jueves, febrero 19, 2026

Historia de Los Atlantes II

Por W. Scott Elliot
Traducción: Federico Climent Terrer (Edición 1921 de Biblioteca Orientalista)
LAS SUBRAZAS ATLANTES
Los nombres de las diferentes subrazas, son:
Rmoahal;
Tlavatli;
Tolteca;
Turania primitiva;
Semita originaria;
Akadia; Mongola.
Es necesario explicar por qué hemos elegido estos nombres. Cuando los etnólogos modernos han descubierto huellas de una de estas subrazas, o siquiera identificado una pequeña parte de alguna, empleamos el nombre que le han dado para mayor sencillez; pero como apenas hay de las dos primeras subrazas, huella de que la ciencia pueda apoderarse, las designamos con los mismos nombres que usaron.
El período representado por el mapa número 1, manifiesta la superficie terrestre según existía hace un millón de años; pero la raza Rmoahal nació hace de cuatro a cinco millones de años, período en el cual existían aún extensas porciones del gran continente meridional de Lemuria, mientras que la Atlántida no había adquirido las proporciones que íntimamente alcanzó. En un promontorio de esta tierra de Lemuria surgió la raza Rmoahal.
Aproximadamente puede colocarse este punto en el 7.0 de latitud Norte y el 5.0 de longitud Oeste, que en los Atlas modernos viene a caer en la costa de los Ashantis. Era aquél un país cálido y húmedo, y allí vivían, en pantanosos cañaverales y en bosques sombríos, enormes animales antediluvianos.
Los restos fósiles de aquellas plantas se encuentran hoy en los yacimientos hulleros. Los rmoahales eran una raza oscura de color de caoba. Su talla en los primitivos tiempos era de 10 a 12 pies, talla de verdaderos gigantes; pero andando el tiempo, disminuyó gradualmente, como sucedió a todas las demás razas a su vez, y por último, quedó reducida a la estatura del hombre de Furfooz.
Últimamente, emigraron a las costas meridionales de la Atlántida, donde sostuvieron continuas guerras con las subrazas sexta y séptima de los lemures que habitaban aquel país. Una gran parte de estas tribus, recorriendo al acaso el continente, paró en el Norte, mientras que las restantes se establecieron al Mediodía, ezclándose con los aborígenes lemures. Resultó de esto, que en el período de que estamos tratando, al que se refiere el primer mapa, no había ya pureza de sangre en las comarcas del Sur; y, según veremos, andando el tiempo, los conquistadores toltecas sacaron sus esclavos de estas razas oscuras que habitaban las provincias ecuatoriales y el extremo meridional del continente. La parte de la raza Rmoahal que se conservó pura, entró en las penínsulas al Nordeste, próximas a Islandia, donde habitaron por generaciones sin cuento, adquiriendo gradualmente un color más claro, a tal punto, que, en la fecha del primer mapa, la encontramos constituyendo un pueblo de relativa belleza. Sus descendientes vinieron a ser, con el tiempo, súbditos de los reyes semitas, nominalmente al menos.
Aunque hemos dicho que habitaron en el Norte por generaciones sin cuento, esto no implica que su permanencia allí no sufriese interrupciones; pues la fuerza de las circunstancias les empujó a veces hacia el Sur.
Aunque el frío de las épocas glaciales influyó también como es natural, sobre las demás razas, viene bien que digamos aquí las pocas palabras que hemos de dedicar a este asunto.
Sin entrar en la cuestión de los diversos movimientos de la tierra, ni en los varios grados de excentricidad de su órbita, en cuya combinación se ha creído ver a veces la causa de los períodos glaciales, es un hecho -por cierto ya reconocido por algunos astrónomos- que cada 30.000 años sobreviene una época glacial de las menores. Además de éstas, hubo dos ocasiones en la historia de la Atlántida, en que el cinturón de hielo no asoló únicamente las regiones del Norte, sino que invadiendo la mayor parte del continente, forzó a todos los seres vivos a emigrar hacia las tierras ecuatoriales. La primera vez ocurrió en los días de los rmoahales, hace tres millones de años, y la segunda durante el predominio de los toltecas, 850.000 años antes de nuestras edades.
Por lo que hace a los períodos glaciales, debe consignarse que, aunque los habitantes de las comarcas del Norte se veían obligados a trasladarse durante el invierno muy al Mediodía del cinturón del hielo, había, sin embargo, grandes territorios, a los cuales podían volver en el verano, y donde acampaban para cazar hasta que el frío del invierno les echaba de nuevo hacia el Sur.
Los Tlavatlis o segunda subraza, tuvieron origen en una isla situada a corta distancia de la costa occidental de la Atlántida. Este sitio está marcado en el primer mapa con el número 2. De allí se extendieron a la Atlántida, ocupando las regiones centrales, y gradualmente subieron al Norte, hacia las costas que caían frente a la Groenlandia. Físicamente, eran una raza vigorosa y dura, de color rojo oscuro, pero no tan altos como los Rmoahales, a quienes empujaron más aún hacia el Norte. Fueron siempre un pueblo aficionado a la vida de las montañas, y su principal asiento estuvo en las comarcas montañosas del interior, las cuales, comparando los mapas 1 y 4, se verá que tenían aproximadamente los contornos de lo que al cabo llegó a ser isla de Poseidón. En el período del primer mapa poblaron también, como se ha dicho, las costas septentrionales, y con el tiempo, mezclados con sangre tolteca, habitaron las islas occidentales que en su día formaron parte del continente americano.
Pasemos ahora a la raza tolteca, o tercera subraza. Ésta representó un gran desarrollo en el tipo humano. Imperó sobre todo el continente de la Atlántida por miles de años, con gran poderío y gloria. y tan dominante y bien dotada de vitalidad fue esta raza, que sus mezclas con las siguientes subrazas no pudieron modificar el tipo, que permaneció siempre esencialmente tolteca; cientos y miles de años más tarde encontramos una de sus más remotas ramificaciones, gobernando de un modo grandioso en México y el Perú, muchos siglos antes de que sus degenerados descendientes fuesen conquistados por las feroces tribus aztecas, procedentes del Norte. El color de esta raza era también rojo oscuro, pero era aún más roja o cobriza que los tlavatlis.
Tenían también talla de gigantes, midiendo por término medio ocho pies de altura, en el período de su supremacía, pero menguaron como todas las razas hasta llegar a la estatura corriente. Su tipo fue un adelanto sobre el de las subrazas anteriores; sus facciones eran rectas y acentuadas, no muy distintas de las de los antiguos griegos. La cuna de esta raza puede verse marcada en el primer mapa con el número 3. Caía cerca de la costa occidental de la Atlántida, a los 30° de latitud Norte aproximadamente, y por solos toltecas fue poblada la totalidad de los países circunvecinos que abrazaban toda la extensión de las costas del Poniente. Pero, como veremos cuando se trate de su organización política, su territorio se extendió en determinados períodos a través del continente, y desde su gran capital, fundada en las costas orientales, ejercieron los emperadores toltecas su dominio casi universal.
Se designa a estas tres primeras subrazas con el nombre de «razas rojas», y entre ellas y las cuatro siguientes no hubo al principio mucha mezcla de sangre. Las últimas, aunque muy diferentes entre sí, han sido llamadas «amarillas», color que más propiamente caracteriza a las turania y mongola, pues la semita y acadia eran relativamente blancas.
La subraza cuarta, o turania, tuvo su origen a la banda oriental del continente, y al Sur del país montañoso habitado por el pueblo tlavatli. Este lugar está marcado con el número 4 en el primer mapa. Los turianos fueron colonizadores desde sus primeros tiempos, y emigraron en gran número a las tierras que se extendían al Este de la Atlántida. Nunca fue ésta una raza dominadora en su propio continente, aunque algunas de sus tribus y familias llegaron a ser muy poderosas. Las grandes regiones centrales del continente, situadas al Oeste y al Mediodía del país montañoso de los tlavatlis, fueron su morada propia, aunque no exclusiva, pues compartieron estas tierras con los toltecas. Más adelante se verá qué curiosos ensayos políticos y sociales hizo esta subraza.
Por lo que hace a los semitas primitivos, o quinta subraza, los etnólogos se han visto algo confusos, cosa muy natural si se considera lo insuficiente de los datos que han podido tener a mano. Esta subraza apareció en los territorios montañosos que formaban la más meridional de las dos penínsulas situadas al Norte del continente, la cual, como ya hemos visto, está hoy representada por Escocia, Irlanda y algo de los males que las rodean. El sitio está marcado con el núm.5 en el primer mapa. En esta ingrata porción del gran continente creció y floreció la raza durante siglos, sosteniendo su independencia contra los ataques de los Reyes del Sur, hasta que a su vez le llegó el tiempo de extenderse y colonizar. Debe tenerse en cuenta que en la época en que los semitas llegaron a ser poderosos, habían pasado cientos de miles de años desde su aparición, y se había entrado ya en el período del segundo mapa. Eran turbulentos y mal avenidos, siempre en guerra con sus vecinos y en particular con el poder, entonces creciente de los acadios.
La cuna de estos últimos, que formaron la subraza sexta, podrá encontrarse indicada con el número o en el mapa segundo; pues esta raza nació, después de la gran catástrofe de hace 800.000 años, en la tierra que estaba al Este de la Atlántida, hacia el punto medio de la gran península, cuya extremidad Sudoeste se extendía hasta casi tocar aquel continente. El lugar referido puede colocarse aproximadamente en el grado 42 de latitud Norte y el 10º de longitud Este.
No se contuvieron los acadios por mucho tiempo dentro del territorio en que habían nacido, sino que invadieron el entonces ya disminuido continente de la Atlántida. Riñeron con los semitas muchas batallas por mar y tierra, y por ambas partes se emplearon escuadras numerosas. Finalmente, hará cosa de 100.000 años, vencieron por completo a los semitas, y desde entonces una dinastía acadia, establecida en la antigua capital semita, gobernó el país sabiamente por muchos cientos de años. Era un pueblo comercial, colonizador y marinero, y así estableció muchos centros mercantiles en países lejanos.
Los mongoles, o séptima subraza, parece que fueron los únicos que no tuvieron contacto alguno con el continente atlante. Nacidos en las llanuras de la Tartaria (según indica el número 7 en el segundo mapa), en las cercanías de los 63° de latitud Norte y 140° de longitud Este, fueron retoño directo de descendientes de la raza turania a quienes gradualmente reemplazaron en la mayor parte del Asia. Esta subraza se multiplicó con exceso, y, aun en el día, la mayor parte de los habitantes del globo pertenecen a ella etnográficamente, si bien muchas de sus divisiones se hallan matizadas por tan vario modo con sangre de otras razas anteriores que apenas si pueden distinguirse de ellas.
INSTITUCIONES POLÍTICAS
En un resumen como este sería imposible relatar la manera cómo cada subraza se subdividió en naciones, cada una de las cuales tuvo su tipo distinto y sus cualidades características. Todo lo que se puede intentar es un bosquejo sobre las varias instituciones políticas en las grandes épocas. Al reconocer que cada subraza, así como cada raza raíz está destinada a subir en algunos respectos a un nivel más elevado que la precedente, hay que reconocer la naturaleza cíclica del desarrollo que conduce a la raza, del mismo modo que al individuo, a través de las diversas fases de la infancia, de la juventud y de la virilidad, para volverla de nuevo a la infancia de la edad senil.
La evolución implica progreso, en definitiva, aunque el retroceso de su espiral ascendente nos haga ver en la historia política y religiosa, no sólo la serie de los desarrollos y adelantos, sino también la degradación y decadencia.
La primera subraza fue desde un principio regida por el gobierno más perfecto que pueda concebirse, pero debe entenderse que esto respondía a las exigencias de su estado infantil y no a merecimientos de la edad madura. Los Rmoahales eran incapaces de desarrollar plan alguno de gobierno estable, y ni aun siquiera alcanzaron el alto grado de civilización de las sexta y séptima subrazas lemuras. Pero el Manu que llevó a cabo la selección de aquella raza, se encarnó de hecho en ella y la gobernó como rey. Aun después que él dejó de intervenir de un modo visible en el gobierno, se siguió proveyendo a la comunidad naciente de gobernantes divinos o adeptos, cuando los tiempos lo requerían. Los estudiantes de Teosofía saben que la humanidad no había alcanzado por entonces el término de desarrollo requerido para producir adeptos en la plenitud de la iniciación. Los gobernantes referidos, incluso el mismo Manu, eran, pues, necesariamente fruto de evoluciones en otros sistemas de mundos.
Los tlavatlis dieron muestras de algún adelanto en las artes de gobierno. Sus diversas tribus y naciones fueron gobernadas por jefes o reyes que, generalmente, recibían su autoridad por aclamación del pueblo. Naturalmente, los individuos más poderosos y los guerreros más renombrados solían ser los elegidos. Por ventura, se estableció entre los tlavatlis un gran imperio, del cual fue jefe nominal un rey cuya soberanía era más bien un título de honor que una autoridad efectiva.
La raza tolteca fue la que desarrolló la civilización más elevada y organizó el imperio más poderoso de todos los pueblos atlánticos, y entonces se introdujo por primera vez el principio de sucesión hereditaria.
En los primeros tiempos se dividió la raza en gran número de pequeños reinos independientes, constantemente en guerra unos con otros, y todos con los lemuro-rmoahales del Sur. Estos fueron vencidos al cabo y sometidos a vasallaje, siendo muchas de sus tribus reducidas a la esclavitud.
Hará un millón de años aquellos reinos se unieron en una gran federación que reconoció por cabeza a un emperador. Este hecho fue precedido de grandes guerras, pero al fin dió paz y prosperidad a la raza.
Debe recordarse que la humanidad estaba todavía dotada, en su mayor parte, de facultades psíquicas, y los que más desarrolladas las tenían, eran enseñados a usarlas en las escuelas ocultas, obteniendo varios grados en la iniciación y aun algunos el adeptado. El segundo de los emperadores fue un adepto y durante miles de años gobernó una dinastía divina, no sólo todos los reinos en que la Atlántida estaba dividida, sino también las islas del Oeste y las regiones meridionales de las tierras adyacentes del lado de Levante.
Los miembros de esta dinastía, en caso necesario, salían de la comunidad de iniciados, más por regla general, el poder se transmitía de padres a hijos, siendo todos ellos calificados y recibiendo a veces el hijo un grado más avanzado de iniciación de manos de su padre. Durante todo este período, los gobernantes iniciados tenían conexión con la jerarquía oculta que gobierna el mundo, y vivían sometidos a sus leyes y actuaban en armonía con sus planes. Esta fue la edad de oro de la raza tolteca. Su gobierno fue justo y benéfico; se cultivaban las artes y las ciencias, y guiados los que se consagraban a ellas por conocimientos ocultos, consiguieron enormes resultados. Las creencias y ritos religiosos eran todavía relativamente puros. En resumen: la civilización de los Atlantes había alcanzado por este tiempo su mayor altura.
A los 100.000 años de esta edad de oro, comenzaron la degeneración y la decadencia de la raza.
Muchos de los reyes tributarios, gran número de sacerdotes y muchas gentes del pueblo, dejaron de usar de sus facultades y poderes conforme a las leyes de sus divinos preceptores, cuyos mandatos y advertencias menospreciaron. Su conexión con la jerarquía oculta quedó rota. El engrandecimiento personal, el logro de riquezas y autoridad, el abatimiento y la ruina de sus enemigos, llegaron a ser de día en día los fines preferentes hacia los cuales encaminaban sus poderes ocultos; y apartados así del uso legítimo de éstos, acabaron por emplearlos en toda suerte de propósitos egoístas y malévolos, con lo que inevitablemente cayeron en la hechicería.
Rodeada esta palabra del odio que la incredulidad de una parte, y la impostura de otra, han movido contra ella en el transcurso de muchos siglos de superstición y de ignorancia, consideremos por un momento su verdadero significado y los terribles efectos que su práctica ha de traer siempre al mundo.
En parte por razón de sus facultades psíquicas, no extinguidas aún en los abismos de la materialidad a que la raza descendió más tarde, y en parte a causa de sus adelantos científicos durante el apogeo de la civilización atlante, los individuos más inteligentes y enérgicos adquirieron por grados sucesivos un conocimiento cada día más profundo de la labor íntima de las leyes naturales, y un dominio cada día creciente sobre algunas de las fuerzas ocultas de la Naturaleza.
Mas la profanación de este conocimiento y su empleo para fines egoístas, constituye la hechicería.
Buena prueba de los terribles efectos de tal profanación fueron las espantosas catástrofes que sorprendieron a aquella raza. Pues una vez comenzadas las negras prácticas, se extendieron en círculos cada vez más amplios. La suprema dirección espiritual fue retirada, y el principio kámico, que por ser el cuarto, debía naturalmente alcanzar su mayor desarrollo en la cuarta raza raíz, se afirmó más y más en la humanidad.
La lujuria y los instintos feroces y brutales fueron en aumento, y la naturaleza animal del hombre se iba aproximando a su expresión más degradada. El problema moral dividió a la raza atlante desde sus primeros tiempos en dos campos hostiles, y lo que ya había comenzado en la época de los rmoahales se acentuó de un modo terrible en la Era de los toltecas.
La batalla de Armagedón se libra una y mil veces en cada edad de la historia del mundo.
No queriendo someterse por más tiempo a la sabia dirección de los emperadores iniciados, los secuaces de la magia negra se alzaron en rebelión y proclamaron un jefe rival del sagrado Emperador, quien, después de muchos combates, fue arrojado de su capital, «la ciudad de las Puertas de Oro», y el usurpador se sentó en su trono.
El emperador legítimo, empujado hacia el Norte, se estableció en una ciudad fundada por los tlavatlis en el límite meridional del país montañoso, y que era entonces la sede de uno de los reyes toltecas tributarios. Éste le recibió con alegría y puso la ciudad a su disposición. Algunos otros reyes tributarios se le mantuvieron fieles, pero los más rindieron homenaje al nuevo emperador reinante en la antigua capital. Sin embargo, no permanecieron mucho tiempo en su obediencia. Proclamábanse independientes a cada paso y reñían continuas batallas en las diferentes partes del imperio, recurriendo en gran escala a las artes de la hechicería para aumentar las fuerzas destructoras de los ejércitos. Estos acontecimientos ocurrieron unos 50.000 años antes de la primera catástrofe. De allí en adelante las cosas fueron de mal en peor.
Los hechiceros hacían uso de sus poderes con más temeridad cada día, y una gran parte del pueblo, que cada vez iba en aumento, adquiría y practicaba estas terribles artes.
Entonces sobrevino el espantoso castigo, en que millones de hombres perecieron. La gran «ciudad de las Puertas de Oro» había llegado a ser por este tiempo un antro completo de iniquidad. Las olas la barrieron, sumergiendo a sus habitantes, y el «negro emperador» y su dinastía cayeron para no levantarse más. El emperador del Norte y los sacerdotes iniciados de todo el continente, tuvieron noticia anticipada del peligro que amenazaba; en las páginas siguientes se verá las muchas emigraciones conducidas por sacerdotes que precedieron a esta catástrofe, así como a las posteriores.
El continente quedó terriblemente desgarrado. Pero la cantidad efectiva de territorio sumergido no representaba, en verdad, el daño causado, porque las olas, precipitándose en su irrupción sobre grandes extensiones de terreno la dejaron al retirarse convertida en pantanos. Provincias enteras quedaron estériles y permanecieron por muchas generaciones sin cultivo, como desiertos.
La población que sobrevivió había recibido una terrible advertencia. Quedó grabada en los corazones, y la hechicería se practicó menos durante algún tiempo. Un largo período transcurrió antes que se estableciese estado alguno poderoso. Al fin encontramos una dinastía semita de hechiceros, entronizada en la «ciudad de las Puertas de Oro», pero ningún poder tolteca tuvo ya preeminencia durante el período del segundo mapa. Existían aún muchas poblaciones de esta raza; más en estado de pureza no habitaban ya en el continente originario. En la isla de Ruta, sin embargo, se alzó de nuevo una dinastía tolteca, y gobernó por medio de reyes tributarios una gran parte de la isla. Esta dinastía estaba entregada a la magia negra, que fue creciendo durante los cuatro períodos, hasta llegar a su colmo al tiempo de la catástrofe inevitable que limpió a la tierra de este mal monstruoso. También es de notar que hasta el mismo momento en que desapareció Poseidón, un rey o emperador iniciado -o que, cuando menos, reconocía “la buena ley”- ejercía autoridad en una parte de la gran isla, procediendo bajo la dirección de la jerarquía oculta, para reprimir hasta donde era posible a los hechiceros, y para guiar e instruir la corta minoría que aún deseaba llevar una vida ordenada y pura. En los últimos días este rey sagrado era elegido generalmente por los sacerdotes (los pocos que aún seguían “la buena ley”).
Poca más resta que decir sobre la raza tolteca. La población de toda la isla de Poseidón estaba más o menos mezclada. Dos reinos y una pequeña república en el Oeste se dividían todo el territorio.
La parte Norte era gobernada por el rey iniciado, y en el Sur el principio hereditario había cedido ante la elección popular. Las dinastías cerradas habían concluido; más de vez en cuando reyes de sangre tolteca subieron al poder, así en el Norte como en el Sur, y el reino septentrional, combatido constantemente por su rival del Mediodía, iba perdiendo paulatinamente pedazos de su territorio.
Después de haber tratado con alguna extensión del estado de las cosas durante la hegemonía de los toltecas, la descripción de las instituciones políticas de las siguientes cuatro subrazas, no merece que nos detengamos, pues ninguna de ellas alcanzó el alto grado de civilización de los toltecas. La degeneración de la raza había comenzado de hecho.
Parece que la raza turania, por natural inclinación, tendió a desarrollar una especie de sistema feudal. Cada jefe era soberano en su propio territorio, y el rey era solamente primus inter pares.

Los jefes que formaban su consejo asesinaban de vez en cuando al rey, colocándose alguno de ellos en su puesto. Eran los turanios turbulentos, sin ley, crueles y brutales. Como muestra de estas cualidades, citaré el hecho de que en algunos períodos de su historia tomaron parte en las guerras regimientos de mujeres.
Pero el hecho más interesante de esta raza fue la extraña experiencia que hizo en su vida social, y que, a no ser por su origen político, hubiéramos incluido mejor en el capítulo de usos y costumbres. Vencidos continuamente en la guerra con sus vecinos los toltecas y reconociéndose muy inferiores en número, aspiraron sobre todo al aumento de población, para lo cual dictaron leyes que relevaban a los hombres de la carga de sostener a su familia. El Estado se hizo cargo de los niños y proveía a sus necesidades, siendo éstos considerados como propiedad suya. Esta medida tendía a fomentar los nacimientos entre los turanios, con menosprecio de la institución del matrimonio. Los lazos de la vida de familia y el sentimiento de amor paterno fueron destruidos; más como el plan resultara un fracaso, se desistió al fin de él.
También intentó esta raza aplicar soluciones socialistas a los problemas económicos que aún en el día nos inquietan; pero hecho el ensayo, fue abandonado.
Los semitas primitivos, raza guerrera, enérgica y dada al pillaje, tuvieron siempre tendencias a una forma de gobierno patriarcal. Los colonizadores semitas, nómadas por lo común, adoptaron casi exclusivamente esta forma; pero, así y todo, como ya hemos visto, llegaron a poseer un gran imperio en los tiempos a que se refiere el segundo mapa, habiéndose hecho dueños de la gran «ciudad de las Puertas de Oro». Mas al fin cedieron al creciente poder de los acadios.
En el período del tercer mapa, hace 100.000 años próximamente, los acadios pusieron fin al poder semita. Esta subraza sexta era un pueblo más respetuoso de las leyes que sus predecesores.
Comerciantes y marineros vivían en comunidades fijas, y naturalmente surgió entre ellos la oligarquía como forma de gobierno. Una peculiaridad suya, de la cual Esparta es el único ejemplo en los tiempos históricos, fue el gobierno simultáneo de dos reyes en una misma ciudad. Como resultado probable de sus aficiones a la navegación, el estudio de los astros llegó a caracterizar su cultura, por lo que esta raza hizo grandes adelantos en la Astrología y en la Astronomía.
El pueblo mongol constituyó un progreso sobre sus inmediatos antecesores, pertenecientes al brutal tronco turanio. Nacidos los mongoles en las vastas estepas de la Siberia Oriental, jamás tuvieron contacto con el continente madre; y debido, sin duda, a las condiciones del territorio que ocupaban, hicieron la vida nómada.
Más psíquicos y religiosos que los turanios, de quienes procedían, la forma de gobierno hacia la cual se inclinaban, exigía como remate un soberano que fuese al mismo tiempo señor temporal y gran sacerdote.
EMIGRACIONES
Tres causas contribuyeron a producir las emigraciones. Los turanios, como hemos visto, se sintieron impulsados del espíritu colonizador desde sus primeros días, y respondieron a él en gran escala. Los semitas y los acadios fueron también razas colonizadoras hasta cierto punto.
Ahora bien; andando el tiempo y creciendo la población hasta el punto de rebasar los límites de los medios de subsistencia, la necesidad impulsó a todas las razas, según las oportunidades se presentaban, a buscar el sustento en tierras menos pobladas. Debe tenerse en cuenta que cuando los atlantes llegaron al zenit en la época tolteca, la proporción de habitantes por milla cuadrada en la Atlántida igualaba probablemente si no excedía, a la actual en Inglaterra y Bélgica. Ciertamente los espacios vacíos aprovechables para colonias eran en aquella edad mucho mayores que en la nuestra; pero la población total del mundo que al presente es de 1.200 a 1.500 millones, ascendía en aquellos tiempos a la enorme cifra de 2.000 millones aproximadamente.
Al fin vinieron las emigraciones dirigidas por los sacerdotes antes de cada catástrofe, de las cuales hubo muchas más que las cuatro mayores a que se ha hecho referencia. Los reyes iniciados y los sacerdotes que seguían la «buena ley» , sabían de antemano las calamidades que amenazaban. De aquí que cada uno de ellos profetizase primero, advirtiendo a las gentes y se hiciese después guía de grandes masas de colonizadores. Es de notar que en los postrimeros días, los gobernantes del país sentían profundamente estas emigraciones conducidas por los sacerdotes, porque despoblaban y empobrecían sus reinos, y llegó a ser necesario a los emigrantes embarcarse en secreto durante la noche.
Al trazar en globo las diferentes direcciones seguidas por cada raza en su emigración, vamos a parar, en último resultado, a las tierras que sus respectivos descendientes ocupan hoy día.
Las primeras emigraciones fueron las de la raza Rmoahal. Se recordará que la parte de esta raza que habitaba las costas del Nordeste, fue la única que conservó su pureza de sangre. Acosados en su frontera meridional y empujados más al Norte por los guerreros tlavatlis, comenzaron los Rmoahales a invadir los territorios vecinos situados al Este, y los más próximos aún del promontorio de Groenlandia. En el período del segundo mapa no quedaban, en la entonces reducida Atlántida, Rmoahales puros, sino que ocupaban el promontorio septentrional del continente que al Oeste se estaba formando, así como el dicho cabo de la Groenlandia y las costas occidentales de la gran isla escandinava. También había una colonia suya en las tierras septentrionales del mar central de Asia.
Bretaña y Picardia formaban entonces parte de la isla escandinava, la cual, en el período del tercer mapa, llegó a constituir una porción del continente europeo, a la sazón en crecimiento y precisamente en Francia es donde se han hallado los restos de esta raza en los yacimientos cuaternarios, pudiendo considerarse al «hombre de Furfooz», braquicéfalo o de cabeza redonda, como el tipo medio de aquélla en la época de su decadencia.
Obligados muchas veces a encaminarse hacia el Sur por los rigores de un período glacial, y empujados otras tantas hacia el Norte por sus poderosos enemigos, los esparcidos y degradados restos de los Rmoahales se encuentran hoy día entre los modernos lapones, aunque mezclados con otra sangre. Así, estos débiles y empequeñecidos ejemplares de la humanidad vienen a ser los descendientes en línea recta de la raza oscura de gigantes que tuvo origen en las comarcas ecuatoriales del continente de Lemuria, hace cerca de cinco millones de años.
Los colonizadores tlavatlis se extendieron en todas direcciones. En el período del segundo mapa sus descendientes se hallaban establecidos en las costas occidentales del continente americano, entonces en vías de formación (California), y asimismo en las costas situadas en la extremidad del Sur (Río de Janeiro). Ocupaban también la costa oriental de la isla escandinava; y muchos de ellos, navegando a través del Océano y dando la vuelta a África, aportaron a la India. Allí se mezclaron con la población indígena de origen lémur, formando así la raza dravídica.
Andando el tiempo, recibieron estos a su vez una infusión de sangre aria o de la quinta raza, a lo cual se debe la complejidad de tipos que hoy se encuentra en la India. A la verdad, hallamos en este país un ejemplo manifiesto de la dificultad extrema de decidir una cuestión de razas con sólo las pruebas físicas, pues sería muy posible que existiesen egos de la quinta raza encarnados en los brahmanes; egos de la cuarta raza en las castas inferiores, y algunos rezagados de la tercera en las tribus montañesas.
En el período del cuarto mapa, el pueblo tlavatli ocupaba las comarcas meridionales de la América del Sur, de lo cual puede inferirse que los patagones tuvieron probablemente un abolengo tlavatli.
Restos de esta raza, así como de los Rmoahales, se han encontrado en los yacimientos cuaternarios de la Europa central, y el hombre dolicocéfalo de Cromagnon puede considerarse como el tipo medio de la raza tlavatli en su decadencia, al paso que los habitantes de los lagos de Suiza constituyeron un retoño mucho más moderno y no del todo puro. El único pueblo que puede citarse como tipo de sangre pura de esta raza al presente, es el que forman algunas de las tribus indias de color oscuro de la América del Sur. Los birmanos y siameses tienen también sangre tlavatli en sus venas, si bien mezclada y aun dominada por la de una familia más noble de procedencia aria.
Vamos ahora a tratar de los toltecas. Sus emigraciones se dirigieron principalmente hacia el Oeste, por lo que las costas vecinas del continente americano estuvieron pobladas, en el período del segundo mapa, por toltecas de pura raza, siendo mestizos la mayor parte de los que quedaron en la continente madre. La raza se extendió y vivió en estado floreciente en ambas Américas, donde miles de años más tarde establecieron los imperios de México y del Perú. La grandeza de estos imperios es ya objeto de la historia, o por lo menos de la tradición, confirmada por los datos que ofrecen sus magníficos restos arquitectónicos.
Debe advertirse aquí que aunque el imperio mexicano fue durante siglos grande y poderoso en todo aquello a que comúnmente se atribuye poder y grandeza en nuestra civilización actual, no alcanzó nunca la altura a que llegaron los peruanos hace 14.000 años, bajo el gobierno de los Incas; pues por lo que hace al bienestar general del pueblo, a la justicia y beneficencia de los gobernantes, a la forma equitativa del colonato, ya la vida pura y religiosa de sus habitantes, el imperio del Perú de aquellos días, puede mirarse como un eco tradicional, aunque débil, de la edad de oro de los toltecas en el continente de la Atlántida.
El tipo medio del piel roja de América, es el mejor representante que hoy existe del pueblo tolteca; bien entendido que no admite comparación con el individuo de aquella raza cuando alcanzó el nivel más elevado de su cultura.
El curso de nuestro relato nos lleva ahora a tratar del Egipto, y la consideración de este asunto arrojará inmensa luz sobre su primitiva historia. El primer establecimiento que se fundó en este país, no fue una colonia en el sentido estricto de la palabra; pero más adelante se llevó allí una gran masa de colonizadores toltecas, para mezclarla con el pueblo aborigen y mejorar el tipo de éste.

El primer acontecimiento fue la traslación de una gran logia de iniciados. Esto sucedió hace unos 400.000 años. La Edad de oro de los toltecas había pasado hacía mucho tiempo. La primera gran catástrofe había tenido lugar. La degradación moral del pueblo y la práctica de la magia negra, se había acentuado y extendido más y más. Era necesaria una atmósfera más pura para la «logia blanca».
Egipto estaba aislado, y su población era escasa; por esto fue escogido. El establecimiento respondió a sus fines, y la logia de iniciados, no estorbada por condiciones desfavorables, realizó su obra durante 200.000 años aproximadamente.
Hace unos 210.000 años, maduros ya los tiempos, la logia fundó un imperio (la primera dinastía divina de Egipto), y comenzó a enseñar al pueblo. Entonces fue cuando la primera gran masa de emigrantes fue sacada de la Atlántida, siendo construidas las dos grandes pirámides de Gizeh durante los 10.000 años que precedieron a la segunda catástrofe, en parte como lugar permanente de la iniciación, y en parte también para servir de arca donde se custodiara algún gran talismán mientras durase la sumersión que era inminente, según los iniciados sabían.
El mapa número 3 presenta el Egipto bajo las aguas, en la fecha a que nos referimos. Así permaneció por largo espacio, pero al surgir de nuevo, fue otra vez poblado por los descendientes de muchos de sus antiguos habitantes, que se habían guarecido en las montañas de Abisinia (que en el mapa núm. 3 aparece como una isla), así como también por nuevas bandas de colonizadores atlantes venidos de diversas partes del mundo. Una gran inmigración de acadios contribuyó a modificar el tipo egipcio. Esta es la época de la segunda dinastía divina de Egipto; los obernantes del país fueron de nuevo adeptos o iniciados.
La catástrofe de hace 50.000 años volvió a sumergir el país, pero la inundación fue entonces pasajera.
Al retirarse las aguas, comenzó el gobierno de la tercera dinastía divina -la mencionada por Manethon- y bajo el mando de los primeros reyes de esta dinastía, se construyeron el gran templo de Karnak y muchos de los más antiguos edificios que aún están en pie. Realmente, excepción hecha de las dos grandes pirámides mencionadas, ningún edificio de Egipto es anterior a la catástrofe de hace 80.000 años. La sumersión definitiva de Poseidón, lanzó otra oleada sobre Egipto. Esta fue también una calamidad pasajera, más puso fin a las dinastías divinas, porque la logia de iniciados se trasladó a otros países.
Varios puntos de que aquí no hemos tratado han sido ya expuestos en la Conferencia: "Las pirámides y Stonehenge".
Los turanios, que en el período del primer mapa habían colonizado las comarcas septentrionales de la tierra situada inmediatamente al Este de la Atlántida, ocuparon en la época del segundo mapa las costas meridionales de aquella (Marruecos y Argelia actuales).
Encuéntraseles también vagando hacia el Este, hasta que llegaron a poblar las costas oriental y occidental del mar central de Asia. Finalmente, algunas bandas se dirigieron aún más al Oriente, de donde proviene que el tipo más aproximado a esta raza se encuentre hoy en el interior de la China. Un curioso capricho del destino debe consignarse a propósito de una de sus ramas occidentales. Dominados durante siglos por sus más poderosos enemigos los toltecas, estaba, sin embargo, reservado a una pequeña rama del tronco turanio, el conquistar el último grande imperio de los toltecas, pues los brutales y apenas civilizados aztecas eran de pura raza turania.
Las emigraciones semitas fueron de dos clases: primero, las que procedían del natural impulso de la raza; segundo, la emigración especial efectuada bajo la guía y dirección del Manu, pues aunque parezca extraño, no fué de los toltecas, sino de esta subraza turbulenta y sin ley, pero vigorosa y enérgica, de donde fué escogido el núcleo destinado a producir nuestra gran raza quinta, la raza aria. La razón de esto estriba, sin duda, en la cualidad manásica característica, a la cual va siempre asociado el número cinco. La subraza a la que correspondía este número -la semita- estaba precisamente en vías de desarrollar su cerebro y su inteligencia, a expensas de las percepciones psíquicas, y este mismo desarrollo de la inteligencia, llevado a más alto nivel, es a la vez la gloria y el destino de nuestra quinta raza raíz.
Por lo que hace a las emigraciones naturales, encontramos que, en la época del segundo mapa, cuando aún existían poderosas naciones en la Atlántida, los semitas se habían esparcido por el Occidente y el Oriente: por el primero, hacia los territorios que forman en la actualidad los Estados Unidos lo cual explica la aparición del tipo semita en algunas de las razas indias; y por el segundo, hacia las costas septentrionales del continente vecino, que comprendía entonces lo que llegó a ser después Europa, África y Asia.
El tipo de los antiguos egipcios, así como el de otras naciones comarcanas, fué modificado en cierto modo por la sangre de estos primitivos semitas; pero excepción hecha de los judíos, los únicos representantes relativamente puros de aquella raza en el día de hoy son las kábilas ligeramente morenas de las montañas de Argelia.
Las tribus que resultaron de la selección efectuada por el Manu para formar la nueva raza raíz, emprendieron al fin su camino hacia las costas meridionales del mar central de Asia, y allí se estableció el primer gran reino ario. Cuando se imprima la conferencia sobre el «origen de una raza raíz», se verá que muchos de los pueblos que acostumbramos a llamar semitas, son, en realidad de sangre aria. También el mundo recibirá nueva luz respecto a lo que constituye el derecho de los hebreos para considerarse a sí mismos como un «pueblo elegido». En resumen: son un eslabón anormal que une las razas cuarta y quinta. Los acadios, aunque al fin llegaron a ser dominadores de la Atlántida, tuvieron su cuna, como ya hemos visto, en la época del segundo mapa, en el continente inmediato, siendo su solar aquella parte del Mediterráneo, que cae poco más o menos en lo que es hoy isla de Cerdeña. Desde este punto se dirigieron hacia el Oriente, ocupando lo que al cabo fue costa de Levante, extendiéndose hasta Arabia y Persia. Según se dijo, contribuyeron también a poblar el Egipto. Los primitivos etruscos, los fenicios (incluyendo a los cartagineses), y los sumero-acadios fueron ramas de esta subraza, y los actuales vascos tienen probablemente más sangre acadia en sus venas que otra alguna.
Es este lugar oportuno para hacer referencia a los primitivos habitantes de las islas británicas porque en la primera edad de los acadios, hace próximamente 100.000 años, fué cuando la colonia de iniciados, que fundó a Stonehenge, desembarcó en aquellas costas, que eran por descontado, las de la porción escandinava del continente europeo, según aparece en el mapa número 3. Los sacerdotes iniciados y los que con ellos iban, parece que pertenecieron a una de las primitivas familias de la raza acadia. Eran más altos, más hermosos y de mayor cabeza que los aborígenes, los cuales, aunque provenían de una mezcla de razas, constituían en su mayor parte restos degenerados de los Rmoahales. Como verán los que lean la conferencia sobre «Las pirámides y stonehenge», la ruda sencillez de Stonehenge tuvo por objeto protestar de la ornamentación extravagante y recargada que se usaba en los templos de la Atlántida, en donde los habitantes habían caído en el degradado culto de sus propias efigies.
Los mongoles, según vimos, no tuvieron jamás contacto alguno con el continente de donde procedían sus antepasados nacidos en las vastas llanuras de la Tartaria, sus emigraciones encontraron por mucho tiempo sobrado espacio en estas tierras; pero más de una vez, tribus de descendencia mongola, se han desbordado desde el Norte del Asia a la Améríca, atravesando el estrecho de Behring; la última de estas emigraciones, la de los kitanes -acaecida hace 1.300 años- ha dejado huellas que algunos sabios occidentales han podido seguir sin dificultad. La existencia de sangre mongola en algunas tribus indias de la América del Norte, ha sido también reconocida por diferentes etnólogos. Los húngaros y los malayos son considerados como renuevos de esta raza, ennoblecido el primero por la infusión de sangre aria, y degradado el segundo por la mezcla con la ya estéril sangre de los lémures. Pero el hecho interesante acerca de esta raza mongola, es que su último vástago -los japoneses- se encuentra todavía en pleno vigor, pues en realidad, no ha alcanzado todavía su zenit, y aún le queda vida bastante para figurar en la historia.
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