jueves, febrero 19, 2026

Historia de Los Atlantes III

Por W. Scott Elliot
Traducción: Federico Climent Terrer (Edición 1921 de Biblioteca Orientalista)
ARTES Y CIENCIAS
Debe reconocerse previamente que nuestra raza aria ha obtenido, por razón natural, adelantos mucho mayores en casi todos sentidos que los atlantes; pero aun en aquello en que dejaron de alcanzar nuestro nivel, son interesantes las noticias de lo que realizaron al llegar a la mayor altura de su civilización. Por otra parte, los progresos científicos en que nos sobrepujaron son de una naturaleza tan deslumbradora, que produce confusión lo desigual que fue esta raza en su desarrollo.
Las artes y ciencias de las dos primeras subrazas, fueron, en verdad, extremadamente rudas; mas no nos proponemos seguir los progresos realizados por cada subraza en particular.
En la historia de los atlantes, así como en la de los arios, alternan los períodos de progreso y de decadencia. Las épocas de cultura iban seguidas de tiempos bárbaros, durante los cuales los adelantos científicos se perdían, viniéndose a ganar de nuevo por civilizaciones que alcanzaban más altos niveles. Naturalmente, la narración que vamos a hacer se refiere a los períodos de cultura, entre los que descuella la gran Era de los toltecas.
La arquitectura fue la más ampliamente practicada de las Bellas Artes. Los edificios eran construcciones macizas de gigantescas proporciones. Las casas de las ciudades no estaban como las nuestras, unidas unas a otras formando calles. Algunas de ellas, de igual modo que las quintas, se hallaban en medio de jardines, y otras aparecían separadas por espacios de tierra común, siendo todas construcciones aisladas. Las casas de alguna importancia tenían patios centrales cerrados por cuatro muros, y en medio de ellos solían colocar fuentes, que por ser tan abundantes en la «ciudad de las Puertas de Oro», la dieron el sobrenombre de la ciudad de las aguas. No se hacía exhibición de las mercancías para la venta como en nuestras modernas poblaciones. Las Transacciones se efectuaban privadamente, excepto en eterminado tiempo, en que se celebraban ferias en los ejidos de las ciudades. Pero lo que daba a la casa tolteca su fisonomía característica, era la torre que se alzaba en uno de sus ángulos o en el centro de uno de sus muros. A los pisos superiores conducía una escalera en espiral, construida en la parte exterior de la torre, la cual terminaba con una cúpula puntiaguda, que servía por lo común de observatorio. Como ya se ha indicado, las casas estaban decoradas con colores brillantes. Algunas tenían la ornamentación de talla, y otras de frescos y pinturas.
Los huecos de las ventanas se cubrían con una substancia artificial parecida al vidrio, aunque menos transparente. En el interior faltaban los detalles de comodidad de la habitación moderna, pero la vida era muy civilizada a su manera.
Los templos eran enormes recintos parecidos a las gigantescas construcciones de Egipto, pero fabricados en escala aún más estupenda. Los pilares que soportaban al techo eran por lo común cuadrados y rara vez cilíndricos. En los tiempos de la decadencia, había a los costados de las naves numerosas capillas en que se custodiaban las estatuas de los ciudadanos más distinguidos. Estas capillas eran a veces de tamaño tan considerable, que podían contener todo un cuerpo de sacerdotes, que algún hombre notable instituía para el servicio y culto de su propia imagen. Así como las casas particulares, los templos no estaban completos sin su torre, cerrada por una cúpula, del tamaño y magnificencia correspondientes.
Estas torres servían de observatorios astronómicos y para las ceremonias del culto solar.

Los metales preciosos se empleaban en gran cantidad para el adorno de los templos, cuyo interior era con frecuencia, no ya dorado, sino revestido de planchas de oro. El oro y la plata eran tenidos en gran estima; pero, como más adelante veremos al tratar de la moneda, su empleo era puramente artístico, pues no se usaban como símbolos de cambio, al paso que las grandes cantidades producidas por los químicos (o alquimistas, como hoy les llamaríamos) hacían que no tuvieran, como ahora, la consideración de metales preciosos. Este poder de transmutar los metales no era universal, si bien eran tantos los que le poseían, que la fabricación era muy abundante. De hecho, la producción de estos codiciados metales puede mirarse como una de las empresas industriales de aquel tiempo con que los alquimistas se ganaban la vida. El oro era aún más apreciado que la plata, y, por consiguiente, se le producía en cantidad mucho mayor.
EDUCACIÓN
Como preliminar de las noticias que vamos a dar sobre la educación que se recibía en las escuelas y en los colegios de la Atlántida, diremos unas pocas palabras acerca del lenguaje tolteca era universal, no solo en todo el continente sino también en las islas occidentales y en la porción del continente oriental, sujeta al dominio del emperador.
Verdad es que sobrevivían restos de los idiomas rmoahal y tlavatli en comarcas extraviadas, al modo que hoy existen entre nosotros los idiomas celta y cimbrio en Irlanda y el país de Gales, La lengua tlavatli fué la base de la turania, en la cual, andando el tiempo, se introdujeron tales modificaciones que llegó a ser un lenguaje del todo diferente. Los semitas y acadios, a su vez, adoptando como punto de partida el idioma tolteca, lo modificaron respectivamente a su manera y produjeron dos variedades divergentes. Así, en los últimos días de Poseidón había varias lenguas distintas, aunque pertenecientes todas al tipo aglutinante; pues hasta los tiempos de la quinta raza no fue desarrollada por los descendientes de los semitas y de los acadios el lenguaje de flexión. El idioma tolteca, a través de tantas edades, mantuvo su pureza, y el mismo lenguaje que se hablaba en la Atlántida en los días de su esplendor, fue usado, con ligeras alteraciones, miles de años más tarde en el Perú y en México.
Las escuelas y colegios de la Atlántida, en los días de la grandeza tolteca, así como en los subsiguientes periodos de cultura estaban sostenidos por el Estado.
Aunque la instrucción primaria era obligatoria, las enseñanzas que se daban después diferían en mucho. Las escuelas primarias servían para hacer una selección. Los que daban muestras de aptitudes reales para el estudio, pasaban a las escuelas superiores a la edad de doce años próximamente, en unión con los hijos de las clases dominantes, las cuales tenían naturalmente mayor capacidad. La lectura y la escritura, consideradas como meros preliminares, les eran enseñadas en las escuelas primarias.
Mas estos conocimientos elementales no se juzgaban necesarios para la gran masa de los habitantes que debían pasar la vida cultivando los campos o dedicados a los oficios manuales, cuya práctica era exigida por el procomún. La mayor parte de los niños pasaba, por tanto, a las escuelas técnicas que mejor se acomodaban a sus diversas altitudes. Las principales eran las escuelas de Agricultura. Algunas ramas de la mecánica formaban también parte de la enseñanza, y en los distritos apartados y en los marítimos, se incluía además la caza y la pesca. De este modo todos los niños recibían la educación más adecuada para ellos.
Los muchachos de más capacidad que, como hemos visto, habían aprendido a leer y escribir, recibían una educación más esmerada. Formaba parte principal de ella el estudio de las propiedades de las plantas, y de sus virtudes curativas. No había en aquellos tiempos médicos de profesión, pues todo hombre educado sabía más o menos de medicina, así como de la curación por el magnetismo. Se enseñaba también la Química, las Matemáticas y la Astronomía.
Estos estudios eran análogos a los nuestros; más el objeto a que principalmente dirigía sus esfuerzos el maestro, era el desarrollo de las facultades psíquicas del discípulo, y su instrucción en el manejo de las fuerzas ocultas de la Naturaleza. En esta categoría se incluían las propiedades secretas de las plantas, de los metales y de las piedras preciosas, así como los procedimientos de la alquimia para la transmutación.
Pero con el tiempo, lo que los colegios de enseñanza superior de la Atlántida se ocupaban en desarrollar con preferencia, fueron los poderes personales que Bulwer Lytton llama Vril, cuyo empleo con tanta exactitud describió en su libro The Coming Race. Cuando se determinó la decadencia de la raza tuvo lugar un cambio en el sistema de instrucción. En vez de considerarse el mérito y la aptitud como títulos para adquirir los grados superiores de la enseñanza, las clases dominantes, más exclusivas cada día, no permitieron que persona alguna, a excepción de sus hijos, fuese dotada de los elevados conocimientos que tan grandes poderes conferían.
En un imperio de las condiciones del tolteca, era natural que la agricultura fuese objeto de una grande atención. No sólo se instruía a los labradores en escuelas especiales, sino que había colegios para preparar a personas idóneas, a fin de que se dedicasen luego a los ensayos de cruzamientos de plantas y animales.
Como los lectores de las obras teosóficas saben muy bien, el trigo no realizó su evolución en este planeta. Fue un don del Manú, que lo trajo de otro globo ajeno a nuestra cadena planetaria. Pero la avena y algunos otros cereales son resultado del cruzamiento del trigo con plantas indígenas de la tierra. Los experimentos que llevaron a este resultado fueron obra de las escuelas de Agricultura de la Atlántida, dirigida, por supuesto, por inteligencias superiores.
Pero el caso más notable del perfeccionamiento de la agricultura atlante, fue la evolución del plátano banana. En su estado salvaje primitivo, era como un melón alargado con muy poca pulpa y lleno de pipas, de igual modo que aquel fruto. Se necesitaron muchos siglos (acaso miles de años) de selección y eliminación continuas, para llegar a la planta sin semillas que al presente conocemos.
Entre los animales domésticos de la época tolteca, había algunos que parecían tapires muy pequeños. Se alimentaban de raíces y yerbas; pero como los cerdos de hoy día, a los que se asemejaban en más de una particularidad, no eran muy limpios y comían cuanto encontraban. Habitaban también en compañía del hombre grandes animales parecidos al gato, y otros semejantes al lobo que fueron los antecesores del perro.
Los carros toltecas eran arrastrados por bestias que semejaban camellos pequeños. Las actuales llamas peruanas son probablemente sus descendientes. Los antepasados del alce irlandés vagaban en rebaños por las laderas de los montes, como nuestro ganado vacuno, demasiado salvajes para consentir que se les acercase la gente, pero, sin embargo, sujetos al dominio del hombre.
Se hacían continuos experimentos para cruzar las especies animales, y producir otras nuevas; y es curioso el uso que hacían del calor artificial en grande escala, para forzar el desarrollo, a fin de que los efectos de los cruzamientos se anticipasen. También es notable que se valieran de luces de distintos colores en las habitaciones en que se llevaban a cabo estos experimentos, con objeto de obtener variedad en los resultados.
Este poder del hombre de modelar a voluntad las formas animales, nos lleva a tratar de un asunto de los más misteriosos. Ya hemos hecho referencia a la obra de los Manús; ahora bien, en la mente del Manú tienen su origen las mejoras del tipo y la potencia latente en toda forma de ser.
Para realizar paso a paso estas mejoras en las formas animales, se requería la ayuda y cooperación del hombre. Las especies de anfibios y reptiles, entonces abundantes, casi habían terminado su evolución; y estaban a punto de adquirir los tipos, más avanzados, de aves y mamíferos. Dichas formas constituían la materia plástica a disposición del hombre; la arcilla estaba pronta a adoptar la figura que las manos del alfarero quisieran darle. La mayor parte de los experimentos antes indicados, se hicieron con animales de clases intermedias; e indudablemente los animales domésticos, como el caballo, que tan importantes servicios prestan al hombre al presente, fueron el resultado de los ensayos en que la humanidad de aquellos tiempos cooperó con el Manú y sus ministros. Pero esta obra común acabó muy pronto.
Prevaleció el egoísmo, y la guerra y la discordia pusieron término a la edad de oro de los toltecas.
Cuando en vez de obrar lealmente para un fin común, bajo la guía de sus reyes iniciados, comenzaron los hombres a combatirse mutuamente, los animales, que de un modo gradual podían haber ido adquiriendo, con los cuidados del hombre, formas cada vez más útiles y apropiadas para el servicio de éste, abandonados a sus propios instintos, siguieron naturalmente el ejemplo de su monarca ya su vez, comenzaron a devorarse unos a otros. Algunos fueron educados y utilizados por el hombre para sus cacerías; y de este modo, los animales semi-domesticados de raza felina, a que antes se hizo referencia, vinieron a ser los ascendientes de los leopardos y los jaguares.
A este propósito indicaremos un hecho que a algunos parecerá fantástico, el cual podrá, sino aclarar del todo la cuestión, mostrar, al menos, la moral contenida en este episodio relacionado con la marcha misteriosa de nuestra evolución. El león debía haber sido un animal de condición suave y de aspecto menos fiero, si la humanidad de aquellos tiempos hubiese realizado la tarea que le fue encomendada. Dejando aparte la cuestión de si estaba llamado a morar junto al cordero y a comer paja como el buey, el destino que le estaba asignado en la mente del Manú no se ha cumplido todavía. Su arquetipo era el de un poderoso animal domesticado, una bestia fuerte, de lomo llano, con grandes e inteligentes ojos, ideada como el auxiliar más potente del hombre para los servicios de tracción.
La Ciudad de las Puertas de Oro y sus alrededores, deben ser ahora objeto de nuestra atención, después de lo cual explicaremos el maravilloso sistema establecido en ella para proveer de agua a sus habitantes. Hallábase asentada, según hemos visto, en la costa oriental del continente, a los 15° Norte del Ecuador. Rodeábanla a manera de parque, hermosas arboledas, en las cuales se hallaban esparcidas las quintas de recreo de las clases ricas. Hacia el Oeste se extendía una sierra de donde se traía el agua para el abastecimiento de la ciudad. Esta se hallaba construida en las laderas de una colina que se elevaba sobre la llanura unos 500 pies.

En la cima de esta colina estaba el palacio del emperador, rodeado de jardines, de cuyo centro brotaba una corriente continua de agua que abastecía en primer lugar el palacio y las fuentes de los jardines, y corriendo desde allí en las cuatro direcciones de los puntos cardinales, se precipitaba formando cascadas, en un canal o foso que cercaba los jardines del palacio, separándolos así de la ciudad situada debajo de ellos. De este canal partían otros cuatro que llevaban el agua a través de cuatro barrios de la ciudad, hacia otras cascadas, las cuales a su vez caían en un nuevo canal que formaban otro cinturón de nivel más bajo. Así había tres canales formando círculos concéntricos, el último de los cuales estaba aún por encima de la llanura. Un cuarto canal, al nivel de ésta, pero de forma rectangular, recibía las aguas y las vertía en el mar. La ciudad se extendía sobre parte de la llanura hasta la orilla misma de este gran foso, que la cercaba y defendía con una línea de agua, formando un rectángulo de doce millas de largo por diez de ancho.
Según se habrá observado, la ciudad se hallaba dividida en tres grandes fajas, separadas por canales.
Lo que distinguía a la zona más elevada, esto es, la que estaba más inmediata a los jardines del palacio, era una pista circular para carreras y extensos jardines públicos. La mayor parte de las casas de los oficiales de la corte estaban situadas también en este recinto, y además había una institución que no tiene semejante en los tiempos modernos. La denominación de «casa de los extranjeros» no da más que una mezquina idea de lo que era aquel palacio donde los extranjeros que llegaban eran mantenidos todo el tiempo que querían permanecer en ella y tratados como huéspedes del Estado. Los otros dos recintos estaban ocupados por las casas aisladas de los habitantes y por diversos templos. En los días de la grandeza de los toltecas, parece que realmente no hubo pobres, pues hasta los mismos esclavos al servicio de los particulares, estaban bien alimentados y vestidos; pero habían cierto número de casas relativamente pobres hacia la parte Norte del recinto inferior, así como en el lado de afuera del último canal, hacia la marina. Los habitantes de este arrabal estaban en su mayor parte dedicados a los oficios de la navegación, y sus casas, aunque separadas unas de otras, se hallaban más apiñadas que las de los demás distritos.
Así, pues, la población tenía un abundante surtido de agua pura, siempre corriente, mientras que los recintos superiores y el palacio del emperador estaban protegidos por varios fosos, escalonados en dirección al centro.
No es preciso un gran conocimiento de la mecánica, para darse cuenta de las enormes obras que habría de requerir la dotación de agua de una ciudad que, en los días de su grandeza encerraba dentro de los cuatro círculos, cosa de dos millones de habitantes. Jamás se ha intentado en los tiempos de Grecia y Roma, ni en los modernos, trabajo hidráulico semejante; y hasta es muy dudoso que el más hábil de nuestros ingenieros pudiese obtener tal resultado, ni aun con el empleo de sumas fabulosas.
Es, por lo tanto interesante, el conocimiento de algunas de las particularidades que ofrecía esta obra.
El agua procedía de un lago situado a una altura de 2.600 pies en medio de las montañas que según dijimos, aparecían al poniente de la ciudad. El principal acueducto, cuya sección era oval, tenía cincuenta pies de diámetro mayor y treinta de menor, y se dirigía por bajo de tierra a un enorme depósito en forma de corazón. Este depósito caía debajo del palacio a una gran profundidad, justamente en la base de la colina, sobre la cual estaban construidos la ciudad y el palacio. De este depósito partía un conducto vertical de 500 pies de longitud, que atravesaba la roca de la colina, dando paso al agua que surgía en los jardines del palacio, desde donde se distribuía por toda la población. Otras varias cañerías llevaban del depósito central a diferentes partes de la ciudad, el surtido de agua para beber de las fuentes públicas y particulares.
Había también sistemas de exclusas para facilitar la distribución de las aguas en los diferentes distritos. Por poco conocimiento que se tenga de mecánica, se comprenderá por lo que va descrito, que la presión en el acueducto subterráneo y en el depósito central, desde el cual se elevaba el agua al estanque de los jardines del palacio, debía ser tremenda y la resistencia de los materiales empleados en su construcción igualmente enorme.
Si el sistema para abastecer de aguas a la «Ciudad de las Puertas de Oro» era maravilloso, los medios de transporte atlantes eran aun más asombrosos, pues el buque aéreo o máquina voladora que Keely en América y Maxim en Inglaterra tratan de construir en la actualidad, era entonces un hecho, aunque no el medio ordinario de viajar. Los esclavos, los sirvientes y las gentes dedicadas al trabajo manual, tenían que andar penosamente por los caminos del país, o viajar en toscos vehículos de ruedas macizas, arrastrados por groseros animales. Los barcos aéreos pueden considerarse como los carruajes particulares de nuestros días, o más bien como los yachts, si se tiene en cuenta el número relativamente pequeño de los que lo poseían, pues siempre fueron costosos y de construcción difícil.
Por regla general no se hacían para dar cabida a muchas personas; la mayor parte eran para solo dos, y algunos para seis y ocho viajeros. En épocas posteriores, cuando las contiendas y las guerras pusieron término a la Edad de Oro, los buques aéreos reemplazaron en gran parte a la marina militar; pues naturalmente resultaban máquinas de destrucción mucho más poderosas y se construían de modo que pudiesen llevar cincuenta hombres, y en algunos casos hasta ciento.
El material de que estaban hechos estos barcos aéreos era madera o metal. Los primitivos fueron de madera muy delgada, pero los impregnaban de una substancia que, sin aumentar su peso, les daba la consistencia del cuero, produciendo así la necesaria combinación de la ligereza y la resistencia. Cuando se empleó el metal, era éste generalmente una mezcla, en cuya composición entraban dos metales blancos y uno rojo, lo cual daba por resultado un color blanco parecido al del aluminio, y una ligereza aún mayor que la de éste. Sobre el esqueleto del barco aéreo extendían grandes planchas de este metal, y las sujetaban al mismo, soldándolas eléctricamente cuando era necesario; pero ya fuesen construidas de madera o de metal, su superficie exterior, donde no aparecía unión alguna, era perfectamente lisa, y brillaba en la oscuridad como si estuviese revestida de una pintura luminosa.
Tenían la forma de botes, pero invariablemente estaban cubiertos; porque cuando marchaban a toda velocidad, no era conveniente permanecer sobre cubierta, aun cuando no hubiese peligro en ello. Sus aparatos propulsores y directores podían hacerse funcionar en cualquiera de los dos extremos.
Pero lo más interesante de todo, era lo que se relacionaba con la fuerza motriz. En los primeros tiempos parece que el vril personal suministraba esta fuerza, que acaso se emplearía juntamente con algún aparato mecánico; pero en tiempos posteriores fue reemplazado por otra fuerza, la cual, aunque generada de una manera desconocida para nosotros, funcionaba, sin embargo, por medio de un mecanismo perfectamente definido. Esta fuerza, no descubierta aún por nuestra ciencia, se aproximaba más a la que Keely está aprendiendo a manejar en América, que a la fuerza eléctrica usada por Maxim. Era, en efecto, de naturaleza etérea; y aunque estamos lejos de la solución del problema, su modo de actuar puede, sin embargo describirse. Los aparatos mecánicos diferían indudablemente de unos a otros barcos. He aquí la descripción del bote aéreo en que tres embajadores del rey que gobernaba en la parte septentrional de Poseidón, se dirigieron una vez a la corte del rey que mandaba en el Mediodía.
Una fuerte y pesada caja de metal colocada en el centro del barco, era el generador. Desde allí fluía la fuerza a través de dos tubos largos y flexibles a cada extremo del barco, así como también a través de ocho tubos subsidiarios fijados a los costados de la proa y de la popa. Estos tenían dobles aberturas en dirección vertical, hacia arriba y hacia abajo. Cuando se iba a dar principio al viaje, se abrían las válvulas de los ocho tubos de los costados que se dirigían hacia abajo, permaneciendo cerradas todas las demás válvulas. La corriente, precipitándose por aquellas, chocaba sobre la tierra con tal fuerza que elevaba al barco, al paso que el aire mismo proporcionaba el necesario punto de apoyo.
Cuando se llegaba a una altura suficiente, se ponía en acción el tubo flexible del extremo del barco, contrario a la dirección que se quería llevar, mientras que por el cierre parcial de las válvulas, la corriente que pasaba por los ocho tubos verticales, se reducía a la pequeña cantidad requerida para mantener la elevación alcanzada. Dirigiéndose entonces la mayor parte de la corriente por el tubo largo que desde la popa se inclinaba hacia abajo en un ángulo de 45° ayudaba a mantener la elevación, a la vez que proporcionaba la gran fuerza motriz que impelía el barco por los aires. El gobierno de la nave se verificaba con la descarga de la corriente por este tubo; pues el más ligero cambio en su dirección alteraba inmediatamente la del barco; sin embargo, no se necesitaba una vigilancia constante. Cuando se emprendía un viaje largo, se fijaba el tubo de modo que no requería más manejo, hasta estar muy cerca del punto de destino. El máximum de velocidad alcanzada, era alrededor de cien millas por hora; y el curso de la marcha no era nunca una línea recta sino que tenía la forma de grandes ondulaciones, ya aproximándose a la tierra ya alejándose de ella.
La elevación a que viajaban estos barcos, era solo de unos cuantos cientos de pies; y cuando a su paso se presentaban grandes montañas, era necesario cambiar el curso de la marcha y dar un rodeo, pues el aire más rarificado de las grandes alturas no proporcionaba el punto de apoyo necesario. Las mayores alturas que podían salvar no pasaban de 1.000 pies. El modo de detener el barco al llegar al punto de destino -y esto podía hacerse igualmente en cualquier punto del aire- era el dejar escapar parte de la corriente por medio del tubo de la proa del barco; y la corriente chocando de frente en la tierra o en el aire hacía oficio de ancla, mientras que la fuerza propulsora de atrás era disminuida gradualmente por el cierre de la válvula.
Falta aún por explicar la razón de los ocho tubos en dirección vertical de los costados. Esto se relacionaba especialmente con la guerra aérea. Teniendo a su disposición una fuerza tan poderosa, los barcos de guerra se lanzaban mutuamente la corriente, la cual podía desequilibrar el barco atacado y volcarlo, de cuya situación se aprovechaba seguramente el enemigo para atacar con su ariete. Había además el peligro de ser precipitado al suelo, a menos que se atendiese con presteza a abrir y cerrar las correspondientes válvulas. En cualquier posición en que se hallase el barco, las aberturas que miraban a la tierra eran naturalmente por las que la corriente debía precipitarse, al paso que las aberturas que miraban a lo alto debían estar cerradas. El modo de hacer tomar su posición normal a un barco volcado, era emplear los cuatro tubos de un solo costado del buque en dirección hacia abajo, mientras que los cuatro del otro lado permanecían cenados.
Los Atlantes tenían también barcos marinos impulsados por una fuerza análoga a la ya descrita; pero la corriente que según se ha visto producía grandes efectos, en este caso tenía una apariencia más densa que la usada en los buques aéreos.
COSTUMBRES Y HÁBITOS
Indudablemente hubo tanta variedad en las costumbres y hábitos de los Atlantes en las diferentes épocas de su historia, como la ha habido entre las diversas naciones que constituyen nuestra raza aria, y esto sin referirnos a las modas fluctuantes de los siglos, de las cuales prescindimos. Las observaciones que siguen tratarán solamente de las características principales que diferenciaban sus costumbres de las nuestras, y estas características las tomaremos en cuanto sea posible, de la gran era tolteca.
Ya hemos hablado de los experimentos hechos por los turanios respecto al matrimonio ya las relaciones de los sexos.
La poligamia prevaleció en diferentes épocas, en todas las subrazas; pero en los días de los toltecas, aunque la ley permitía dos esposas, gran número de hombres solo tenían una. Tampoco eran las mujeres consideradas, según sucede actualmente en los países en donde se sostiene la poligamia, como inferiores al hombre, ni estaban esclavizadas en lo más mínimo, sino que su posición era completamente igual a la del hombre, al paso que las aptitudes que muchas de ellas desplegaban en la adquisición del poder del vril las hacía en absoluto iguales, sino superiores al otro sexo.
Esta igualdad era reconocida desde la infancia, y en las escuelas o colegios no había separación de sexos: niños y niñas aprendían juntos. Era también regla general, y no una excepción, que reinara la más completa armonía en las familias dobles, y las madres enseñaban a sus hijos a amar igualmente a las esposas de su padre. Tampoco estaba prohibido a las mujeres tomar parte en el Gobierno. Algunas veces tenían asiento en los Consejos, y en ocasiones eran elegidas por el Adepto emperador para representarle en las diversas provincias como soberanos locales.

Los utensilios de escribir de los Atlantes, consistían en delgadas hojas de metal, en cuya superficie blanca y pulida como la porcelana, escribían las palabras.
También sabían reproducir lo escrito, colocando sobre la hoja otra plancha delgada, humedecida previamente con un líquido especial. El texto copiado en la segunda plancha, podía reproducirse, cuando se quería, en otras hojas, y uniendo éstas en gran número, constituían un libro.
Una de las costumbres que se apartaban considerablemente de las nuestras, era la referente a la alimentación. Es un asunto nada agradable, pero que no debemos pasar por alto. Generalmente rechazaban la carne de los animales, pero devoraban aquellas partes que nosotros desechamos como alimento. También bebían la sangre, muchas veces caliente de los animales, y confeccionaban con ella diversos platos.
No debe creerse, sin embargo, que carecían de las clases de alimentos más ligeros y aceptables para nosotros. Los mares y los ríos les proporcionaban pescados, cuya carne comían, aunque muchas veces en tal estado de descomposición, que para nosotros sería de lo más repugnante. Cultivaban en grande escala diferentes granos con los que hacían pan y bollos; también tenían leche, frutas y legumbres.
Verdad es que una pequeña parte de los habitantes no adoptó jamás aquellas repugnantes costumbres. Entre éstos se hallaban los reyes y emperadores Adeptos y los sacerdotes iniciados de todo el imperio, cuyos hábitos respecto de la comida eran por completo vegetarianos; pero muchos de los consejeros y dignatarios de la corte, afectando preferir la alimentación más pura, se entregaban muchas veces en secreto a sus gustos más groseros.
Tampoco fueron desconocidas en aquellos tiempos las bebidas alcohólicas. En una época estuvieron muy en boga los licores fermentados de una clase muy potente, pero como los que los bebían llegaban a un estado de excitación peligrosa, se promulgó una ley prohibiendo en absoluto su uso.
Las armas de guerra y de caza fueron muy distintas en las diversas épocas. Las espadas y lanzas, y los arcos y flechas, fueron por regla general las armas de los rmoahals y de los tlavatli. Los animales que cazaban en aquellos primeros tiempos eran mamíferos de pelo largo y lanoso, elefantes e hipopótamos. Abundaban también los marsupiales, así como los supervivientes de los tipos intermedios, siendo algunos medio reptiles y medio mamíferos, otros medio reptiles y medio aves.
El uso de los explosivos se adoptó desde los tiempos primitivos, y fue llevado a una gran perfección posteriormente. Algunos parece que estallaban por el choque, otros después de cierto intervalo de tiempo, pero en ambos casos la destrucción de la vida era ocasionada al parecer por el desprendimiento de un gas venenoso, y no por el choque de balas.
Tan poderosos parece que llegaron a ser estos explosivos en los últimos tiempos atlantes, que compañías enteras de hombres eran destruidas en las batallas por el gas venenoso que se desprendía con la explosión, sobre sus cabezas, de una de estas bombas lanzadas por algún mecanismo de palancas.
Pasemos ahora al sistema monetario. Durante las tres primeras subrazas, en todo caso, no se conoció nada que se pareciera a la moneda del estado, pero sí pequeños pedazos de metal o de cuero, que tenían estampado un valor determinado, y que se usaban como garantía. Estaban perforados por el centro, y los engarzaban juntos, llevándolos generalmente a guisa de cinturón.

Cada hombre era, por decirlo así, su propio acuñador; pero la moneda de metal o de cuero que fabricaba, y que entregaba a cambio de otros valores, constituía solamente el reconocimiento personal de una deuda, lo mismo que entre nosotros un pagaré.
Ningún hombre podía fabricar mayor cantidad de tales garantías, que las que pudiese redimir con otros valores de que estuviese en posesión. Estas garantías no circulaban corno nuestra moneda; pero el tenedor de ellas podía calcular con perfecta exactitud los recursos de su deudor, con la facultad de la clarividencia que todos los hombres tenían entonces, más o menos desarrollada, y que en caso de duda ejercitaban para asegurarse de los hechos.
Debemos decir, sin embargo, que en los últimos tiempos de Poseidón se adoptó un sistema parecido al corriente entre nosotros, siendo la triple montaña que se veía desde la gran capital del Sur, la representación favorita empleada en la moneda del Estado.
Pero lo más importante de la clase de asuntos de que vamos a tratar, es lo referente a la propiedad territorial. Entre rmoahales y los tlavatlis, que vivían principalmente de la caza y de la pesca, no tenía naturalmente razón de ser aquella propiedad, si bien en los días de los tlavatlis se empleaba cierto sistema de cultivo en las aldeas.
Con el aumento de población, y con la civilización de los primeros tiempos toltecas, fué cuando la tierra empezó a tener valor. No nos proponemos describir el sistema o la falta de sistema que prevaleció en los tumultuosos tiempos anteriores al advenimiento de la Edad de Oro, pero los anales de esta época presentan a la consideración, no sólo de los economistas, sino de todos los que se interesan por el bienestar humano, un asunto del mayor interés e importancia.
Se recordará que la población había aumentado constantemente, y que bajo el gobierno de los Adeptos emperadores había alcanzado la elevadísima cifra antes mencionada; sin embargo la pobreza y la necesidad eran estados que ni aún se soñaban en aquellos tiempos; y este bienestar social era indudablemente debido, en parte, al sistema terrateniente.
No sólo pertenecían al emperador todas las tierras y sus productos, sino también todos los ganados. El país estaba dividido en diferentes provincias o distritos, cada uno de los cuales tenía a su frente uno de los reyes Subalternos o virreyes, nombrados por el emperador. Cada uno de estos virreyes era responsable del gobierno y bienestar de todos los habitantes que estaban bajo su mando. La labranza de las tierras, la recolección de las cosechas y los pastos de los ganados, estaban dentro de la esfera de su inspección, así como la dirección de los experimentos agrícolas en que ya nos hemos ocupado.
Cada virrey se hallaba rodeado de cierto número de consejeros y coadjutores, los cuales tenían, entre otros deberes, el de estar bien versados en astronomía, que no era en aquellos días una ciencia estéril. Se estudiaban y utilizaban las influencias ocultas sobre plantas y animales. Igualmente no era raro el poder de producir la lluvia a voluntad, así como más de una vez se neutralizó, en parte, los efectos de una época glacial en las regiones del Norte del continente, por medio de la ciencia oculta. Se calculaba con exactitud el día preciso en que debían principiar las operaciones de la agricultura, y esto lo verificaban los funcionarios que tenían por obligación inspeccionar todos los detalles.
Lo que se producía en cada distrito o reino, se consumía por regla general en el mismo; pero a veces se establecía un cambio de productos agrícolas entre los gobernantes.
Después de apartar una pequeña porción para el emperador y el gobierno central de la «Ciudad de Oro», todo el producto restante del distrito o reino se distribuía entre sus habitantes, recibiendo naturalmente el virrey local y sus funcionarios las participaciones mayores, al paso que el último de los trabajadores agrícolas obtenía lo suficiente para asegurar su bienestar, todo aumento en la producción de la tierra o en el rendimiento de la riqueza mineral, era dividido proporcionalmente entre los interesados, por lo que todos tenían interés en hacer que el resultado de sus trabajos combinados fuese lo más lucrativo posible.
Este sistema funcionó admirablemente durante un larguísimo período; pero a medida que pasó el tiempo, sobrevinieron el descuido y el lucro personal. Los que tenían el deber de inspeccionar, se fueron descartando más y más de la responsabilidad, la cual imponían a sus subordinados, y con el tiempo se hizo raro que los gobernantes interviniesen o se interesasen por sí mismos en ninguna de aquellas operaciones. Este fué el principio de los malos tiempos. Los individuos de la clase dominante que antes dedicaban todo su tiempo a los deberes del Estado, principiaron a ocuparse en llevar una vida más agradable, y el lujo comenzó a desenvolverse.
Había una causa que especialmente producía gran descontento entre las clases inferiores. Ya hemos mencionado el sistema bajo el cual se educaba en las escuelas técnicas a la juventud de la nación. Ahora bien; un individuo de la clase superior, cuyas facultades psíquicas habían sido debidamente cultivadas, estaba encargado de la selección de los niños, de manera que cada uno de estos recibiese la educación y se le destinase a la ocupación más adecuada a su naturaleza.
Pero cuando los que poseían la visión clarividente, único medio por el cual era posible hacer semejante selección, delegaron sus deberes en subalternos que carecían de tales facultades psíquicas, el resultado fue que muchas veces los niños eran lanzados por sendas contrarias, y aquellos cuyas aptitudes e inclinaciones se dirigían en determinado sentido, se encontraban sujetos a menudo por toda su vida a una ocupación contraria a sus gustos, y en la que, por tanto, rara vez adelantaban.
Los sistemas de propiedad territorial que surgieron en diferentes partes del imperio, cuando terminó la gran dinastía tolteca, fueron muchos y muy diversos; más no creemos necesario describirlos. En los últimos días de Poseidón, habían sido ya generalmente reemplazados por el sistema de la propiedad individual que nos es conocida.
Ya hicimos referencia en el tratado de «Emigraciones», al sistema territorial que prevaleció durante el glorioso período de la historia peruana, cuando dominaban los Incas hace 14.000 años.
Será interesante un corto resumen de él, porque muestra su origen, así como da ejemplo de las variaciones que se introdujeron en este sistema, algún tanto más complicado.
Toda propiedad de la tierra era del dominio eminente del Inca, pero estaba asignada la mitad a los cultivadores, los cuales constituían la masa de la población. La otra mitad se dividía entre el Inca y el orden sacerdotal dedicado al culto del Sol.
Con los productos de las tierras que le correspondían, tenía el Inca que sostener el ejército, construir y conservar los caminos de todo el imperio, y atender a todo el mecanismo del gobierno.
Éste era dirigido por una clase especial más o menos relacionada con el mismo Inca, y representaba una civilización y cultura muy por encima de la gran masa de la población. De la cuarta parte restante, las «tierras del Sol» no sólo se mantenían los sacerdotes a cuyo cargo estaba el culto público, sino que también servía para proveer a la educación del pueblo en escuelas y colegios, para socorrer a todas las personas enfermas o inútiles, y finalmente, para el mantenimiento de todos los habitantes (salvo la clase gobernante, para la cual no había cesación de trabajo), que llegaban a los cuarenta y cinco años de edad en que debían terminar las tareas rudas y principiar la vida de descanso y bienestar .
RELIGIÓN
El único punto que nos queda por tratar, es la evolución de las ideas religiosas. Entre las aspiraciones espirituales de una raza tosca pero sencilla, y el culto degradado de una gente intelectual, pero espiritualmente muerta, hay un abismo que sólo puede llenar el término religión en su más amplia acepción. Sin embargo, hay que trazar en la historia del pueblo atlante este proceso consecutivo de generación y degeneración.
Se recordará que el gobierno bajo el que surgió la existencia de los rmohales, fué descrito como el más perfecto concebible, pues hacía de rey el Manú mismo.
La memoria de este gobernante divino se conservó en los anales de la raza, ya su debido tiempo llegó a ser considerado como un dios entre unas gentes que eran psíquicas por naturaleza, y que, por tanto, alcanzaban vislumbres de los estados de conciencia que transcienden al nuestro de vigilia ordinario. Con esta cualidad superior era llano que esta gente primitiva adoptase una religión que, si bien no representaba una elevada filosofía, estaba por lo menos alejada del tipo de religiones innobles. Andando el tiempo, esta fase de creencia religiosa pasó a ser una especie de culto a sus mayores.
Los tlavatlis, al paso que heredaron la reverencia tradicional y el culto al Manú, fueron enseñados por Adeptos instructores en la existencia de un Ser Supremo cuyo símbolo reconocían en el Sol.

De este modo desarrollaron una especie de culto solar que practicaban en las cumbres de las montañas. Allí construían grandes círculos con monolitos verticales, destinados a simbolizar el curso anual del Sol; pero a la vez se empleaban con fines astronómicos. Estaban puestos de manera que para la persona colocada en el altar mayor, el sol salía en el solsticio de invierno, detrás de uno de estos monolitos, y en el equinoccio vernal detrás de otro, y así sucesivamente todo el año.
Estos círculos de piedra servían también para ayudar a hacer observaciones astronómicas de carácter más complejo, relacionadas con constelaciones más distantes.
Ya hemos visto, al tratar de las emigraciones, que una subraza posterior, los acadios, imitaron en la erección de Stonehenge esta primitiva construcción de monolitos. Aunque los tlavatlis estaban dotados de una aptitud algún tanto más aventajada por el desarrollo intelectual que la subraza anterior, su culto, sin embargo, era aun de un tipo muy primitivo.
Con la mayor difusión de los conocimientos en los días de los toltecas, y especialmente con el establecimiento ulterior de un sacerdocio iniciado, y de un emperador Adepto, tuvieron aquellas gentes mayores medios de alcanzar un concepto más verdadero de lo divino. Los poco aptos para aprovecharse por completo de la enseñanza que se les daba, después de haber sido puestos a prueba, eran admitidos en las filas sacerdotales que constituían entonces una inmensa fraternidad oculta. Mas con éstos que se habían elevado sobre la masa de la humanidad, hasta el punto de principiar su marcha por el sendero oculto, nada tenemos que ver aquí, pues el asunto de nuestras investigaciones no va más allá de los límites de las religiones que practicaban los habitantes de la Atlántida.
Las muchedumbres de aquellos tiempos carecían de aptitudes para elevarse a las alturas del pensamiento filosófico, como sucede aún hoy a la mayor parte de los habitantes del globo. Todo lo más que podía hacer el instructor más inspirado para darles una idea acerca de la inefable y omnipresente esencia del Kosmos, era resentársela en forma de símbolos, y como es natural, el sol fue el primer símbolo adoptado.
Al modo que sucede en nuestros días, podían percibir entonces a través del símbolo los entendimientos más cultivados y espirituales, y elevarse algunas veces en alas de la devoción al Padre de nuestros espíritus, «Centro y motivo de nuestras almas Término y refugio de nuestro viaje»; mientras que la multitud más grosera no veía nada más que el símbolo, y lo adoraba, de la misma manera que la esculpida Madona o la imagen de madera del crucificado son hoy adorados en la Europa católica.
La adoración del Sol y del fuego se convirtió entonces en culto, para cuya celebración se erigieron magníficos templos en toda la extensión del continente atlante, pero más especialmente en la gran «Ciudad de las Puertas de Oro», estando su servicio a cargo de sacerdotes que el Estado nombraba con este objeto.
En aquellos tiempos primitivos, no se permitía imagen alguna de la Divinidad. El disco del sol era considerado como el único emblema propio de la misma, y como tal era usado en todos los templos.
Generalmente se colocaba un disco de oro de modo que recogiese los primeros rayos del sol naciente, en el equinoccio de primavera o en el solsticio de verano. Un ejemplar interesante de la supervivencia casi pura de este culto del disco del Sol, podría presentarse en las ceremonias de Shinto en el Japón. Toda otra representación de la deidad es considerada en esta creencia como impía, y hasta el espejo circular de metal pulimentado se halla oculto a la vista del vulgo, excepto en las ceremonias. Sin embargo, al revés de las vistosas decoraciones de los atlantes, los templos de Shinto se caracterizan por la completa ausencia de decorado, pues carecen sus exquisitas obras de madera de todo grabado, pintura o barniz.
Pero no siempre fué el disco del Sol el único emblema permitido de la Divinidad. La imagen del hombre -el hombre arquetipo- fue en días posteriores colocada en los altares y adorada como la representación más elevada de lo divino. En cierto modo pudiera esto considerarse como una reversión al culto rmoahal del Manú. Aún entonces la religión era relativamente pura, y la fraternidad oculta de la «Buena Ley» hacía cuanto le era dable para mantener activa en los corazones la vida espiritual. Aproximábanse, no obstante, los tiempos en que no iba a quedar idea alguna altruista que salvase a la raza del principio de egoísmo en que estaba destinada a despeñarse. El decaimiento de la idea ética fue el preludio necesario de perversión espiritual. El hombre sólo luchaba para sí mismo, y sus conocimientos fueron empleados en fines puramente egoístas, hasta que se arraigó la creencia de que nada había en el universo más grande y elevado. Cada hombre era su propia «Ley, Señor y Dios», y el mismo culto de los templos dejó de ser el culto de un ideal, convirtiéndose en la mera adoración del hombre, tal como se le conocía y se le veía. Según está escrito en el Libro de Dzyan: «Entonces la Cuarta creció en orgullo. Somos los reyes, dijeron; somos los Dioses... Construyeron ciudades enormes. De tierras y metales raros las construyeron, y de los fuegos vomitados, de la piedra blanca de las montañas y de la piedra negra, labraron sus imágenes a su tamaño y semejanza y las adoraron.» Colocáronse urnas en los templos, en donde la estatua de cada hombre, construida de oro o plata, o labrada en piedra o en madera, era adorada por él mismo. Los individuos más ricos sostenían corporaciones de sacerdotes para el culto y cuidado de sus urnas, los cuales hacían ofrendas a estatuas, como si fuesen Dioses. La apoteosis del Yo no podía ir más lejos.
Debe tenerse presente que toda idea verdaderamente religiosa que haya tomado asiento en la mente del hombre, le ha sido sugerida de modo consciente por los Instructores divinos, los Iniciados de las Logias Ocultas, los cuales, a través de todas las edades, han sido siempre los guardianes de los misterios divinos y de las verdades de los estados suprasensibles de la conciencia.
La humanidad, por regla general, sólo de un modo lento ha llegado a ser capaz de asimilarse unas pocas de estas ideas divinas, al paso que la causa de los desarrollos monstruosos y de las repugnantes deformidades que todas las religiones de la tierra atestiguan, deben buscarse en la propia naturaleza inferior del hombre. En verdad, parece que no siempre se le ha podido confiar el conocimiento de los meros símbolos, bajo los cuales se hallaba velada la luz de la Divinidad; aunque en los días de la supremacía turania algunos de estos conocimientos fueron indebidamente divulgados.
Hemos visto cómo los atributos del Sol, productores de vida y de luz, fueron usados en los tiempos primitivos como símbolo, para presentar a la inteligencia de aquellas gentes todo lo que eran capaces de concebir sobre la gran Causa Primera. Pero entre las filas del sacerdocio se conocían y guardaban otros símbolos de significación mucho más profunda y real.
Uno de éstos era el concepto de una Trinidad en la Unidad. Las Trinidades de la más sagrada significación no eran jamás divulgadas; pero la Trinidad que personificaba los poderes cósmicos del universo, como Creador, Conservador y Destructor, se hizo pública de un modo irregular en los tiempos turanios. Esta idea fue aún más materializada y degenerada por los Semitas, que la convirtieron en una Trinidad antropomórfica, formada de Padre, Madre e Hijo.
De otro desarrollo más terrible de los tiempos turanios debemos dar cuenta. Con la práctica de la hechicería, muchos de los habitantes habían venido en conocimiento de la existencia de elementales poderosos, entidades que debían a aquellos su ser, o cuando menos estaban animadas por sus poderosas voluntades, las cuales, dirigidas hacia fines maléficos, producían elementales con poder y malignidad. De tal modo se habían degradado entonces los sentimientos de reverencia y adoración del hombre, que llegaron a adorar talmente estas creaciones semiconscientes de sus propios malignos pensamientos. El ritual del culto de estos seres fué desde un principio el derramamiento de sangre, y cada sacrificio ejecutado en sus santuarios, daba vitalidad y persistencia a estas creaciones vampíricas. Tan es asÍ, que aun hoy día, en diversas partes del mundo, duran los elementales formados por la voluntad poderosa de aquellos antiguos brujos de la Atlántida, e imponen su tributo a aduares inofensivos.
Aunque los brutales turanios inauguraron y practicaron en grande escala estos sangrientos ritos, no parece, sin embargo, que llegase el contagio a otras subrazas, aunque los sacrificios humanos no dejaron de ser comunes entre algunas tribus semitas.
En el gran imperio tolteca de México, el culto del Sol de sus antepasados era aún la religión nacional, al paso que sus ofrendas, que nada tenían de sangrientas, a su benéfica Deidad Quetzalcoatl, consistían puramente en flores y frutas. Sólo con la irrupción de los salvajes aztecas, fue reemplazado el inofensivo ritual mexicano por la sangre de los sacrificios humanos, que empapaba los altares de su dios de la guerra. Huitzilopochtli; y puede considerarse el arrancar los corazones a las víctimas en la cúspide del Teocali, como resto directo del culto a los elementales de sus antecesores turanios de la Atlántida.
Se ve, pues, que lo mismo que en nuestros días, la vida religiosa de los pueblos comprendía entonces las formas más variadas de creencias y cultos. Desde la escasísima minoría, que aspiraba a la iniciación y estaba en contacto con la vida espiritual superior -los que sabían que la buena voluntad hacia todos los hombres, el dominio del pensamiento y la pureza de vida y de obra eran preliminares necesarios para alcanzar los más elevados estados de conciencia y los más extensos horizontes de visión- había innumerables maneras de cultos, más o menos ciegos, de los poderes cósmicos o de dioses antropomórficos, hasta llegar al ritual más degradado y también más extendido, de la adoración de sus propias imágenes, y a las ceremonias cruentas del culto a los elementales.
Téngase presente que en todo lo que venimos exponiendo, tratamos solamente de la raza Atlante, y por tanto, estaría fuera de lugar cualquier referencia a cultos aún más degradados que, todavía por entonces, existían (y aun existen hoy) entre los envilecidos descendientes de los lemures.
Así continuaron a través de los siglos todos los rituales compuestos para celebrar estas diversas formas de culto, hasta la sumersión final de Poseidón, a cuyo tiempo las huestes innumerables de los emigrados atlantes habían ya establecido en tierras extranjeras los diferentes cultos del continente-madre.
El seguir en detalle el desarrollo y progreso de las religiones arcaicas, que han florecido en tiempos históricos bajo formas diversas y antagónicas, sería empresa de grandes dificultades; pero tal es la luz que arrojaría este estudio sobre asuntos de importancia trancendental, que es posible que nos determinemos a intentarlo.
Finalmente, sería inútil tratar de resumir lo que es ya por sí un resumen demasiado concreto. Esperemos más bien que lo relatado se ofrezca como texto del que puedan derivarse las historias de las diferentes hijuelas de las varias subrazas; historias que podrán examinar analíticamente los desenvolvimientos políticos y sociales, que aquí apenas hemos esbozado de la manera más rudimentaria.
Una palabra más, sin embargo, puede aún decirse acerca de la evolución de esta raza: el progreso que toda la creación, con la humanidad a su cabeza, está siempre destinada a llevar a cabo centuria tras centuria, milenio tras milenio, manvantara tras manvantara, y Kalpa tras Kalpa.
La bajada del espíritu a la materia -polos opuestos de la substancia una y eterna- es el proceso que ocupa la primera mitad de cada ciclo. Ahora bien, el período que hemos estado considerando en las páginas que anteceden, el período durante el cual la raza Atlante hizo su carrera, fué precisamente el punto medio, o punto de retorno del manvantara presente.
El proceso de evolución que en la actualidad efectúa nuestra Quinta Raza -la vuelta, esto es, la espiritualización de la materia- sólo se dió en aquellos tiempos en algunos casos individuales y aislados, precursores de la resurrección del espíritu.
Pero el problema cuya solución indudablemente esperan todos los que hayan seguido con atención este relato, es el contraste sorprendente de las cualidades que poseía la raza Atlante; pues al lado de sus brutales pasiones y de sus degradantes inclinaciones animales, se notan sus facultades psíquicas y su intuición semidivina.
Ahora bien; la solución de este enigma, aparentemente insoluble, se cifra en el hecho de que estaba entonces en sus comienzos la construcción del puente, el puente de Manas, la mente, destinada a unir en el individuo perfecto las fuerzas del animal que evoluciona en sentido ascendente, y el espíritu divino que involuciona en dirección descendente. El reino animal de hoy muestra un campo natural en donde aún no ha comenzado la construcción de este puente, y hasta en la misma humanidad de los tiempos atlantes la conexión era tan ligera, que las cualidades espirituales tenían muy poco poder dominador sobre la naturaleza animal inferior. La poca mentaljdad que poseían aquellos hombres, bastaba para aumentar el placer en la satisfacción de los sentidos; mas no era suficiente para avivar las facultades espirituales que aún dormitaban, pero que han de convertirse en dueño absoluto en el individuo perfecto. La metáfora del puente puede llevarnos un poco más lejos, si lo consideramos al presente en curso de ejecución, y destinado a permanecer incompleto, por lo que hace a la generalidad de los hombres, durante milenios sin cuento; en una palabra, hasta que la humanidad haya recorrido otra vez el círculo de los siete planetas y la gran Ronda Quinta esté a la mitad de su carrera.
Aunque fué en la última mitad de la Tercera Raza Raíz, y al principio de la Cuarta, cuando los Manasaputras descendieron para dotar de mente a la masa humana, que aún carecía de chispa, sin embargo, tan débilmente ardió la luz durante todos los tiempos atlantes, que puede decirse ser pocos los que alcanzaron los poderes del pensamiento abstracto. Por otra parte, el funcionamiento de la mente sobre las cosas concretas, estaba bien dentro de su alcance, y según hemos visto en los intereses prácticos de su vida diaria, especialmente cuando sus facultades psíquicas se dirigían hacia los mismos objetos, fué donde obtuvieron tan notables y estupendos resultados.
Hay también que tener presente que Kama, el cuarto principio, llegó naturalmente a su punto culminante de desarrollo en la Cuarta Raza. Esto explica la profundidad de la grosería animal, a que descendieron, al paso que la aproximación del ciclo a su nadir acentuaba inevitablemente este movimiento de descenso; de modo que poco debe sorprender la pérdida gradual que experimentó la raza de sus facultades psÍquicas, y su caída en el egoísmo y el materialismo.
Más bien debiera esto considerarse como parte del gran proceso cíclico sometido a la eterna Ley. Todos hemos pasado por aquellos malos días, y las experiencias que entonces acumulamos, han servido para constituir el carácter que hoy poseemos. Pero un sol más esplendente que el que alumbró la senda de nuestros antepasados atlantes, brilla hoy para la raza Aria. Menos dominados por las propensiones de los sentidos, más abiertos a la influencia de la mente, los hombres de nuestra raza han alcanzado y están alcanzando un conocimiento más firme, a la vez que mayor desarrollo intelectual. Este arco ascendente del gran ciclo Manvantárico, llevará, naturalmente, un número cada vez mayor de seres hacia la entrada del Sendero Oculto, y prestará más y más atracciones a las oportunidades transcendentales que ofrece para la constante fortaleza y purificación del carácter: fortaleza y purificación que no estarán dirigidas por el mero esfuerzo espasmódico, continuamente interrumpido por atenciones que le distraen, sino guiadas y guardadas por los Maestros de Sabiduría, de modo que la subida, una vez iniciada, no torne a ser vacilante e incierta, sino que lleve derechamente a la gloriosa meta.
También las facultades psíquicas y la intuición casi divina perdidas algún tiempo, pero legítima herencia de la raza, sólo esperan el impulso individual del que regresa, para dar al carácter una fuerza de penetración más profunda y poderes más ranscendentales.
De este modo se irán haciendo cada vez más nutridas las filas de los Adeptos instructores -los Maestros de Sabiduría- y aún entre nosotros hoy dia debe haber seguramente algunos, no distinguibles, salvo por el entusiasmo perseverante de que están animados, los cuales, antes de que la próxima Raza Raíz surja sobre el planeta, llegarán a su vez a ser Maestros de Sabiduría, para ayudar a aquélla en su progresión ascendente.
Notas
Las fechas que presenta el autor son una hipótesis personal, de acuerdo a sus visiones clarividentes. Investigadores esotéricos de fines del siglo XX han revelado las dificultades que aparecen al tratar de datar las visiones, e incluso han afirmado que algunos datos de los libros de Scott Elliot poseen errores de datación, y serían más recientes de lo que se afirma en esta obra.
Pop., Sc. Review, Julio de 1878.
Véanse las obras North Americans of Antiquity, de Short; Pre-adamites, de Winchell, e lndians of North America, de Catling; véase también Atlantis, por Ignacio Donelly, que ha reunido multitud de datos sobre este y otros asuntos.
(4) Las personas versadas en Geología y Paleontología, saben que estas ciencias consideran al hombre de Cromagnon anterior al de Furfooz; y siendo así que las dos primeras razas coexistieron durante largos períodos de tiempo, pudo suceder muy bien que los esqueletos de Cromagnon, representantes de la segunda raza, fuesen depositados en los yacimientos cuaternarios miles de años antes de que viviese sobre la tierra el hombre de Furfooz (que como antes se ha dicho), representa sólo el tipo degenerado ya de la primera raza.