe conseguirse alguna claridad si comenzamos por cuestionar la dualidad de la que hablé al principio, aquella que surge entre el “Yo” que indaga y la vida sobre la que se indaga.

La crítica recae en que a pesar de ser posible esta dualidad, es decir: a pesar de poderme de algún modo desprender de mi vida para así por ejemplo: criticar mi propio comportamiento, sentir arrepentimiento de alguna cosa hecha o sentir vergüenza sobre otra, en todo momento, sin embargo, no puedo más que sentirme inmerso en aquello de lo que hablo, en forma alguna puedo referirme a mí mismo como lo haría con un extraño; el carácter mismo con el que me evalúo presenta un interés especial sobre lo evaluado. El objetivismo resulta justamente en el opuesto a este carácter porque no puedo evaluar mi vida más que porque es Mí vida. De alguna forma mi propia subjetividad es un obstáculo imposible de superar para el espíritu objetivo, pero más aún, sólo en tanto subjetividad puede esta cuestión tener importancia.

Podríamos pensar en la no extraña situación de poner a otro a preguntarse sobre mi vida, sentiríamos además que sus consejos, razones o correcciones carecen de autoridad, ¿quién es ese para juzgar sobre mí vida?, y es así porque en esta materia siento la imperiosa necesidad de ser Yo el que la responda. Parece ser que de forma radical la cuestión sobre mí vida sólo puede plantearse en términos en los cuales logro identificarme con ella, es decir: no es aquí la subjetividad un obstáculo sino más bien un requisito para tener claridad sobre mi vida.

Es posible que pudiera aún existir resistencia por parte de algunos sobre lo anterior. Podrían quizá argumentar que es quizá un reto necesario de la mente el poder ser objetiva frente a la pregunta de la vida , o desde otro punto de vista, se podría combatir esta subjetividad argumentando la necesidad de despersonalizar al individuo, hacerlo parte de un sistema o estructura que explique su realidad entera y por ende su vida. Ambas posiciones nos invitan a profundizar sobre la cuestión dándole salida de forma tal que se muestre el error que ambas suscitan, sin necesidad de una crítica propia a cada una.

Cuando hablamos de vida como vida humana, debemos reconocer la necesaria inquietud que lleva en sí. Podemos, cuando hablamos de vida animal, sea un perro, una hormiga o cualquier otro animal, reconocer en esta noción que aparece de por sí ya resuelta esta vida. Ya Julián Marías lo explicó en otro lado, y es que cuando reconocemos y pensamos la vida de otro ser (animal), por ejemplo un perro, la pensamos casi inmediatamente como vivida y esto es porque sabemos el sentido propio de esta: en este caso el perro tiene un vivir necesario, donde vive para ladrar, reproducirse, etc. El vivir es un vivir para algo, y un algo sumamente concreto. Pero cuando hablamos de vida humana, esta noción tan clara que tenemos con los demás seres casi pierde toda utilidad. Se vuelve pura ficción toda noción que creamos tener. A pesar de poder reconocer algunas cosas evidentes; podemos reconocer que el hombre vive sujeto también a ciertas necesidades biológicas, esto en ningún modo constituye lo que podríamos llamar vida humana. Sería un sesgo impensable recluir al hombre a un mero funcionalismo biológico, más aun cuando hoy se habla ya de las necesidades psicológicas de algunos animales domésticos.

Nos vemos entonces forzados a reconocer la imposibilidad de definir la vida humana como lo haríamos con una cosa, y así tenemos como primera conclusión que la vida humana no es una cosa. Pero la cuestión es aun más impactante cuando hablo de mí vida, es decir, una definición formal cuando nos referimos a nuestra vida suena realmente descabellado, ninguna persona seria se atrevería a dar una definición de su propia vida. Y si no podemos tener una noción clara de vida humana y menos aun de nuestra vida. ¿Cómo proseguir con esta investigación? ¿Tiene sentido todavía la pregunta inicial?

Retomemos algunos puntos clave; es cierto que nuestra vida no nos aparece resuelta y poco parece ser lo que podemos hacer para llegar a una idea clara sobre la misma. Siendo esto así debemos de nuevo, aunque con mayor rigor, preguntarnos si soy yo el que debe responder acerca de mi vida o si debe venir de fuera la orientación que busco. El mayor problema que encuentro, de nuevo, es la incertidumbre que me presenta la respuesta que venga de fuera. Puedo recibir una respuesta rigurosísima, sistemática, con una lógica impecable, pero ante esta puedo validamente preguntar, ¿qué diferencia mi vida de la de los demás? Y ¿Será mi vida igual mañana? Es que a pesar de lo “precisa” que sea la definición que pueda venirme de fuera, mi vida se me sigue presentando como algo importante, distinta, con valor propio, y en segundo término, una definición de fuera qué me puede decir sobre mi vida a futuro, es decir no sólo en cuanto a su sentido o no, sino en tanto a la validez de esta definición, ¿será válida tanto mañana como dentro de veinte años?

Me refiero con todo esto, a las respuestas totalizadoras que pretenden dar las teorías de orden estructural y funcional. Estas desconocen el trasfondo personal del sujeto. Poco o nada harán para realmente descubrir aquello que se pregunta. Resulta no sólo incómodo sino realmente aterrador la forma en que algunas personas parecen satisfechas cuando las definen de esta manera, y digo aterrador porque al aceptar esto pretenden no encontrar problema en negarse a sí mismos y someterse al yugo de un sistema sobre el cual no hay vuelta atrás y donde pareciera que el determinismo o el puro azar son el necesario desenlace a tan amargo análisis sobre la vida humana. Es evidente que debemos reconocer la importancia de la circunstancia propia de cada vida, sería poco riguroso, sin embargo, quedarnos con una respuesta que pretenda explicarlo todo a través del entorno social en que se vive, y es que aquí además se está perdiendo de vista lo personal que resulta para mi la circunstancia; no es esta un mero contexto sino una experiencia de vital importancia que afectará al sujeto de manera personal y que ella misma sufre también un cambio cuando la aprehendo.

Y, de nuevo, esta digresión aunque necesaria no nos ha dado luces sobre la cuestión capital. Estábamos en que la falta de una definición precisa ponía en duda nuestro esfuerzo por darle una respuesta satisfactoria a la pregunta sobre nuestra vida. Intentemos retomar nuestra pegunta reconociendo el sitio que tomo dentro de mi vida. Este reconocerme, me es posible hacerlo de dos formas, como espectador o como protagonista. Ambos conceptos nos refieren a un teatro, referencia que para el caso resulta bastante conveniente. Un espectador es aquel que se encuentra a cierta distancia de la obra mientras sucede, pero esta distancia no le impide estar atento y muy pendiente de la obra aunque también podría no estarlo sin afectar en lo más mínimo aquello que acontece. Es posible que sufra, ría, que realmente se sienta un poco en la obra, pero a fin de cuentas sabe que sus sentimientos no son genuinos, no pertenecen más que a ese esfuerzo por disfrutar del espectáculo. Así, cuando todo termina el espectador vuelve en sí, descansa y reconoce todo como pasado, se da cuenta que en últimas no le concernía lo que sucediera en la obra, no tuvo nada que ver con ella, nunca fue, en conclusión, parte de la obra, su existencia no fue por tanto tocada por los acontecimientos, su ser quedó intacto. Pero bien podríamos contestar que el espectador puede, incluso siéndole ajenas, enriquecer su propia existencia por aquello que presenció; como una lección que aprende de otros. Responderíamos que es cierto esto, el espectador podría experimentar un crecimiento personal, pero esto sería así no en cuanto espectador propiamente sino en cuanto cambia su perspectiva y busca hacer propia aquella experiencia, es decir, cuando busca una analogía con su propia vida y esto no puede suceder en papel de espectador, el espectador es esencialmente distante, observador sí, pero no más. Cuando reflexiono sobre mí vida puedo en muchos momentos darme cuenta si he sido espectador, si he tomado distancia de lo que me rodea, si observo y vivo sin más, o mejor dicho, si no vivo realmente. Lo cierto es que esta posición de espectador dentro de mi propia vida revela una pasividad inusitada, una pura esterilidad. En el fondo esta actitud parece no ser mía, parece más bien alejarme de mi vida porque en el fondo no puedo más que sentir la necesidad de participar en esta obra, el sentido de propiedad toma su máxima expresión respecto a la obra misma, no es una obra cualquiera sino que de algún modo me doy cuenta que es mía y me siento responsable por su buen desarrollo. Vemos entonces que el ser espectador tiene el inconveniente de implicar el estar alejado, en su pleno sentido ausente de la vida misma y por lo tanto no nos permite saber qué es esta, por esto se hace necesario que avancemos para referirnos a la segunda posición de la que hablamos, la del protagonista.
El protagonista, al igual que en el teatro, lidera la obra; esta será escrita en derredor suyo y toda decisión del protagonista modela el desarrollo mismo de la obra y su desenlace. Es bastante esclarecedora esta posición del protagonista en cuanto parece referirse en forma más verosímil a lo que identifico como mí vida. Puedo sin temor sentirme protagonista de esta obra propia en la que me encuentro. Podemos decir que es cierto que el protagonista del teatro muchas veces se ve empujado a actuar, su decisión parece previsible o determinable en muchos momentos, pero en últimas es él quien decide y es protagonista, nunca deja de serlo. Del mismo modo en nuestra vida podemos encontrarnos muchas veces con que estamos de manos atadas frente a algunas situaciones, pero aun así seguimos siendo portadores del papel principal y de nosotros depende el presente y futuro de la obra. Esta “dependencia” que parece surgir nos descubre una verdad de suma importancia y rica en significado. Mi vida-su actualidad, su cumplimiento- es, cuando la aprehendo, mí responsabilidad. Parece evidente, pero más allá de una aparente redundancia, se encuentra una verdad implícita de carácter radical.

Si mí vida es responsabilidad es porque yo decido sobre ella y he aquí el descubrimiento más grande que hemos hecho hasta el momento, mí vida es en su expresión primaria algo sobre lo que yo decido, que no me es dado en ningún modo, y si yo decido sobre algo es porque necesariamente soy libre para hacerlo. Por lo tanto yo soy libre para hacer o no mí vida y concluimos por ahora además que la vida, pues, es un quehacer que yo hago, que hace cada cual en la suya propia.

Dejemos por ahora esta idea genial-a la que volveremos- y reparemos de nuevo sobre la analogía con el teatro que aun merece la pena ver con más detalle. Esta analogía es, como vimos, de gran utilidad para comprender la situación de protagonistas en la que estamos situados dentro de esta obra que llamamos nuestra vida. Sin embargo podemos ver que existe una diferencia importantísima entre el teatro y nuestra vida. En el teatro el actor se encuentra con un guión y un director que lo llevan a través del personaje, que lo guían en su actuar dentro de la obra. Pero aunque esto se cumple en el teatro no cabe hablar de ello en nuestra vida. Resulta que en nuestra vida nos encontramos con que somos protagonistas sin libreto y sin director, nos encontramos como perdidos dentro de la obra, es decir: estamos en una situación tal en donde simplemente somos arrojados al escenario y debemos proceder con nuestro papel. Así, pues, tenemos que nuestra vida se nos aparece como un estar en el mundo sin más.

Este estar en el mundo recoge toda nuestra persona, aquella que es arrojada en el escenario, y es parte esencial de nuestro carácter de seres humanos. Pero aún debemos agregar que cuando nos referimos a este estar en el mundo o mejor, cuando caemos en cuenta de él, como un descubrimiento, cabe preguntarnos si es en verdad esto. Es evidente que no lo es, es decir, ya era así antes de nosotros descubrirlo, es una condición previa a cualquier reflexión nuestra, nos precede a nosotros mismos. Mi vida es por lo tanto un hecho pre-existencial a mí mismo, de naturaleza previa en tanto toda reflexión no puede más que suceder dentro de ella misma. Esta condición previa a nosotros mismos es aquello sobre lo que no decidimos, no decidimos el empezar a vivir, ni el vivir aquí y ahora, sólo decidimos el qué hacer con esa vida.

Es fundamental sabernos viviendo, y ese saber es saber que la vida nos pertenece ahora, que no somos propiamente vida cuando no reparamos en ella (3) y que no podemos darnos otra porque de manera estricta no la poseemos, sólo nos encontramos en ella, nos es dada gratuitamente. Así, hasta el momento hemos visto dos ideas claves de nuestra vida, que es un quehacer y que se nos aparece como un estar en el mundo. Nuestra vida es en su desnudez, en su forma primaria ésto, el encontrarnos “ahí” en el mundo en donde debemos decidir “qué hacer.” Este hacer comprende nuestra vida, no lo podemos aplazar-aplazar es ya un hacer-, no podemos más que seguir haciéndolo, y en este hacer nuestra vida nos hacemos a nosotros mismos, eso es lo que somos. La verdadera respuesta sobre nuestra vida empieza justamente aquí, en nuestro hacer, cuando nos damos cuenta que debemos actuar, siempre ha sido así pero ahora somos concientes de ello, y cuando somos concientes de ello buscamos que nuestro actuar no sea azaroso sino lo contrario, que en últimas tenga sentido, cualquiera que este sea. Pero antes de hablar de sentido alguno reparemos sobre este actuar situándonos de nuevo en el teatro. Cuando nos encontramos en el escenario, cuando de manera estricta, salimos a escena, los demás actores y el público esperan que actuemos, nos empujan a hacerlo, y esto es así porque cuando actuamos de manera tal que nos acomodamos a la escena, le damos concordancia, permitimos que la obra fluya, y esto se representa en los diálogos que sostenemos con los otros actores. Estos diálogos son comunicación que crea la escena, crea y recrea las relaciones entre actores, su fin es crear, de ahí que podemos definir nuestro actuar esencialmente como un actuar creador.

Si bien en el teatro me veo empujado por el mismo libreto a actuar, sabemos que no es así en nuestra vida, en esta aquello que me empuja no es un libreto-o no lo es al menos en sentido estricto-, aquel empujón me lo da mi propia circunstancia y mi propio yo, reparemos en esto un momento; ya sabemos que mi vida es ante todo un estar en el mundo y un quehacer de algún modo sometido a este “estar” en el que me encuentro, pero más específicamente este mundo que me rodea, que me es ajeno, porque no lo controlo a voluntad como una extremidad mía, es un mundo de personas, de cosas y más aun una circunstancia donde me es dado el relacionarme con otros, sean estos hombres, organizaciones, animales, cosas, etc., y este relacionarme al menos con algunas personas es ciertamente voluntario en tanto soy yo el que me relaciono de la forma en que lo desee.
Esta relación que tengo yo con los demás puede o no ser verdadera; donde se que una relación entre sujetos va más allá de una transacción comercial o un accidente de tránsito porque en estos no hay más que un encuentro donde el encontrado no importa, bien podría comprarle a aquel o haber tenido el accidente con el de más allá, allí ciertamente no hay un conocerse. (4)

Ahora, es cierto que mi vida consiste en otras relaciones además de estas que llamamos intersubjetivas, pero para poder dar luz específicamente sobre la cuestión que llevó a este escrito estas serán el tema principal, veamos porque.

La manera en que nos relacionamos es fundamental para entender la complejidad y la riqueza de nuestra experiencia. Cuando tenemos una relación distinta a aquella que comenzamos por llamar con Marcel intersubjetividad, incluyendo en estas todo tipo de relación con las cosas e incluso cuando nos acercamos a alguna oficina del gobierno debido a algún trámite burocrático, vemos que en estas relaciones prima un interés desvinculado absolutamente de la realidad propia que enfrentamos. Podemos comenzar por caer en cuenta que en este tipo de relacionarnos con el mundo existe como primer término en la relación el reconocer en aquello con lo que nos relacionamos una realidad que o bien presupone su ser o lo desconoce absolutamente. Vemos que cuando hablamos con un vendedor en busca de sus servicios nuestra única relación será comercial, desconozco que es una persona con la que hablo, bien podría ser un robot para el caso, presuponemos evidentemente que aquel sujeto existe como ser humano, pero sólo como aquel que nos provee un servicio; si cuando nos acercásemos a comprar aquel que creíamos un vendedor resulta no serlo podríamos decir que casi desparece por completo de nuestro marco visual, es una nada para nosotros que buscamos comprar. El más grave síntoma que sufre la sociedad en este sentido consiste justamente en que siempre que estamos con alguien terminamos por desconocer su humanidad y transformarlo irremediablemente en un mero papel, sea el de vendedor, oficinista, profesor, etc., sin reparar jamás en que su realidad radical no es aquella que se nos presenta de forma tan burda sino aquella que se conforma y es conformada a su vez por su esencia de persona. Del mismo modo nuestra relación con las cosas puede traducirse en una de puro interés de uso. Es cierto que las cosas son en parte debido al papel que juegan en nuestra circunstancia dada, una piedra puede bien ser un obstáculo o un apoyo dependiendo de la circunstancia, sin embargo su ser no es únicamente aquél que le conferimos sino aquel que posee por el mero hecho de existir. La piedra nos es útil o inútil, pero no es un mero aparejo, un objeto sin más en nuestra experiencia que bien podría estar o no. Los objetos son en sí aquello que llena nuestra experiencia y nos dice quien somos, su facilitarnos las cosas o no es a la vez muestra de su efectiva existencia; los objetos son siempre distintos de mí, por eso son facilitadores o no de algo, pero por eso mismo puedo yo saber que no soy ellos, que no son parte de mí y que mi persona está en últimas en control o no de aquellos pero que ellos no lo estarán jamás de mí.

Las cosas, el mundo de cosas, por su mero existir me permiten definirme a mí mismo, este es su papel más importante cuando hablamos de mi vida. Y así podemos decir que la única manera de evitar esta actitud frente a algo y alguien es el reconocimiento de su ser, es saber que allí hay algo que como ser merece ser amado.

En esto consiste justamente la intersubjetividad. Esta consiste en el reconocer la verdadera riqueza de nuestra experiencia y por eso su importancia. Pero no se trata de un olvido del yo, eso no sólo sería imposible sino inútil porque reconocer la experiencia es darse cuenta que esta experiencia es mía, que yo soy el fondo íntimo de esta y que de su significado depende aquello que soy. Se me impone reconocer que sólo en la reflexión profunda de esa experiencia logro comprender de un lado mi propia existencia y el sentido de itinerancia, de devenir de la misma. Siendo así podemos ya sin temor a estar equivocados proceder por medio de la reflexión segunda al estudio de la propia vida. Además como hemos recalcado la importancia de la subjetividad en este proceso, es preciso que se entienda esta reflexión como un necesario recogimiento, donde no sólo me encuentro a mí mismo sino que como sabemos me encuentro únicamente en cuanto me siento con otros, es decir, si bien reconocemos este encuentro como algo que se lleva acabo por y para el sujeto en tanto es este el que se sabe siendo vida, es evidente que aquello que mencionamos como la responsabilidad propia de cada uno con su vida implica la responsabilidad de ese quehacer que es quehacer con los demás, y por tanto, como vimos, este quehacer con los demás es responsable en tanto reconoce a los demás, en tanto es intersubjetividad. En otras palabras, el actuar singular en mi vida no tiene sentido en tanto actuar desvinculado de toda realidad distinta a mi Yo. Es en cambio cierto que ese actuar cuando deja de ser egoísta, cuando salgo de mí mismo, cambia radicalmente la vida de los implicados porque permite la creación de vínculos, de relaciones propiamente dichas. Aquel que cree vivir cuando vive-sin éxito alguno- sólo para sí no vive entonces realmente, porque vivir es justamente vivir con otros, es relacionarse. Son estos vínculos, estas relaciones intersubjetivas las que hacen que la vida misma se desarrolle con algún sentido, sentido que tras la reflexión segunda queda claro que hacemos pero no ponemos nosotros. Nuestro ser es un ser que se encuentra a lo largo de ese devenir que es nuestra vida pero que su esencia no es un puro devenir sino un cierto tipo de cumplimiento, es decir: es nuestra responsabilidad el quehacer pero no es de nosotros-y no podría serlo- el saber el sentido profundo de ese quehacer, el que abarca su entera acción no como una contabilidad sino como un mismo todo. Y entonces queda claro que la clave para responder sobre la cuestión de nuestra vida será el comenzar por reconocernos como seres itinerantes, que viven en un quehacer continuo y que la pregunta no puede ser solamente, ¿qué es mi vida? Sino que enseguida debemos transformarla en ¿de qué vivo? Y ¿Para qué vivo? Es una pregunta que se hace en presente pero remite a un pasado y nos habla de un futuro.

Si bien alcanzamos a rozar la idea de sentido no es preciso aquí comenzar la indagación de ese sentido. Lo que sí podemos afirmar es que el recogimiento nos lleva a un estado de claridad que tiene sentido expresar más como una luz cegadora, que si bien ilumina toda nuestra existencia en compás, no nos deja-y poco ganaríamos intentándolo- captar de forma absoluta esta riqueza que posee nuestra experiencia, dejándonos sólo la posibilidad de descubrir poco a poco la inteligibilidad de ella misma y podemos por lo tanto concluir que a pesar de no conseguir la respuesta completa que quizá buscábamos de todas formas no estamos en el estado inicial sino muy lejos de él, si la lejanía significa el estar más cerca de la verdad, y desde ahora podemos penetrar con certidumbre en la profundidad del ser. A esto, como debe parecer evidente, no podemos darle otro nombre que el de misterio, donde el misterio no resulta un impenetrable sino más bien una situación de espera y agudeza para comprender en profundidad nuestra itinerancia particular.



Notas:
1 Puedo referir estas dos formas de reflexión a lo que Marcel llama reflexión primaria y reflexión segunda.
2 No es una cita.
3 Debe ser muy claro que vida no es sólo vida biológica, y que la parte biológica de la vida nos es más que eso, una parte, una forma en que esta se expresa. Un animal cualquiera ciertamente no repara en su vida, este es un puro ser sin más, por eso el animal no “es” propiamente dentro de la vida sino que esta es un puro marco para él. La vida de que hablamos definitivamente implica el saberse vida-o al menos eso he tratado de explicar a lo largo del texto-, el apropiarse de este devenir para que no se convierta en puro devenir.
4 Específicamente con una relación verdadera me refiero a aquello que Marcel llama intersubjetividad.